Revista Cultura y Ocio

Operación Impulso (15)

Publicado el 27 octubre 2012 por Tzimize @tzimize
     Sofía 20:18 – 18:18 ZULU Calle  Dragovitsa 14, Sofía   Todor Galvech no era lo que se dice un hombre de acción. En realidad, sólo había accedido al ejército para poder costearse la carrera, pero había abandonado la idea rápidamente. El entrenamiento no le costaba trabajo, pero la presión de los superiores y la posición moral de sus compañeros eran cosas que no podía soportar.
No obstante, echado impotente en la cama, retenido contra su voluntad y temiendo por la vida de su esposa, Todor el humanista debía admitir que estaba tomando un nuevo punto de vista respecto a la violencia. Sentía una intensa ansiedad que, sospechaba muy a su pesar, sólo remitiría con una buena somanta de hostias a alguno de los responsables de su situación actual. O tal vez le sirviera cualquier miembro de la estúpida raza humana.
Daba vueltas a su cabeza el conocimiento de no tener ninguna culpa, de no estar pagando por crimen alguno. Muy al contrario, estaba siendo castigado por sus buenas intenciones. Ese era el mundo en el que vivía. Los engranajes que movían la sociedad estaban basados en la ambición y la competitividad, no en el altruismo y la colaboración.
Y así le iba a su maravillosa especie.
Pero más allá de sus reflexiones filosófico-sociales, el señor Galvech sólo quería dejar de sentirse una marioneta inútil. En cualquier caso, mientras le mantuviesen esposado al lecho, no tenía opciones. Cerró los puños con rabia.
Uno de los enfermeros entró y le cambió el gotero. Galvech no tenía idea de lo que le estaban suministrando, pero sospechaba que era algún tipo de tranquilizante. Cada vez se sentía más cansado.
Entonces comenzó a oír una alarma. No era una alarma escandalosa -como corresponde a un hospital- pero era una alarma, no cabía duda dada su cadencia de ritmo desasosegante. Era de timbre grave y tedioso. El enfermero levantó la cabeza mirando al pasillo, tal cual si eso fuera a darle una idea de la gravedad de la situación, pero lo hizo con desgana, como si no le preocupase demasiado.
- ¿Qué es eso? – preguntó Galvech roncamente.
El vigilante que permanecía a su lado en la habitación parecía haber estado a punto de preguntar lo mismo. Tenía sus párpados ojerosos bien abiertos, alerta pero sin aspavientos, como correspondía a alguien de su rango.
- Algún novato o uno de los médicos en prácticas se ha dejado la puerta de cultivos abierta – respondió el enfermero -. Pasa cada dos o tres días, no es motivo de preocupación. La seguridad de patógenos del hospital tiene un protocolo muy severo.
En cualquier caso, el vigilante salió a investigar.
El señor Galvech se sintió, en cierta forma, defraudado. No es que le entusiasmase ser contagiado por alguna de las enfermedades que hubiese en esa sala, pero por un momento había pensado que algo ocurriría. En su estado y dadas las circunstancias actuales, esperaba que algo cambiara todo esto, que algo sacudiera la cruel monotonía que se había establecido desde que le encadenaron a esa cama de hospital.
Pero el enfermero se marchó y él tuvo que conformarse con quedarse allí, mirando al techo y esperando. Por un momento pensó en rezar, pero él no era creyente. Su esposa sí, dijese lo que dijese. Su esposa… ¿Qué habría sido de ella? ¿Qué destino habría alcanzado? ¿Habría llegado al lugar de reunión y estaría preguntándose por qué él no estaba allí? ¿O quizás la habían atrapado y estaba en un lugar peor que aquel hospital? O tal vez… No quiso plantearse la posibilidad de que estuviese muerta. Sin poder evitarlo, ni quererlo dado que ansiaba escapar de aquellos pensamientos, cerró los ojos y se quedó dormido.
Soñó con Impulso, soñó que un país se hacía con el invento y que la sociedad conjunta global sufría las consecuencias. Era un mundo postapocalíptico, donde el sufrimiento por el hambre y la pobreza era sólo igualado por el de la represión atroz de un sistema que destruía todo aquello que se alejaba de lo establecido.
Aquella fantasía distópica no era una pesadilla muy alejada de la realidad, debía admitir.
Entonces notó el mareo de su sueño interrumpido, la boca pastosa con ese sabor agrio mientras abría perezosamente los ojos. Un susurro de cadenas que había echo eco en su mente ahora parecía haber abandonado su sueño para materializarse en aquel cuarto de hospital que tanto odiaba.
El tintineo duro sólo unos segundos, pero a Galvech le dio tiempo a ver cómo las cadenas misteriosamente partidas de sus esposas caían lánguidas desde sus muñeca, con la punta de un rojo incandescente.
Plamen guardó el soplete eléctrico en el compartimento de la manga, junto a la muñeca, y luego sacó un spray que dirigió directamente a la garganta de Todor Galvech. Debía aplicare con cuidado, para dejar inutilizadas las cuerdas vocales sin llegar a la epiglotis, de modo que no se ahogase.
Yevgueni se tropezó con uno de los cables que surgían como serpientes de los aparatos médicos. Se tragó una maldición entre dientes y volvió a mirar por el pasillo. Luego hizo la seña convenida para indicar que estaba despejado.
Dos vigilantes yacían inconscientes en el interior de la estancia, mudos, sordos y ciegos. Piotr no estaba seguro de no haber matado al menos a uno de ellos. Había perdido demasiada práctica en técnicas no letales.
Dimov se inclinó sobre Galvech, que le miró confuso.
- Buena noches, señor Galvech. Cálmese, no hemos venido a dañarle, sino a sacarle de aquí. Sé que no tiene ninguna razón para fiarse de nosotros, y no tengo ninguna intención de pedírselo, sino que le volaré una rodilla si hace algún ruido. No se moleste en intentar gritar, no le es posible.
>>Dicho lo cual, le informo de que, por vicisitudes de la vida, me es conveniente que salga usted de esta mala situación en la que se encuentra. Espero obtener algo a cambio, pero de todas formas nos favorece a ambos sacarle aquí. No tenemos mucho tiempo, así que le ruego su colaboración.
Todor trató de hablar, de decirle que estaba algo drogado y no muy seguro de cuáles serían sus limitaciones, pero no fue capaz de pronunciar palabra. Apretó los labios, contrariado, y se limitó a asentir.
Los Tumánova fueron los primeros en descender del edificio. Ciertamente, tenían habilidades y estaban acostumbrados a la falta de juguetitos de los que Dimov dependía. Bajaron desde el segundo piso por los rebordes, ayudándose de la cañerías, hasta el suelo. Segundos más tarde estaban acercando la furgoneta, marcha atrás, posicionándola bajo la ventana.
Algunos de los empleados del hospital, especialmente un anonadado guarda de seguridad, miraban al vehículo invadiendo el césped del jardincillo trasero sin acertar a actuar por pura sorpresa.
Mientras tanto, Dimov agarró el colchón de la cama, de la que Gavech acababa de levantarse tambaleante. No le gustaba hacer las cosas así, como un vulgar ladrón chapucero, necesitaba equipo adecuado, pero en la situación en la que se encontraba podía darse por satisfecho con llevar a buen puerto su misión. Suya por vez primera, no de la agencia. Arrastró el colchón hasta el balconcito y espero a que la furgoneta se posicionara. Entonces lo dejó caer sobre el techo.
Más que el colchón, sería la propia chapa de la furgoneta lo que minimizaría los daños, pero estaba seguro de que al menos serviría de algo.
Todor Galvech, que no era estúpido, en seguida se dio cuenta de lo que pretendía. Agitó las manos, dado que no podía hablar, claramente intentando que el agente en busca y captura de la IAB recapacitase, pero Plamen no se lo pensó, le agarró de la pechera y le arrojó por el balcón.
El hombre cayó bruscamente. Los hermanos Tumánova le recogieron inconsciente del colchón y le metieron con rapidez en la furgoneta. El guardia de seguridad del hospital por fin había reaccionado y dio un grito de advertencia infructuoso. Plamen se subió a la barandilla, dispuesto a saltar.
- ¡Dimov! – la voz a su espalda fue acompañada de un disparo.
El agente se agachó nada más escuchar la voz. Su cuerpo estaba por entero blindado, exceptuando la cabeza, por lo que pegó la barbilla al pecho antes de saltar.
Pero el jefe de los vigilantes no le había apuntado a la cabeza. La bala hueca que usó estaba específicamente diseñada para atravesar las protecciones. Hubiese atravesado a un elefante hasta el mismo corazón.
Plamen sintió el mordisco agudo del proyectil entre sus costilla mientras caía al vacío. El dolor ardiente se entremezcló con el vértigo y la adrenalina del salto, lo que creó una sensación extraña y desquiciante. Luego el colchón le recibió en una postura enrevesada que le hizo dislocarse el hombro. Sintió el sonido de los muelles, luego el metálico golpe ahogado de la chapa del techo de la furgoneta, y por último el chasquido con el que la articulación se salió de sitio.
Se dio la vuelta y por un instante extrañamente eterno encaró el cielo estrellado, recuperando por sorpresa el aliento, como si no hubiese esperado hacerlo. Reconoció absurdamente la constelación que estaba viendo. El sonido del nombre se coló en su mente con el tono de voz de su instructor, que le había enseñado a guiarse por las estrellas. Nunca debía perderse. Pero ahora estaba perdido, en una forma más metafórica que real.
Sin embargo, rodó sobre si mismo, lo hizo incluso antes de saber por qué lo hacía, fruto de una especia de instinto inculcado por el entrenamiento. A su lado, un trozo del colchón voló en pedazos, levantando trozos de tela que se elevaron en el aire. Eso podían haber sido sus sesos.

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