Revista Cultura y Ocio

Plácido Domingo.

Publicado el 07 julio 2015 por Juliobravo
Plácido Domingo.
La clase y el carisma de Plácido Domingo no se reduce al escenario, donde exhibe desde hace varias décadas su extraordinaria calidad y capacidad, que le ha hecho abordar a lo largo de los años los repertorios de tenor y de barítono y la dirección de orquestas. con notables resultados en todos los casos (sobresalientes en su etapa de tenor). Pero, insisto, no solo es grande en escena. Lo es también «de paisano; de hecho, creo que es su categoría humana lo que engrandece su figura artística.

Hablo desde mi experiencia, naturalmente. La de varios encuentros profesionales a lo largo de los años (no recuerdo mi primera entrevista, creo que fue en un camerino del Teatro de la Zarzuuela, pero no estoy seguro. Antes había acompañado a Blanca Berasátegui cuando ella le entrevistó, pocos días después de entrar yo en el periódico); Plácido tiene una cualidad que no he encontrado más que en Antonio Banderas y en él. Puede que solo tenga tiempo para atenderte durante quince segundos, pero esos quince segundos son completamente tuyos; no hay durante ese tiempo nadie más. Y eso produce en el interlocutor una satisfacción especial.


Recuerdo perfectamente lo que decían a finales de los setenta los críticos musicales de Plácido Domingo, por aquel entonces encaramándose al estrellato internacional. Se hablaba de que era un cantante con una voz notable pero de una técnica limitada, que tenía un repertorio caótico y que no podría aguantar más que unos diez años en los escenarios. Se burlaban de él, y le llamaban Placimingo, porque decían que no tenía el «do» (para los no iniciados: el Do de Pecho es la nota aguda por antonomasia, el culmen de la partitura de un tenor).
Placido celebrará en 2016 medio siglo de su debut en la New York City Opera (antes había hecho pequeños papeles en México y había cantado dos años y media en Israel), al que siguieron inmediatamente después los principales coliseos operísticos. En su momento (hoy la edad, 74 años, y la salud, recientemente tuvo un cáncer, le pasan factura) era un hombre incansable, que parecía no saber decir que no a ningún proyecto, por peregrino que éste fuera. Cuando, en 1985, México -«su» México- padeció un terremoto, no dudó en desplazarse allí para ayudar en lo que fuera necesario; no importaba lo que sufriera su voz. Y así una y otra vez.
Se ha reinventado Plácido Domingo en más de una ocasión. Pareció que orientaba su futuro hacia la dirección de orquesta, que sigue frecuentado, pero ha descubierto en la cuerda de barítono un nuevo territorio en el que continuar con su gran pasión: cantar. Hace pocas semanas murió su hermana María José, a la que estaba muy unido. Ya tuvo que suspender varias actuaciones por su enfermedad. En Madrid debía interpretar estos días el papel titular de la ópera «Gianni Schicchi», en una producción de Woody Allen para la Ópera de Los Ángeles, donde Plácido tiene previsto hacerla a mediados de septiembre. Se trata de una obra de humor negro, donde la muerte juega un papel cómico; y Plácido confesó que no se sentía con ánimos para abordar el papel y dar el máximo de sí. 
Como quiera que hace dos años tuvo también que suspender su participación en el Real de la ópera «Il postino», no quería defraudar nuevamente al público madrileño; a su pueblo, como le gusta decir. Y buscó, junto con los responsables del teatro, una solución. La encontró en un mini-concierto que se ofrecería en el descanso entre «Goyescas», que se ofrecía en versión de concierto en la primera parte, y «Gianni Schicchi». Quiso, además, dar su sitio a Luis Cansino (que trabajó como su cover durante los ensayos) y a Maite Alberola, que interpreta a Lauretta, la hija de Schicchi, y les incluyó, además de a Bruno Pratticó.  
En la primera de las funciones, el mini-concierto tuvo un visible componente emocional. Y no sólo para él. Plácido Domingo tiene una notable capacidad para comunicar y para emocionar. Me acompañó mi amiga Marta Poveda, que nunca había estado en el Real ni había escuchado al tenor, y sus ojos se humedecieron en un par de ocasiones. Me hizo recordar la emoción de la primera vez que escuché yo a Plácido Domingo, en su concierto de 1982, en la Ciudad Universitaria, o la que sentí, en el último piso del Teatro Real, siendo yo estudiante, en el recital en el que vi por vez primera a Alfredo Kraus. Me conmovió comprobar (a mí me cuesta ya sorprenderme, y no sabéis cómo lo siento) cómo la música, como artistas de la talla de Plácido Domingo, siguen siendo capaces de generar esas emociones. Gracias, maestro. 
La foto es de Javier del Real

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