Revista Cultura y Ocio
A veces uno desearía ser otro o serlo providencialmente, a capricho de la voluntad, sin que esa mutación impregne lo que somos. Imagino que habrá otros que hagan de mí el elegido y deseen ser yo. Lo que no alcanzo es a adivinar en qué circunstancias proyecto un yo envidiable, uno en que los demás identifican placeres que en ocasiones ni yo mismo advierto. Queremos ser siempre el otro. Leemos, creo, para procurarnos ese placer maravilloso. De idéntica forma, sin que haya una exigencia grande de tiempo, vemos cine o asistimos a una obra de teatro. Lo que late ahí debajo es la providencia de la otredad, el acto formidable de olvidarnos de lo que somos y enfundarnos la piel ajena. Incluso uno mismo desea ser el que fue antaño, el yo perdido en la memoria, el que cerraba los bares o el que hacía mil kilómetros en verano buscando un cámping. Seguro que el futuro, el inaprehensible, nos hace mirar este presente con ese ardor melancólico y lo que de verdad queremos es el presente, el que no apreciamos en su justa medida. Tenemos esa extraña y recriminable habilidad: la de no amar lo que tenemos a mano. Solo es nuestro lo que perdimos, escuché hace tiempo. También en esta evidencia del más íntimo desencanto hay una brizna de tristeza. Será que nos queremos, en el fondo, poco. Será que la realidad es la parte alternativa y que la auténtica, la que nos guía en la oscuridad y nos eleva, es la ficción, la restitución de los arcanos, la puesta en escena de los pasajes que la realidad escamotea y que rescatamos y amamos.
