Revista Educación

Orgullo y prejuicio

Por Siempreenmedio @Siempreblog
Orgullo y prejuicio

Se llama Hiroyuki Morota y llevo unos días haciendo búsquedas periódicas en internet por si se ha suicidado. Busco noticias de un suicidio ritual, un seppuku, un harakiri. Vamos, lo que uno espera que haga un japonés cuando se deshonra. Porque Hiroyuki Morota es un diputado de la prefectura de Shizuoka que ha aprovechado la crisis del coronavirus para sacarle brillo a un excedente de mascarillas que tenía abandonado en algún rincón de su empresa. Y quien dice brillo quiere decir beneficio, porque el señor Morota subastó ese stock por internet a precio astronómico y logró embolsarse unos 75000 euros con la broma. Lo han pillado y como lo han pillado ha pedido perdón. No piensa dimitir y cree que lo que ha hecho no es más que aprovechar una oportunidad de negocio. Así que aunque yo lo compruebe cada día, el seppuku ni está ni se le espera.

Francia, la cuna de la revolución, igualdad, libertad, fraternidad, y el inicio de la Europa moderna tal y como la queremos conocer. Cortaron cabezas de reyes y son vanguardia del estilo. Uno espera algo más de Francia, o al menos algo distinto a una concentración masiva de 3500 fans de los Pitufos en un pueblo de Bretaña, o una manifestación de chalecos amarillos el mismo día de las elecciones municipales, convocadas (y no desconvocadas) para el día antes que se declarara la alarma nacional.

Gran Bretaña es pompa y circunstancia, keep calm and carry on, flema y distinción. Pero ha preferido estos últimos días gestionar la crisis del coronavirus como un borracho en Magaluf, con cambios de guion inesperados incluidos. No son solo los turistas que llenan, por ejemplo, Benidorm o se niegan a renunciar a un baño en una piscina de Tenerife aunque esté precintada. Sus propios dirigentes decidieron en un principio caminar un sendero distinto al del resto del mundo y dejar morir a sus mayores para no perjudicar a la economía. No tardaron en cambiar de opinión, pero el ridículo mundial ya estaba hecho.

Y China, la dictadura comunista tan introvertida que tiene su propio Twitter, su propio Facebook, su propio Whatsapp, y todas estas redes malviviendo en un internet capado. China, el origen del virus, decide ofrecer ayuda internacional una vez han superado lo más crudo de su epidemia, ayudar con su experiencia y sus excedentes y su conocimiento adquirido.

De España no puedo hablar. Aquí hemos visto a madrileños, catalanes y vascos (y de cualquier otro rincón) saltarse el confinamiento para pasar la cuarentena en su segunda residencia de la playa o la montaña. Y a madrileños, catalanes y vascos (y de cualquier otro lado) llenar las reservas de los bancos de sangre, ocuparse de sus vecinos ancianos, organizar mil y una actividades para pasar el confinamiento lo mejor posible. Porque uno, de lo suyo, siempre es capaz de esperar lo mejor (ES QUE SOMOS ESPAÑOLES) y lo peor (es que somos españoles) a la vez y con la total seguridad de que se cumplirá.

Solo me sale pedir que, cuando todo esto termine, aprovechemos para olvidar todo lo que hace tiempo viene sobrando. Todo el orgullo y todos los prejuicios. No sirven para nada. Solo molestan. Ha bastado un virus para ver que somos todos la misma mierda. La misma maravilla.

Orgullo y prejuicio

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