
Resulta inevitable conmoverse con este libro, tanto por la temática en que se sustenta (las vidas erosionadas o directamente rotas de unos enfermos que tratan de sanar de su tuberculosis en un sanatorio) como por el formato literario que el autor, Camilo José Cela, elige para contarnos la historia (fragmentos de cartas y diarios, ensoñaciones, invocaciones religiosas). Asépticamente, los protagonistas quedan convertidos en simples números (“La señorita del 37”, “El 52”, “El pobre muchacho del 14”); y esos números, bordados en todas sus pertenencias (sábanas, pañuelos, fundas de almohadas, batas), esconden quizá el pudor melancólico o la tristeza soterrada del novelista gallego, que vivió la experiencia de padecer esa misma enfermedad. A veces con ilusión, por su esperada mejoría; a veces melancólicos o resignados con la atroz repetición de sus hemoptisis; a veces desesperados: así están los aterrados ocupantes del pabellón. Las emociones que afloran de sus almas nunca son tibias ni estables, porque saben perfectamente que la vida se les escapa en cada vómito, y que los consuelos del amor (esa pareja que quizá les esté esperando en el futuro) no siempre resultan eficaces cuando las lágrimas deciden brotar.
Con un tejido narrativo más complejo de lo que podría pensarse (las cartas se mezclan con conversaciones, con dictámenes médicos e incluso con algunas intervenciones del autor, que reflexiona sobre la conveniencia de detener o de proseguir con su historia, que quizá dañe a los lectores aquejados por el bacilo de Koch), el relato se convierte en una telaraña pegajosa, donde lirismo y angustia caminan de la mano porque, como todos saben de sobra, “la muerte es dulce, pero su antesala, cruel” (así lo reconoce, con acrimonia, uno de los personajes). Eso lo convierte en un libro incómodo, porque nos obliga a reflexionar sobre la condición quebradiza de nuestro ser y nos enfrenta a las grandes preguntas sobre la vida y la muerte. Camilo José Cela comenzaba a interesarse en este libro por los experimentos literarios, más allá del aire apolíneo que respiraba su Pascual Duarte. El resultado es notable.
