Estaba entonces Dios
en el centro exacto de una palabra.
Era barro. Cuerpo sin hacer. Semilla.
Noche con su cetro de sílabas. Luz adrede.
No se pudo, sin embargo, descifrar la trama secreta.
El aliento novicio. El rumor de las primeras flores.
El aire desmadejándose en un vuelo sin propósito.
Madura, morosa y delicada, la palabra
percute geografías, funda templos, forja almas.
