
(Gabriel García Márquez)
Si hay que matar a alguien, que sea al mensajero. Por eso, de un tiempo a esta parte, ser periodista es una profesión de riesgo. En estos días inciertos en que vivir es un arte, ser periodista es casi un milagro. Se nos exige estar siempre en la batalla. Y hasta para eso, hace falta un uniforme protector.




Son tiempos inciertos. De manifestaciones y contramanifestaciones. De actos vandálicos y excesos policiales. En el medio, el periodista. Así que lo mejor será cubrirse con vaqueros fuertes y botas rudas por si hay que salir corriendo.







Imprescindible un bolso cómodo. Dentro, siempre la agenda. Y el teléfono móvil, cámara improvisada para grabar la escena que, como Murphy manda, siempre surge cuando no llevas cámara.







Camisa negra, por si cae un directo. Y americana militar y cuero. Por si hay que ir de tío duro con una fuente de poco fiar.







Un uniforme que durante años, sirvió de escudo ante el enemigo. Hoy, no hay escudo que valga. Porque cuando crees que has sorteado todos los peligros, llega el menos esperado. Los ERE constantes y salvajes, las reestructuraciones de plantilla que salvan a los lameculos y despiden a los talentos. La sangría que nos está dejando sin los mejores. Y ante eso no hay uniforme que valga.



