Revista Cine

Otras palabras frente a otra mesa

Por Francescbon @francescbon
OTRAS PALABRAS FRENTE A OTRA MESALas mañanas son largas. Y las tardes ya no digamos. Las noches las llevo mejor, delante del club. Siempre algún imbécil me hace la noche más llevadera. Pero esta tarde es eterna. Las manos se agarrotan de todas maneras. Si las dejo sobre la mesa, porque debe ser que soy incapaz de no descargar algo de tensión sobre ellas. Si dejo que cuelguen a los lados de la silla, porque aunque cuelguen parece que tengan vida propia: no paran de moverse a un lado a otro, trazan un movimiento pendular caprichoso: pero mis hombros ya no son los engranajes de un péndulo. Al rato empiezan a dormirse los dedos. La cosa no mejora si los pongo en los brazos de la silla. Vaya con los protocolos. Resulta que por ser comisario mi silla puede disponer de reposabrazos, uno negro a juego, algo acolchado, que además me permite encajar ahí, controlar un poco que esta vida tan sedentaria no me haga engordar. Y juguetear con la altura de la silla. La adecuada para que luego no me impida meterla por debajo de la mesa. Cuando me voy. Que podría irme a cualquier hora; me lo dijo el niñato. Pero soy hombre de orden: espero a las seis, intento ocultar mis prisas, salgo hasta el día siguiente.
Son las cuatro y cinco de la tarde.
Y está ese papel ahí encima: no ante mí, si no algo a mi derecha, encuadrado a una ministerial equidistancia de los dos extremos de la mesa. Rellenado en bolígrafo negro, con una letra legible pero caótica. Con algunas líneas subrayadas, casi tan compulsivamente que parece que marquen un meridiano por el que doblar el papel. 
Arriba del todo está escrito el nombre del tipo: se llama Jesús.

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