Revista Cultura y Ocio

Operación Impulso (7)

Publicado el 18 agosto 2012 por Tzimize @tzimize

Sofía 22:47 – 20:47 ZULU Parque del zar Osvobodi
Piotr y Yevgueni Tumánova pasaron frente al monumento erigido en memoria de los soldados del ejército rojo. Las figuras medio agachadas parecían estar internándose en territorio enemigo sigilosamente. Ninguno de los dos hermanos conocía la historia de aquel monumento, ahora adornado con graffitis. Tampoco les interesaba una mierda, a decir verdad. Ni tenían tiempo para pensar en ello.
Yevgueni había dejado de sangrar por la nariz, y su hermano le había hecho un arreglo que tendría que servir. Aun así, la cara roja e hinchada no pasaba desapercibida, pero parecía mimetizarse con el entorno. El barrio en decadencia estaba plagado de gente que se dedicaba a pelear, a veces por simple diversión, otras veces por apuestas, en ocasiones para ajustar cuentas y a menudo sin motivo aparente.
El hogar de los Tumánova no estaba lejos, a penas a cuatro manzanas de allí. A pesar de ello, Piotr tuvo que repetirle tres veces a su hermano que dejase de gimotear, que pronto llegarían a casa y le proporcionaría un chute de morfina.
El apartamento era un antro, un lugar insalubre que formaba parte de un piso más grande, deliberadamente dividido para poder cobrar varios alquileres. No era extraño que se fuera la luz o el agua fuese cortada por un par de días, pero Piotr agradeció que esta no fuese una de esas muchas ocasiones. Sobretodo porque su hermano no paraba de quejarse. Más que la nariz, lo sabía bien, lo que tenía herido era el orgullo.
Yevgueni no tardó en hacerse con su prometida dosis por cuenta propia. Piotr le miró con gesto pensativo. Sabía que el dolor no era lo único que le motiva a drogarse.  Podría culpar de la adicción a la presión que soportaban, pero lo cierto es que su hermano siempre había sido demasiado influenciable, y aquel barrio era un ambiente peligroso para una persona de tal carácter. Se preguntó qué pensarían sus compañeros del movimiento si llegasen a enterarse de su pequeño secreto, que tanto se esforzaba en ocultar.
Piotr tampoco se abstuvo de dedicarse a su propio vicio, así que sacó del armarito una botella entera de Vodka y no se molestó en coger un vaso, sino que bebió directamente de ella. Cuando se había echado al suelo, antes de que la bomba estallase, su mandíbula había chasqueado contra la acera. Notaba un diente suelto y el alcohol le quemaba la boca, especialmente en ese punto. Pero no le importaba. Ambos quedaron abstraídos, cada cual inmerso en su propia droga.
- Piotr – dijo repentinamente Yevgueni, con voz cansina y el cuerpo desmadejado en el viejo sofá.
- ¿Mmm? – su hermano no se molestó en usar una palabra inteligible.
- ¿No estás cansado de esto?
- ¿Cansado de qué?
- Del movimiento. De los saludos a la bandera al amanecer. De esta mierda de tugurio. De todo, hermano.
Piotr se dio la vuelta y le miró. Quizás le estaba poniendo a prueba. Llevaba tiempo esperando que algún compañero le preguntase algo así, pero no había esperado que fuese su propio hermano. Por otro lado, quizás la morfina le estuviese soltando la lengua. Si sus palabras eran sinceras, quería apoyarle, quería que dejase aquella locura en la que ambos se habían visto inmersos por su culpa; pero si no era así, si sólo quería asegurarse de la lealtad que profesaba hacia las Fuerzas Rojas, mentirle podría ser un suicidio.
¿Sería capaz su hermano de matarle? ¿O, lo que es lo mismo, delatarle a sus superiores?
¿Y él? ¿Sería capaz de arriesgar su pellejo para intentar sacar a su hermano del movimiento?
Aún estaba decidiéndose cuando la luz se fue.
- Joder. Lo que te decía: Una puta mierda de cuartucho – Yevgueni le dio una patada a la mesa baja que tenía frente a sí, y los platos de los últimos tres días tintinearon chocando entre ellos. Una taza de cerámica cayó al suelo y se rompió en pedazos.
- La hostia, Yev. De puta madre, hermano – se quejó Piotr.
- Yo lo recojo – refunfuñó Yevgueni, haciendo un esfuerzo por incorporarse.
- No, déjalo. Capaz eres de cortarte.
Piotr se levantó a ciegas y cogió la pequeña linterna del cajón. Era una linterna con dinamo, y tuvo que hacer girar la manecilla durante un par de minutos antes de encenderla. La luz que daba era insuficiente, pero no tenían otra cosa. Fue hasta la cocina.
- ¿Dónde mierdas está la escoba?
- ¡La saqué al balcón!
- ¿Y por qué cojones la sacaste al balcón? – gritó Piotr, malhumorado.
Aun así, fue a la pequeña terraza, donde apenas cabía él de pie.
Lo primero que oyó fue el chirrido de la puerta, pero pensó que, como siempre, la corriente la habría abierto. Seguramente se habían olvidado de echar los cinco cerrojos que la mantenían en su sitio. Sin embargo, sus años de adiestramiento y una especie de actitud que acompañaba siempre a los que se dedicaban a lo que él, le hizo quedarse quieto y guardar silencio, apagando la linterna. Prestó oído y el silencio le dijo más que cualquier sonido que pudiese haber escuchado. Algo ocurría, algo que no podía ver ni oír, pero que sentía nítidamente.
Luego escuchó la maldición que profirió su hermano, una maldición que podía hacer sido causada por cualquier cosa sin importancia, pero por el tono de miedo y rabia Piotr supo que iba más allá de una nimiedad. A pesar de su inquietud, dejó suavemente la escoba, sin hacer ruido, y con el mismo sigilo se acercó a la puerta de la minúscula cocina, escuchando de camino el forcejeo.
Yevgueni no estaba en condiciones de presentar batalla por lo que Dimov no tuvo problemas para reducirle. Para cuando el agente había llegado hasta el pequeño de los Tumánova, éste apenas había tenido tiempo de levantarse, sintiendo sus movimientos ralentizados por la morfina. Luego Dimov le golpeó en la cara, limpiamente, agravando de un plumazo la nariz rota que tanto le había costado arreglar a Piotr.
Una vez había caído a plomo en el sofá, Dimov había sacado el taser y, aunque Yevgueni había luchado por defenderse, el agente había logrado con cierta facilidad darle una descarga eléctrica. Piotr, desde la puerta, vio sus espasmos a la luz azul e irregular de los chispazos. No sabía si Dimov era consciente de su presencia en la casa así que, con una calma envidiable, sacó la pistola y le apuntó.
La oscuridad y los movimientos espasmódicos de su hermano no le daban ninguna seguridad, tenía miedo de herirle a él en lugar de acertar al agente. Y como si Dios le hubiese escuchado, aunque Piotr era ateo, la luz regresó. Sin embargo, esa luz delató su posición, arrojando una sombra que perfilaba perfectamente su silueta sujetando el arma, por lo que resultó más un inconveniente que una ayuda. Por un momento, Piotr se preguntó si de verdad había sido un acto divino de castigo por su ateísmo.
- Yo que tú no lo haría, Tumánova – advirtió Dimov -. Te prometo que mi último movimiento será para apretar más fuerte este gatillo. La presión necesaria no es mucha, te lo aseguro. ¿Y sabes qué pasará entonces?
- Que la descarga será letal – respondió casi mecánicamente Piotr.
- Correcto. Ahora no lo es, pero te aseguro que si permanece así un minuto más, le matará. Así que dime: ¿Vas a dejar esa pistola en el suelo?
- ¿Y luego qué? ¿Nos llevarás al cuartel de inteligencia? ¿A seguridad nacional? – siguió mirando a Yev, que continuaba con sus convulsiones agónicas.
- No estoy… de servicio – respondió enigmáticamente Dimov. Luego le apremió -. No le queda mucho tiempo a tu hermano. ¿Qué va a ser?

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