Revista Jurídico

¿Pichigüilis legales? ¿Necesarios? ¿Éticos?

Por Saludyotrascosasdecomer
Esta semana pasada, a raíz de una entrada de Miguel Jara en su blog, el periodista freelance "enemigo de la industria farmacéutica", se ha desatado el debate sobre la legalidad o no de los pichigüilis (obsequios con que los visitadores de las compañías farmacéuticas agasajan a los farmacéuticos y médicos). En apariencia (y digo en apariencia porque ni soy intérprete de la ley ni quiero serlo) podemos ver que existe una contradicción entre la Ley del Medicamento (2006) y el Código de Buenas Prácticas sobre promoción de medicamentos de Farmaindustria (la patronal de dichas compañías) (2005). Veamos primero la ley:
Art. 3.6:
A efectos de garantizar la independencia de las decisiones relacionadas con la prescripción, dispensación, y administración de medicamentos respecto de intereses comerciales se prohíbe el ofrecimiento directo o indirecto de cualquier tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos, primas u obsequios, por parte de quien tenga intereses directos o indirectos en la producción, fabricación y comercialización de medicamentos a los profesionales sanitarios implicados en el ciclo de prescripción, dispensación y administración de medicamentos o a sus parientes y personas de su convivencia.
Y veamos lo que dice el Código de Farmaindustria:
10.1. No podrán otorgarse, ofrecerse o prometerse obsequios, primas, ventajas pecuniarias o en especie a los profesionales sanitarios implicados en el ciclo de prescripción, adquisición, distribución, dispensación y administración o al personal administrativo para incentivar la prescripción, dispensación, suministro y administración de medicamentos, salvo que se trate de obsequios de poco valor y relacionados con la práctica de la medicina o la farmacia. Por lo tanto, es admisible la entrega de obsequios tales como utensilios de uso profesional en la práctica médica o farmacéutica o utensilios de despacho de valor insignificante.10.2. Se considerará que el obsequio es de poco valor cuando no supere los 30 euros. Esta cantidad se actualizará periódicamente atendiendo a criterios de mercado.
En apariencia (insisto), la ley, de aprobación posterior al código y de mayor rango normativo, prohíbe que se den pichigüilis. Parece ser que hay un decreto que sí que lo permite, pero aún así tiene igualmente menor rango. Y en cualquier caso, ¿es realmente importante si son o no legales? Analicemos los diferentes escenarios.
Si fuera ilegal, dar un regalo a un profesional sanitario podría ser considerado cohecho. Los juzgados se llenarían de médicos, farmacéuticos, visitadores, directores de marketing y presidentes de compañías farmacéuticas, entre otros, por causas "tipo Camps" de distinta magnitud y trascendencia (como nos recordaba nuestro compañero Vicente Baos). Casi nadie, por no decir nadie, se libraría de ir al juzgado. Haciendo un ejercicio de demagogia, podríamos abrir otros debates al hilo de esta situación, situando este mismo escenario en otras áreas de la administración y ver qué pasa. Por ejemplo, olvídate de regalar a tu cuñado, el que es poli local o guardia civil en el pueblo, la típica corbata de navidades, ya que es un agente de la autoridad, y sus decisiones te pueden implicar en cualquier momento. Y así hasta el infinito.
Pongámonos en el caso de que el Código de Farmaindustria no contradice la ley, y que ciertos regalos son permitidos. Podrían darse pichiguilis de hasta 30 € del tipo utensilios de uso profesional en la práctica médica o farmacéutica o utensilios de despacho. ¿Ejemplos? Bolis, libretas, pendrives, postit, fundas de portátiles, linternas de exploración, tijeras, etc. Consideremos que es cierto que estos códigos de autorregulación se cumplen de forma impecable (como declaró hace unos meses el Director de Unidad de Supervisión Deontológica de Farmaindustria). ¿Realmente necesitamos esos utensilios? Partimos de la base de que nuestra empresa (llámese SES, CatSalut, SESCAM o quién sea) debe proporcionarnos el material necesario para poder desempeñar nuestro trabajo, aunque no siempre sea así (me paro de nuevo para hacer demagogia: ¿Os imagináis que los bomberos tuveran que comprarse ellos mismos las mangeras con que apagar los fuegos?). Pero no nos engañemos: la mayoría de estos obsequios no son para el trabajo, sino para casa. Incluso las repartimos entre familiares y vecinos... Los médicos no es que tengamos un sueldo tan alto como mereceríamos, pero ¿no podríamos comprarnos estas cosas, si tanto las necesitamos? No seamos cutres...
Si la cosa se quedara ahí... Sin embargo, una de las máximas de la publicidad es la originalidad. Regalar simples bolis no sirven para la función que se supone que tiene la publicidad y otras estrategias de marketing, con lo que a veces la mente del publicista rodea, por dentro y a veces por fuera, lo que el código de autoregulación establece. Algunos, digámoslo sin acritud y sin ánimo de ofender a los publicistas y a los que los pagan (las compañías farmacéuticas), verdaderamente constituyen un insulto a nuestra inteligencia. Pero aún así, muchos de nosotros, sobre todo cuando estamos de congresos, en cuanto vemos los regalitos de los "repres" nos tiramos como niños a por ellos. Patético, de veras... No ya sólo por cuestiones de estética (¡qué mala imagen damos!, de veras, ¡si nos viéramos desde fuera!), sino por ética, porque perdemos la credibilidad ante la sociedad que tanto nos cuesta atesorar.
Al margen de la legalidad o no, de la necesidad o no, de la utilidad o no, de los pichigüilis, creo que el debate no debemos situarlo en este plano. Lo importante no es si se dan o no, y qué tipo de regalos son decentes y éticos (aunque lógicamente, hay fronteras que nunca deberíamos sobrepasar ni unos ni otros), sino la transparencia y la independencia. Que sean los inputs los que sean, tanto en forma de regalos como congresos o cursos (parto de la base de que las comidas y encuentros lúdicos, por citar ejemplos, no entran ni deben entrar nunca en esta categoría, aunque a veces, incluso ahora, se siguen financiando por los laboratorios, y nosotros seguimos yendo con alevosía), se debe garantizar que las decisiones clínicas no se integren en dinámicas extrasanitarias, que no se rigan por las leyes del mercado. Y que, en cualquier caso, haya transparencia, de manera que todos sepamos a qué carta estamos jugando. Los potenciales conflictos de interés sobre la mesa. Que se sepa si un médico o un farmacéutico (y pronto, las enfermeras) tiene o no relaciones con la industria farmacéutica (o alimentaria, o química, o de cualquier otro tipo) que van más allá de lo profesional y que determinan sus decisiones clínicas. Lo que en inglés se llama disclosure. No se trata, como nos recuerda Julio Mayol, de presuponer nada: que un médico no es corrupto (como tampoco lo es una periodista) por el simple hecho de irse de congreso a costa de un laboratorio, si ésto no va a condicionarle; se trata de que si lo hace ambas partes (industria y prescriptor) deben comprometerse a mantener las decisiones clínicas en márgenes de independencia y profesionalidad; se trata de que estas actividades se hagan públicas y accesibles, incluso delante de sus pacientes. Ya que de lo contrario, lo que se oculta (directa o indirectamente, adrede o involuntariamente) levanta automáticamente sospechas, querámoslo o no. Lo que no podemos es permitir que sobre esta profesión (ni cualquier otra de la que dependa la salud de las personas), por la estulticia y racanería de unos y la avaricia de otros, tenga que vivir bajo la sombra de la duda, la sospecha y la desconfianza.
Lo dejamos ahí. Otro día nos meteremos de lleno en el mundo resbaladizo de las relaciones de la industria farmacéutica con algunos medios de comunicación (por cierto, ¿para cuando un código de autorregulación en este sentido? Aquí sí que hay no un vacío, sino un agujero sino negro, sí ciertamente algo oscuro...).
Abrazos

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