Revista Cine

Pídala cantando/XLVII

Publicado el 12 enero 2012 por Diezmartinez

Pídala cantando/XLVII
El lector Saúl Bass (@sabassbo) me ha pedido que rescate lo que escribí, en su momento, de la espléndida cinta sueca Déjame Entrar. Va:  
Más vale tarde que nunca: finalmente, ha llegado a la cartelera comercial la inclasificable cinta de horror vampiresca Déjame Entrar (Lat den rätte komma in, Suecia-Noruega, 2008), cuarto largometraje del artesano fílmico/televisivo Tomas Alfredson.Sobre la novela homónima de John Ajvide Lindqvist adaptada por él mismo, he aquí una singular historia de crecimiento/amistad/amor juvenil-vampírico ubicada en un pequeño pueblo sueco a inicios de los años 80. Oskar (Kare Hedebrant), un solitario niño de 12 años e hijo de padres divorciados (mamá trabajadora/histérica, papá alienado/alcohólico acaso gay),  es tomado como puerquito por los abusones escolares que allá, aquí o acullá nunca faltan. En una de las noches en las que Oskar deambula por el parque cercano a su clasemediero departamento, el tímido y fantasioso preadolescente entabla amistad con una extraña niña “que huele raro”. Eli (extraordinaria Lina Leandersson) acaba de cambirse al departamento contiguo de Oskar, vive con un hosco adulto llamado Hakan (Per Ragnar) que podría ser su padre, y es aún más tímida que su nuevo amigo. Muy pronto uniremos los puntos que están sueltos: Hakan no es el papá de la niña, sino su devoto cuidador, pues Eli no es más que una vampira centenaria que necesita de sangre humana para sobrevivir.  La cinta no carece de las convenciones genéricas vampirescas clásicas: la luz del Sol como motor de destrucción, el esclavo humano que cuida de su amo chupasangre, la regla de que un vampiro no puede entrar a tu casa a menos que tú lo invites… Sin embargo, el guión de Lindqvist usa estos bien conocidos clichés sólo para señalar los límites genéricos de un relato fílmico que trata más de amor que de sangre, más de pasión romántica que de sexo, más de vida que de muerte. Pero cuidado: no estamos aquí frente a una ñoña historia de amor puro e idílico. Eli necesita sangre, no puede vivir sin ella y, llegado el momento, Oskar tendrá que decidir de qué lado se coloca él, sobre todo cuando el patético Hakan tenga que hacer mutis.Alfredson –de quien no conozco una sola de sus películas anteriores- se descubre como un cineasta competente y funcional, aunque llega a sorprender gratamente en esa contundenteescena final en la alberca, un momento fílmico magistral que resulta, al mismo tiempo, horrendo, emocionante y hasta torcidamente cómico. No vemos gran cosa, pero no necesitamos hacerlo: todo que le necesitamos saber ya lo sabíamos de antemano. Que Oskar y Eli están hechos el uno para la otra.

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