Le confesó que no quería ser pregonero, que no se le dan bien los discursos. Que habla mejor en una reunión de amigos con un vaso de vino por delante. También de ginebra, aunque la bebida blanca prefería disfrutarla solo.
Él le habló de los poderes de la oratoria, esos que algunos definen como “el arte de hablar con elocuencia” mientras que otros lo califican de “simple palabrerío”. Es más, le dio cátedra de la importancia que tenía para la comunicación interpersonal, las conferencias y los discursos en público. También para saber defenderse en una entrevista.
En medio, le preguntó acerca de los motivos por los cuales había elegido una profesión que tenía el habla como principal herramienta si yo había optado por el silencio. Eso es lo que tú crees, pensó para sus adentros.
Quiso convencerlo de hacer un curso sobre habilidades lingüísticas y el poder de la palabra, una propuesta a la que se negó de forma rotunda. No conforme, insistió con el teatro, un arte que fomenta el poder expresarse correctamente delante de los demás, más aún cuando se trata de convencer a alguien de algo o a unos cuantos de muchas cosas.
Cansado de insistir y de la falta de respuestas, le preguntó qué le sucedía. Le contestó que hay ocasiones en las que es mejor callarse la boca en lugar de tanto bla, bla, bla, bla, bla.
