Revista Cine

Pablo y Juanita

Publicado el 20 enero 2014 por Burgomaestre
A sus tempranos trece años de edad, el rasgo de carácter que más definía a Pablo era su capacidad para evitar los conflictos y su disponibilidad para complacer a los demás. Criado por su tía Dolores en un hogar atestado de primos, había sido obligado a aceptar un trabajo de mozo en el colmado de don Mateo con el que sufragar su manutención. Sin el amparo de unos padres, Pablo se había acostumbrado a convivir con sus familiares proponiendo su afabilidad y su máxima disponibilidad como moneda de cambio para ser aceptado. La tienda de don Mateo, conocida en todo el pueblo como “El velero” por su ventanal decorado con una vidriera en la que lucía una imagen de un balandro que navegaba por procelosas aguas, se ofrecía a Pablo como una posibilidad de prosperidad futura y como un real refugio en el que pasar las horas activo y de forma provechosa. Desde que ingresara a sus órdenes, tres meses atrás, Pablo no había dejado de agradecer al cielo el buen corazón de su patrón, ni que le tratara de manera humanitaria, disculpando sus torpezas y ofreciéndole siempre su ayuda y sus sabios consejos. Don Mateo, por su parte, había tomado verdadero afecto a aquel muchacho delgado de larguísimas extremidades y expresión inocente, dándole enseguida la misma confianza que había escatimado siempre antes a todo el mundo, en su solitaria existencia. Solterón empedernido, a don Mateo no se le conocían relaciones sentimentales, ni familia cercana, por lo que la llegada del chico a su vida, cuando ya frisaba la ancianidad, había venido revestida del brillo de los acontecimientos trascendentes.-Pablo, hasta hoy nunca te había dejado solo en la tienda, pero creo que ya eres capaz de hacerte cargo de todo y yo tengo que salir. Los miembros del club de caza celebramos hoy nuestra reunión semestral y como debes saber ya, la mayor distracción de un cazador consiste en intercambiar con sus compañeros el alcance de sus proezas cinegéticas. Yo, como bien sabes, no tengo con quien compartir mis experiencias en los vedados, por lo que esta es mi única oportunidad para disfrutar del hecho de salir al monte a pegarle tiros a las perdices y a las liebres. ¿Lo entiendes, verdad, mocoso? –preguntó don Mateo, sonriendo con lo que él pensaba era una expresión de simpatía.-Claro, señor. Vaya tranquilo. A fin de cuentas, sólo falta una hora para cerrar.-Sí, pero quiero que hagas algo más. Mira, hace muchos meses que no limpiamos la vidriera. He pensado que hoy cierres más temprano y que te dediques a limpiarla. Nuestro velero parece gris oscuro, el sol no luce y el agua del mar parece tinta china. Aquí te dejo dos trapos y un bote de limpiador. Asegúrate de que las juntas de plomo quedan relucientes y el vidrio tan limpio que se vuelvan a apreciar toda la gama de colores de nuestro reclamo. Nadie en el pueblo tiene un escaparate tan bonito como el nuestro y eso es debido a que esta tienda, que abrió mi bisabuelo y que ha seguido funcionando regentada por mi abuelo y por mi padre, tiene esta vidriera que es una verdadera obra de arte. Es una vergüenza que no la limpiemos más a menudo. Así que he decidido que de hoy no pasa. Cierras dentro de quince o veinte minutos (dependiendo de que no haya ningún cliente, claro) y te pones con los trapos a fregotear a fondo. No te vayas a casa antes de que yo vuelva. Saldré un rato de la reunión para ver qué tal te ha quedado. Si me complace el resultado quizá te aumente el sueldo. Mientras don Mateo hablaba, ante la absorta mirada de Pablo, había ido extrayendo los trapos y el bote de limpiador de la trastienda y colocándolos sobre el mostrador de nogal; también se había cubierto con su recio gabán, puesto los guantes y tocado con su viejo sombrero de fieltro.-Hasta luego, Pablo.-Hasta luego, don Mateo.Pablo y JuanitaA los pocos minutos de la partida del patrón, el aprendiz interrumpió la tarea de pasar el plumero por las latas de comestibles y las botellas de vino y de licor (su ocupación habitual cuando no tenía que atender o almacenar alguna partida) porque un ruido amortiguado le atrajo desde la trastienda. Encendió la luz amarillenta y examinó la reducida estancia. “Seguro que es un ratón”. A Pablo le gustaban toda clase de animales, siéndole imposible dejar pasar un perro por delante de su tienda sin salir corriendo a acariciarlo, o terminarse su bocadillo del almuerzo sin compartir las migas con los pájaros que revoloteaban por el patio trasero. Pese al respeto reverencial que sentía por don Mateo, su actividad cazadora hacía que naciera en su interior algo parecido a la censura, tanto era su amor por los animales. El ratón, en efecto, estaba practicando un orificio en un rincón de la trastienda y muy pronto, sin mostrar ningún signo de preocupación, se presentó a la vista de Pablo. “Parece un ratón muy listo”, pensó el muchacho, examinando la expresión avispada del roedor. “Seguro que podría amaestrarlo”. El ratón, que parecía mostrarse enteramente de acuerdo, no exteriorizaba la menor intención de huir, por lo que a Pablo le resultó muy sencillo capturarlo en una cajita de cartón. Entonces sonó la campanilla de la entrada de “El velero”. Pablo salió precipitadamente a atender al cliente. Era Juanita, la chica a la que amaba en silencio.Juanita era una niña unos meses mayor que Pablo, tan delgada como él, morena y de ojos verdes, de corazón apasionado, llena de recursos y seriamente encaprichada con el chico huérfano, al que trataba con artificial condescendencia.-No puedo creerlo, pequeño, ¿te han dejado solo en la tienda?-Pues sí, Juanita. Don Mateo confía en mí. ¿En qué puedo servirte?-Bueno, quería nata montada, si es fresca.-Se ha acabado, Juanita. La nata fresca, a estas horas, o se ha acabado o no está fresca –añadió el muchacho, algo decepcionado por no poder complacer a su amiga.-Bueno, pues me voy, es una lástima… Me apetecía mucho la nata –dijo girando la cabeza para dar vuelo a su melena al tiempo de irse, como subrayando la gravedad de la falta de Pablo.-Espera, Juanita. Tengo algo que quiero enseñarte –exclamó el chico, con cierta ansiedad en la voz.La chica sonrió torciendo la boca con un mohín que ella sabía muy atractivo. Puso los brazos en jarras para contestar, desde la puerta:-Seguro que es una tontería. ¿De qué se trata?-Lo tengo ahí, en la trastienda. ¿Entras conmigo?Juanita sonrió con malicia, interpretando como un desafío la propuesta de Pablo.-¿Entrar contigo en la trastienda? ¿Los dos solos? ¿No te da miedo?Pablo pensó que Juanita se estaba burlando de él, pero no era capaz de entender por qué, tal era su inocencia.-Vamos,  entra conmigo. Verás que curioso…La caja de cartón que había contenido apenas unos minutos antes al ratón de expresión vivaracha estaba ahora vacía y tenía un agujero que antes no tenía. Pablo supo disimular a duras penas.-Ahora te enseño lo que te había dicho, Juanita, es que esta caja no la encontraba y la he recogido porque don Mateo la estaba buscando.-¿Y para qué quiere una caja vacía con un agujero?-Don Mateo es muy maniático –inventó Pablo-. Su casa está llena de cosas inútiles, cachivaches de todas clases que sólo él sabe para qué las quiere. Yo creo que no se ha casado por eso.-Ya, ya… -replicó Juanita con sorna.El caso es que Pablo tenía que mostrar algo sorprendente a Juanita sin perder un minuto y al alcance de su vista sólo encontraba cajas de legumbres, aceites, sacos de arroz, de patatas, paquetes de galletas y vulgaridades semejantes. Y entonces recordó los grandes sacos que se almacenaban en un armario empotrado en el fondo de la trastienda.-Esto te sorprenderá, Juanita. Nadie lo ha visto nunca –anunció Pablo abriendo la puerta del armario empotrado. En el interior, ocupando toda la superficie del suelo, reposaban cuatro sacos llenos de cabello humano. La peluquería de al lado de la tienda los recogía a diario y don Mateo se encargaba de separar los cabellos por colores y se los vendía a un fabricante de peluquines.-¿Qué es esa asquerosidad, Pablo? –preguntó sin disimular su espanto la muchacha.- ¡Menuda porquería!-Son cabellos de ahorcados. Tienen propiedades mágicas… ¿No lo sabías?-No digas tonterías. ¡En este pueblo no ahorcan a nadie!-¡Pero es que estos pelos vienen de todo el mundo, Juanita: de Constantinopla, de Singapur, de Pernambuco, de Sebastopol, de Nairobi, de Cincinatti…! –explicó Pablo con vehemencia-. Don Mateo los recopila y los vende a precio de oro a millonarios de todo el mundo que los utilizan para curarse de sus males. Son medicinales.-¿Y qué se supone que hacen con ellos? ¿Una sopa? No te creo ni una palabra. Me estás enfadando con esas bobadas, Pablo –Sin embargo, la chica no parecía enfadada, sino divertida.-Lo siento, Juanita. Tienes razón –admitió enseguida el muchacho-. En realidad, quería enseñarte un ratón, pero escapó.-¿Un ratón? –chilló Juanita horrorizada- . Debes estar loco. Odio los ratones –proclamó la chica con semblante terminante-. Me voy, ya me has hecho perder bastante el tiempo.-Espera, no te vayas enfadada… -suplicó Pablo, de veras apenado.Entonces, Juanita, con esa generosidad que da la superioridad femenina, deslizó una mano por las mejillas de Pablo, y le apartó un mechón de pelo de la frente. Después, sin pronunciar palabra, le besó superficialmente en los labios. Pablo, que empleó un instante en recobrarse de la sorpresa, devolvió el beso con los ojos cerrados. En apenas unos segundos, transcurrieron en aquella angosta trastienda veinticinco emocionantes minutos. Al cabo de los cuales, Pablo se hallaba en lo alto del séptimo cielo y Juanita, observándole desde arriba, magnánima. Con la inmediatez con la que estalla un globo al ser pinchado por un alfiler, Pablo cayó en la tierra:-¡La vidriera! Pablo y JuanitaMás aterrado por la posibilidad de incurrir en el desagradado de don Mateo, de defraudar su confianza, que por el miedo a un castigo, Pablo se encontró súbitamente transportado del más sublime goce a la más árida amargura.-¡Es horrible! ¡Tenía que haber limpiado la vidriera! ¡Don Mateo me matará! Era muy importante que lo hiciera y lo he olvidado completamente.Juanita hizo caso omiso del sentimiento ofensivo que en el fondo le provocaba la desesperación de su pretendiente, que tan pronto había olvidado los placeres que le había procurado para concentrar su atención en cuestiones tan prosaicas como la limpieza de un escaparate y cedió al impulso de piedad que le inspiraba sinceramente la expresión angustiada del muchacho.-No te preocupes. Yo te ayudaré y terminaremos antes de que llegue. Pasaremos un trapo y listos.-¡Ya viene don Mateo!-gritó Pablo, mirando calle abajo, por el escaparate opuesto al que debía limpiar.-Te he dicho que te ayudaré, Pablo, no te preocupes. Yo siempre cuidaré de ti –añadió Juanita con determinación.La muchacha salió de la tienda avanzando con zancadas firmes, tomó un adoquín suelto del suelo y, desde el otro lado de la calle, lo lanzó contra la vidriera que daba nombre al colmado “El velero”.
Juanita y Pablo, por supuesto, terminaron casándose y vivieron felices juntos toda su vida.

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