Revista Cine

Pídala cantando/XXXVIII

Publicado el 04 agosto 2011 por Diezmartinez
Pídala cantando/XXXVIII
Era inevitable. Ayer, aquí abajito, publiqué mi revisión de las cinco películas de la saga original de El Planeta de los Simios y un lector -el comentador frecuente adayin- me pidió que, ya entrados en gastos, rescatara lo que había escrito sobre el remake de Tim Burton.El Planeta de los Simios, versión Burton, la vi un par de veces en el momento del estreno y, hasta donde recuerdo, fui uno de los pocos que no depotricó por la re-imaginación del clásico de los años 60 (el otro fue Jorge Ayala Blanco, que calificó la cinta de "fábula sombría". Como ha sucedido en otros rescates de algo que escribí hace tiempo, aclaro que básicamente se trata de la misma crítica, con algunos cambios cosméticos/estilísticos menores:
El Planeta de los Simios (Planet of Apes, EU, 2001), la más esperada película veraniega del año, es una apuesta muy arriesgada para todos. Para la Fox, un buen recibimiento taquillero del filme les aseguraría la producción de varias secuelas y hasta, ¿por qué no?, una nueva serie televisiva. Para el excéntrico director Tim Burton, un buen recibimiento crítico aparejado con un indudable éxito económico significaría que a pesar de sus anteriores fracasos taquilleros (Batman Regresa, Marcianos al Ataque), aún es un cineasta confiable al que se le pueden encargar grandes proyectos. Para los prestigiados actores involucrados (Helena Bonham Carter y Tim Roth) es un desafío interpretativo: ¿cómo dar vida interior a sus personajes detrás de kilos de maquillaje? Para el multioscareado Rick Baker, el responsable de la apariencia física de los simios, la responsabilidad es descomunal: lograr que sus primates sean más reales como especie y, al mismo tiempo, originales y distintivos como “individuos”: si no podemos distinguir un chango del otro, Baker ha sido derrotado. Y, finalmente, para el diseñador de producción Rick Heinrichs y la de vestuario Colleen Atwood, el trabajo fue el crear un mundo extraño y amenazante que, al mismo tiempo, sea lo suficientemente cercano como para poder relacionarnos con él y entender las múltiples ironías del universo simiesco.   En mayor o en menor medida, tengo la convicción de que la apuesta ha sido ganada por todos. Este Planeta de los Simios “reimaginado” -como se le ha llamado para indicar que no se trata de un mero “remake”- funciona como película de acción de verano, es una muestra de que Burton puede adaptarse al cine de gran presupuesto sin perder totalmente su sello distintivo y su provocador sentido del humor, Bonham Carter y Roth están más que convincentes, y visualmente hablando, el filme es un fascinante trabajo de producción: el vestuario, el maquillaje, la extraña ciudad simiesca enclavada en una montaña y los espacios interiores de las casas es un triunfo de la imaginación cinematográfica.   Por supuesto, hay un gran pero. El original Planeta de los Simios (Schaffner, 1968) y sus cuatro secuelas funcionaban como una provocadora alegoría de la convulsionada sociedad estadounidense y sus problemas raciales, sociales y políticos. En ella, un orgulloso astronauta WASP (Charlton Heston) caía en un mundo dominado por “los otros” y tenía que ver la manera de sobrevivir. En esta “reimaginación” de la trama original, el héroe es un valiente astronauta (Mark Whalberg) perpetuamente desconcertado que, además, termina provocando más problemas de los que quiere resolver. De hecho, el personaje más fuerte y atractivo de la trama no es el “norteado” homo sapiens sino su maquiavélico rival, el malévolo y fascista general Thade (formidable Tim Roth). Como quien dice, si en el susodicho planeta dominan los simios, en la película también.Por otro lado, aunque en el guión escrito por William Broyles Jr., Lawrence Konner y Mark Rosenthal, hay múltiples referencias raciales, éstas son usadas con fines paródicos: la famosa frase de Rodney King (“¿Por qué no nos podemos llevar todos bien?”) es pronunciada por un inescrupuloso orangután traficante de humanos, se muestra cierta rivalidad entre los esclavos humanos que sirven en casa y los que trabajan en el campo (como la que existía entre los esclavos negros de las plantaciones americanas del siglo XIX) y la primera secuencia en el planeta, con decenas de simios cazando humanos, es una franca copia de cualquier documental de National Geographic con todo y malvados cazadores capturando indefensos animales (sólo que aquí los humanos son los cazados, no los cazadores). Dicho de otra manera, si El Planeta de los Simios de 1968 aguantaba una lectura en clave sociocultural, el segundo es una cinta más relajada que se toma a sí misma mucho menos en serio. Esto le da la oportunidad a Burton, sobre todo en la primera parte del filme, para entregarnos un agudo retrato irónico sobre la sociedad simiesca: los gorilas, orangutanes y demás changos se comportan como cualquier hijo de vecino. Discuten sus peinados, sus políticas sociales, rezan antes de comer, se enamoran, hacen el amor y pueden ser tan profundos o fatuos, violentos o pacifistas como cualquier homo sapiens. La más aguda ironía pensada por Burton se refiere al esperado cameo de Charlton Heston: como el anciano gorila gobernante, el personaje de Heston es el único que sabe la verdad sobre los humanos (“la más cruel de todas las especies”) y el único que posee un arma. Si uno recuerda que el anciano actor es el más conspicuo miembro de la NRA (la Asociación Nacional del Rifle), sus breve aparición tiene una carga satírica demoledora.Pero aún con las ironías de Burton, la magnífica producción y las excelentes escenas de acción (¡esa batalla final!) es claro que esta “reimaginación” simiesca es inferior en importancia y alcances al viejo filme de los 60. No podía ser de otra manera. Los tiempos sociopolíticos de aquella época le dieron una dimensión extra al filme que esta nueva cinta, lógicamente, no posee. Ah, y en cuanto al final, estoy seguro que va a provocar varios dolores de cabeza entre el público y una justificación más para que la Fox nos enjarete una o varias secuelas en los años por venir. Sea por Dios (que, en la película es, por cierto, un changuito muy mono).

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