Revista Cultura y Ocio

Perlas de identidad.

Por Carmina
Pero solo eran uno o dos segundos: la llamaba y oía su voz muy adentro del piso, tras la puerta cerrada del cuarto de baño, o era simplemente que estaba tan distraida en su estudio, o tan ensimismada en un libro o una transmisión de Radio Clásica que no había oído la llave. Escuchaba primero el ruido de sus tacones, la veía luego venir desde le fondo del pasillo y tenía la sensación de que Blanca volvía de un sitio muy lejano, de un sótano o una cripta de secretos cuya existencia él no conocía y donde nunca le estaría permitido acompañarla. Sentía lo mismo las pocas veces que la llamaba a media mañana desde el trabajo: sonaban las primeras señales y Mario ya se sobresaltaba temiendo que ella no estuviera; escuchaba su voz y era la voz de alguien que esta sólo, perdido en pensamientos o habitaciones de los que nadie más tiene noticia. Pero es que Blanca tenía una capacidad admirable para sumergirse en sí misma, para desaparecer del todo del mundo exterior mientras leía un libro, escuchaba una música o veía una película. Era una concentración absoluta, en la que Mario había aprendido a no inferirse, la prueba de una sensibilidad que le maravillaba y al mismo tiempo le hacía sentirse romo en comparación, íntimamente desertado, algunas veces, cuando hubiera querido preguntarle o contarle algo a Blanca y sabía que no valía la pena el esfuerzo, no porque ella no le hiciera caso, sino porque literalmente no estaba, estaba ida, como se decía antiguamente, en el sentido más exacto de la palabra, ida de una realidad que con tanta frecuencia le provocaba aburrimiento o disgusto. Este fragmento pertenece a En ausencia de Blanca, como dije en la reseña me sentía identificada en algunos aspectos con la protagonista, y he aquí en los que más me siento identificada, yo también soy capaz de abstraerme absolutamente cuando estoy leyendo, tanto que puede terminar el mundo a mi alrededor y yo no ser consciente de ello, puede sonar el teléfono y el timbre y no provoca en mi reacción alguna. Mis hijos y mi marido han aprendido a respetar mi tiempo de lectura, quizás porque les pase como a Mario que no les merezca la pena decirme nada, porque simplemente no estoy.En ocasiones cuando las cosas me sobrepasan mucho tejo como mundos paralelos en los que me refugio, donde nadie tiene cabida, yo a ello le suelo llamar la espiral del silencio, son episodios en los que me refugio en mi misma como forma de no ser consciente de una realidad que me provoca angustia que me sobrepasa en demasía llegando a provocarme cuadros de miedo. Otra forma de llamarlo es la soledad acompañada, pienso que Blanca sufría de ella

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