Esta es una pequeña historia de amor en solo tres tímidos párrafos.
Ella es un rubor. La clase de persona que se sonroja al hablar con un extraño. Hoy está en la biblioteca, viviendo escondida en un libro de Borges. En la mesa del fondo, debajo de algún rayo de sol despistado. Casi parece hacer la fotosíntesis. Lo que más le gusta de este sitio es que todo el mundo está obligado a susurrar, a no hablar. Ha pasado la tarde leyendo y haciendo flores de papel con los apuntes de latín mientras miraba a ratos por la ventana. Huyendo. Despistada. En silencio y consigo misma. Su lugar en el mundo. Nosotros le parecemos una excentricidad peligrosa que debe afrontar a diario. No lo dice, lógico, pero en sociedad se siente como una mosca en un vaso de leche. Sonríe débil cuando está incómoda. Su defensa. Como su pelo, una melena larga que ha aprendido a manejar a su antojo para ver sin ser vista. Un truco de magia.
El nudo del relato comienza en su estómago. Justo al levantar la vista de la página veintitrés y al encontrar por casualidad su mirada unos ojos cálidos que le sonríen. Los ojos de un chico guapo. A ella, invisible. En el ángulo oscuro de la mesa olvidada de su biblioteca, a escasos metros, él le ha acelerado la vida, el pulso y las ideas en estos inocentes segundos. Esa mirada precipitada ha durado canciones enteras de amor. Esa mirada huracanada ha hecho temblar los cimientos de su realidad. Esa mirada azul ha desatado la primavera con violencia en una persona llena de libros. Alborotada y confundida. Con el corazón frenético, fuera de su pecho, saltando sobre los apuntes de latín. Di algo, boba. Todos sus años de timidez amordazan cualquier impulso. De repente, claro, es muda. De repente, obvio, está afónica. No sabría, aunque quisiera, pronunciar palabra alguna. Ahora ya la mirada se ha perdido y sólo se ve en el horizonte, a lo lejos, muy lejos, un chico guapo que lee, con interés, un libro de derecho internacional. Dos planetas que se alejan a toda velocidad.
Haz algo, Paula. Pero ella no entiende de estas cosas. El otro lado de la mesa parece ahora las antípodas, el punto geográfico más alejado. Quiere llegar hasta allí, pero las ideas buenas, las malas y las torpes se atropellan unas a otras. El caos. De repente todo cobra sentido, todo tiene solución. A su manera. Busca entre los apuntes de latín cualquier papel en blanco y se desata a escribir en él. Un mensaje. Un mensaje donde le diga al chico guapo que quiere volver a mirarlo, pero una mirada lenta esta vez. Que quiere hablar con él. Imaginad. La chica de todos los silencios respira lento mientras dobla con estilo su mensaje. Con mucho estilo. Hasta que se convierte en tres pequeñas grullas de papel. La pequeña fantasía de aprender a volar. Las coloca despacio en la mesa. Tiritando de expectación, apoya su barbilla sobre las manos y sopla suave y con firmeza. Ahora su mensaje valiente ha chocado contra un libro serio de tapa dura sin hacer apenas ruido. Su dueño, el estudiante de derecho de ojos azules, levanta la mirada y se enamora de un rubor en ese preciso momento.
Visita el perfil de @Innestesia
