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Podría devorarte

Publicado el 29 abril 2020 por Cabezabajo @blogdecomics

Por Paco Gisbert

El confinamiento, ese concepto que hemos asumido como voluntario cuando en términos jurídicos implica una pena, nos ha hecho, en muchos casos, volver la vista atrás para revisar películas, libros y canciones antiguas, como si el hecho de estar encerrados en casa por miedo a un enemigo invisible que se puede colar en nuestra vida cotidiana nos hiciera añorar un pasado mejor.

Yo crecí en los 80, una época en la que la vida estaba plenamente en la calle, después de años de oscuridad provocada por una dictadura que se apropió de las vías públicas. Quizás por eso, por las ganas de ver de otra manera aquellos años locos en los que las drogas eran motivo de fiesta, el tabaco un signo de madurez y el alcohol el remedio para superar nuestros miedos, he recuperado muchas películas de aquellos tiempos. Una de ellas es ‘Liquid Sky‘, un extraño filme indie norteamericano realizado por un ruso emigrado a Nueva York seis años antes de meterse a director de cine y que cuenta una historia entre friqui y truculenta. En la azotea de una punkie neoyorquina aterriza una pequeña nave espacial cuyo objetivo es chupar la energía de los terrestres y la única manera de hacerlo es cuando la gente folla. Así, cada vez que la punkie se lleva a su ático a un ligue, sea voluntariamente o porque está puesta de caballo, farlopa o alcohol, el afortunado (si se le puede llamar así) acaba frito por culpa del extraterrestre invisible.

Podría devorarte

liquid sky

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La peli es un delirio ochentero, llena de luces de neón, personajes vestidos de manera estrafalaria y drogas a tutiplén, pero es lo que había entonces. No olvidemos que Almodóvar, mucho antes de sus melodramas identitarios sobre su niñez y sus neuras seudocreativas, hacía pelis como esa, repletas de tipos raros, secuencias delirantes y jeringuillas. Y que los chicos de Radio Futura, más influenciados por el pico que por la pala, triunfaban con una canción que decía “No tocarte, podría devorarte”. Eran tiempos en el que SIDA, la pandemia silenciosa que afectaba a nuestras relaciones sexuales, comenzaba a hacer estragos, primero entre la comunidad homosexual y más tarde entre todo aquel que no usaba protección, en forma de condón, para follar. Y el SIDA, que parecía que no iba con mucha gente (o, al menos, con aquellos que decían comportarse de manera “normal” en el sexo), se fue extendiendo como cualquier virus que se precie.

El COVID-19 ha sido más democrático. Infecta a los que follan y a los que no, pero mata, sobre todo, a las personas mayores. De hecho, he leído tuits de gente que le restaba importancia por ser una lacra “solo para viejos”, de la misma manera que, hace 40 años, si hubiera existido Twitter, habrían escrito que el SIDA era “solo para maricones”. Pero este coronavirus, que vaticina un futuro muy negro, tiene en común con aquella enfermedad terminal en la prohibición del contacto físico, en la negación del abrazo, del beso y del polvo. Las epidemias, en fin, nos convierte en seres individualistas, huraños y antisociales.

Vivo en un ático y, en más de una ocasión desde que empezó esta mierda, he mirado en la azotea de mi edificio si hay una nave espacial del tamaño del plato de un restaurante con estrella Michelin atento para chuparme la energía si salía de casa o contactaba con alguien. Aunque para evitar eso ya estén los fundamentalistas que se pasan el día en el balcón insultando a quienes transitan por la calle antes de martillearme los oídos con el puto “Resistiré”.

ó

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