
Escribimos sobre lo que vemos y oímos, sobre lo que leemos, sobre lo que sentimos, amamos y odiamos, sobre nuestras propias experiencias, sobre las experiencias ajenas. Nos ponemos en la piel de otros para amar, sentir y actuar. Escribimos sobre nuestras neuras y obsesiones…
Escribir es una necesidad, un desahogo, una forma de exteriorizar las fobias, las inquietudes y las preocupaciones.
Escribimos para expulsar y compartir nuestros demonios; pero también lo hacemos para pasarlo bien, como el que va de pesca o es aficionado a los deportes de invierno.
Escribimos porque nos lo pide el cuerpo, porque da gustirrinín, como el sexo, como la procreación: gestamos una idea, nos lanzamos en brazos de las musas cuando ellas quieren, plantamos una semilla que va creciendo y desarrollándose, y al cabo de unos días o de unos meses o de unos años parimos nuestra obra. Y luego da gusto ver nuestras creaciones adornando las estanterías propias y ajenas.
Sobre todo las propias.
