Revista Cultura y Ocio

Operación Impulso (14)

Publicado el 16 octubre 2012 por Tzimize @tzimize

Sofía 10:07 – 08:07 ZULU Mansión Marinov, afueras de Sofía
Un gemido y un suspiro se perdieron entre el zumbido sordo de un televisor silenciado. Luego se escuchó el ruido de la cama de agua cuando Blagoy cambió de posición y finalmente se levantó. El hombre se dirigió al baño. En su desnudez podían distinguirse vestigios de las luchas propias de su oficio: cicatrices alargadas de cortes, arrugadas de quemaduras y, por último, las de bala, que parecían querer succionar su piel hacia el interior del cuerpo.
Se apoyó en el lujoso lavamanos de marfil y se miró al espejo. Por muy hermosas que fueran las cosas de las que estaba rodeado, él destacaba entre ellas por su hosquedad, por la brutalidad que se reflejaba ostensiblemente tanto en sus gestos como en sus ojos. Clavó la mirada en el sincero reflejo, odiándolo por un instante, preguntándose cuándo había perdido su Norte. Pero aquel súbito ataque de autoevaluación se esfumó pronto de sus pensamientos. Se inclinó y metió las manos bajo el chorro que bajaba del grifo. Se echó el agua por el pelo, oscureciendo su castaño claro natural, y terminó humedeciéndose la nuca, dejando que algunas gotas bajasen por su columna vertebral provocándole escalofríos.
Se giró un poco al presentir, más que sentir, cómo Filipa se acercaba. Luego miró su reflejo mientras pasaba a su espalda. La cara de la mujer no manifestaba la más mínima muestra de emociones. Pero Blagoy sabía que su entrenamiento podía ocultarlas bien, lo mismo que sabía que ella disfrutaba de aquellos encuentros casi tanto como él.
La mujer se metió en la ducha y él apartó la cortinilla traslucida para poder verla con total impunidad.
- Cierra la puerta – fue lo único que le reprochó ella -, tengo frío.
Él sonrió como un canalla, pero tras unos segundos atendió su petición. Se tomó la libertad de sentarse en uno de los armaritos de baño como si fuera un vulgar barriobajero; allí, sólo con ella, no tenía que fingir.
-¿Qué haremos con nuestra querida señora Galvech? – preguntó, recorriendo su cuerpo con la mirada.
- Supongo que lo que se espera que hagamos.
- No hemos recibido órdenes – respondió Blagoy.
- No creo que necesitemos una confirmación del protocolo – repuso ella.
Cuando cerró el grifo para enjabonarse, el hombre dejó que sus ojos siguieran el recorrido de las traviesas gotas que bajaron de su pelo a los pechos, de ahí alrededor del ombligo y más abajo, entre las piernas, descendiendo después por el muslo.
- Cierto – convino él.
Se deleitó en lo que se avecinaba. A Blagoy no le gustaba la sangre, ni se recreaba en provocar dolor a otros. No, lo que a Blagoy le embriagaba y extasiaba era el poder. Y para él, que se había criado en el peor barrio moscovita, el poder no residía en gobernantes, multinacionales ni militares. El poder era aquello que se sentía al hacer consciente a otro de que la voluntad de uno es lo que decide sobre su vida y su dolor. Ese era para él el estado puro del poder y nadie podría convencerle de lo contrario.
- Lo haremos nosotros – concluyó.
Filipa torció el gesto. Al contrario que su superior, ella no encontraba ningún placer en los aspectos derivados de torturar, le resultaba algo asqueroso. En la opinión de Blagoy, se engañaba a sí misma. En todo caso, tenía que obedecer sus órdenes, e incluso podía darle algunas razones lógicas para obligarla de mostrarse testaruda. Pero Filipa, como era costumbre, no presentó oposición explícita.
- Como quieras - accedió, comenzando a pasear la esponja por su cuerpo.
Blagoy la contempló cubrirse de la blanca espuma jabonosa. Se humedeció con la lengua el labio inferior, pensando que, efectivamente, a veces lo que se oculta excita más que lo que se deja a la vista. Se pasó la mano por la barbilla, sin perder ojo de la mujer, que volvió a abrir el grifo para aclararse el cuerpo, permitiendo que el agua perfilase las curvas que él había tomado en sus manos hacía pocos minutos.
Por un momento, se le pasó por la cabeza que se estaba limpiando de él, y ese pensamiento no le gustó. Se adelantó entonces bruscamente, como un animal en asechanza se lanza a por su presa. Los naturales reflejos de la mujer, acentuados por el duro entrenamiento al que había sido sometida, hicieron que se retirase a tiempo de su agarre, pero el poco habitual ring de lucha la hizo resbalar. Hubiese caído golpeándose la cabeza contra las baldosas de no haberla agarrado Blagoy violentamente, con fuerza, del brazo.
La sostuvo así un momento, dejando que ella viera en sus ojos la diversión, y luego entró a la bañera con ella, acechándola.
- ¿Otra vez? – pregunto Filipa duramente, molesta.
Blagoy sintió un instinto animal que le empujaba a darle un gruñido de advertencia, pero en cambio la acercó a sí por toda respuesta y presionó sus labios contra los de ella, penetrando con ansiedad en su boca, mordiéndole la lengua y rebuscando en los recovecos de su boca, mientras el agua caía como lluvia templada sobre ellos.
Y ella volvió a abrir sus piernas para recibirle, complaciente.
Con un buen humor inusual, suscitado sin duda por las circunstancias actuales y la buena noche que había pasado, Blagoy descendió por las escaleras que daban al sótano. Allí guardaba sus piezas de caza antes de convertirlas en verdaderos trofeos con sus propias manos. Allí esperaba Lina Galvech.
La desdichada esposa de Todor empezaba ya a sufrir visiblemente los efectos del encierro. Su pelo sucio y enredado enmarcaba un rostro macilento y ojeroso, sus ojos estaban enturbiados y sus hombros doloridos caían bajos sin fuerza para sostenerlos, sus muñecas estaban hinchadas y en carne viva. Cuando Blagoy entró vio que le dirigía una mirada de desconcierto, como si realmente no supiera quién era o qué hacia allí.
Aquello iba a ser demasiado fácil.
- Buenos días, señora Galvech – Blagoy lanzó una sonrisa siniestra, tan afilada y precisa como la punta de una flecha.
- ¿Es de día ya? – preguntó la mujer.
El sótano era completamente cerrado, no podía entrar luz alguna del exterior. Se hubiera guiado por las comidas si se hubieran dignado a llevarle algo de comer, pero tampoco había podido. El dormir y el despertar también hubiesen podido darle una inexacta idea, pero la habían negado el sueño, manteniendo la potente luz del foco encendida y pasando a cada hora a hacer ruido para asegurarse de que no descansaba.
- Oh, sí, señora, es de día – dijo con voz fingidamente paternalista el hombre. Luego se echó a reír.
Los escalones volvieron a sonar, no con graves chillidos de madera como cuando bajó Blagoy, sino que el punteo firme de los tacones de Filipa, sonido que reverberó en toda la estancia con un eco lúgubre.
- ¿Ha estado meditando sobre la posibilidad de darnos alguna pista sobre su marido, señora Galvech? – preguntó la mujer, acercándose a un armario bajo de donde cogió unos guantes de látex. No le gustaba mancharse las manos.
- No sé nada de mi marido – insistió la interrogada obstinadamente.
- Lo tenían todo preparado… Al menos hasta el límite de sus conocimientos. Seguro que había un punto de encuentro y una vía de escape preparados por si llegaban a separarse – insistió la agente, acercándose a la mujer.
Verdaderamente daba igual si hablaba ahora o no. En aquellos momentos podía intentar engañarles, mientras que, dentro de unas horas, diría cualquier cosa que quisieran saber. No tenían tiempo de seguir pistas falsas, así que la señora Galvech no iba a librarse de aquella sesión de tortura. Blagoy la miró expectante, sintiendo cómo se le erizaba el vello de la nuca, sensación que luego se extendió al resto del cuerpo. Pronto rendiría su voluntad.
Sin preguntarle nada, Blagoy se dirigió hacia su mesa de trabajo, donde solía disecar los trofeos de caza, y miró los objetos allí tendidos. Pinzas, tijeras, tenazas, cuchillos, sal para desecar, un mechero Bunsen… Se sentía como un niño en una tienda de golosinas. Sin embargo, aunque disfrutase del trabajo de desmoronar a otros, ante todo era un profesional. Se decantó por un líquido anticongelante que mantenía las presas intactas mientras las trabajaba.
Agarro la cabeza de la señora Galvech, tirando del pelo hacia atrás para que mirase al techo.
- Trae el embudo, sobre la mesa – indicó Blagoy.
Filipa se lo acercó, solícita.
El hombre intentó introducirle el embudo entre los dientes, pero la mujer era verdaderamente testaruda. Sin necesidad de que se lo ordenase, Filipa tendió un cincel a Blagoy, el cual lo usó para romper certeramente uno de los incisivos de la mujer en un golpe brutal que partió también su labio superior en dos.
Lina Galvech gritó y se debatió, pero desde luego no le sirvió para nada más que para reabrir las heridas de sus muñecas y tobillos. Blagoy introdujo el embudo y la hizo beber una porción comedida de anticongelante. Después la soltó. Sabía que aquella era una de las formas más rápidas de debilitar a alguien.
Lina vomitó de inmediato, tanto deliberadamente como por instinto. El anticongelante le quemaba en la herida del labio y el hueco del diente. Vomitó y siguió con arcadas mientras Blagoy escogía su siguiente juguete. En este caso, fue un cuchillo afilado.
- Dígame, señora Galvech. ¿Tiene usted algún tatuaje?

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