Tal vez desde una edad muy temprana —los cinco o los seis años— te ha estado sonando en la nuca una especie de susurro: «Algún día, puede que no muy lejano, llegarás a saber lo que se siente». Así que estás esperando, incluso aunque no lo sepas, esperando a que llegue el momento en que caigas en la cuenta de que eres diferente a ellos; de que hay gente ahí fuera, como Madame, que no te odia ni te desea ningún mal, pero que se estremece ante el mero pensamiento de tu persona —cómo te han traído a este mundo y por qué—, y que sienten miedo ante la idea de que tu mano pueda rozar la suya. La primera vez que te ves con los ojos de alguien así, sientes mucho frío. Es como si al pasar por delante de un espejo ante el que pasas todos los días de tu vida, reparases de pronto en que el cristal te devuelve algo más que de costumbre, algo turbador y extraño.
— "Nunca me abandones" de Kazuo Ishiguro
