Revista Opinión

Poema del fénix

Publicado el 11 diciembre 2017 por Habitalia

LACTANCIO

"Existe un bienaventurado territorio, más lejano que el remoto Oriente, en donde se encuentra la puerta mayor que se abre a lo eterno. El lugar no está cerca de los ortos, y se acerca a la bóveda celeste desde donde el sol derrama en verano su diáfana luz".

Allí, un campo de llanos libre al aire en su plenitud no permite las colinas ni tierras quebradas de otros valles. El sitio se eleva doce codos más alto que nuestras más altas montañas, y cuida el bosque sagrado de Sol, perpetuamente frondoso en su abundancia de árboles siempre verdes por su imperecedero follaje.

En el tiempo en que el cielo se incendió abrasado por el fuego de Faetón, el sitio permaneció intocado. Cuando el diluvio de Deucalión sumergió todo, las aguas lo respetaron y el sitio se veía elevado por encima de ellas, intocado.

No entran allí las agotadoras enfermedades ni la vejez decadente ni la muerte cruel ni el crispado miedo ni el crimen ni la nefasta ambición o la envidia, ni el delirio que explota en pasión furiosa. Tampoco llegan el triste llanto ni la dolorosa indigencia ni los problemas que no dejan dormir, menos el hambre furibunda ni la melancolía. No ensordece la tempestad ni llega el viento horrible que arrasa ni el invierno mancha la tierra con su frío espectral.

No tiende la nube su sombra encima de los campos ni lo alto derrama lluvia torrentosa.

En medio de este bienaventurado territorio brota una fuente de agua cristalina, dulce y suave, abundante una vez cada mes, regando el agua viva el bosque entero doce veces cada año, permitiendo crecer majestuosas variedades arbóreas de las que brotan ramas que ofrecen frutas que nunca se acaban.

En este bosque vive el Ave Fénix. Habita sola y es única porque renace de su propia muerte. Acompaña en gloria a Febo, de quien sólo es complaciente; esta misión suya la realiza obedeciendo a un mandato de la madre naturaleza: cuando nace la dorada aurora y todo lo baña su purpúreo color que hace huir a la luz de las estrellas, en cuanto todo ha sido envuelto por los rosados tonos el ave cumple su misión; por cuatro veces hunde tres momentos su cuerpo en la fuente de las aguas y cuatro veces realiza la triple libación en donde arranca el manantial.

Se alza luego y enfila hacia el árbol más alto para reposar en la cima y contemplar el bosque entero, sola, para volverse hacia el joven orto del naciente Febo y esperar los rayos del primer albor.

Cuando el sol ha cruzado el umbral de la flamígera puerta y refleja el suave brillo de sus primeros rayos, el ave Fénix lanza su canto sacro, de acentos únicos que invocan los fulgores primeros con su voz encantadora que no podrían imitar ni el ruiseñor con sus tonalidades ni la flauta con la música de su sonido círreo, tampoco se lo podría igualar al canto del cisne que muere ni el que arranca de las cuerdas sonoras de la lira celena.

Se sabe que quien oye cantar al Fénix cura al instante sus enfermedades.

Pero pocos, que se sepa, la han oído. Al paso de las horas, cuando Febo libra las riendas de sus corceles que arrancan presurosos hacia las regiones olímpicas y se enseña entero al cruzar de un todo a otro sin detenerse, la Fénix a su paso lo saluda y abre y cierra sus alas a manera ritual; luego con veneración alza su coronada cabeza y mira directamente a Febo por tres veces unos instantes, mientras guarda silencio.

Así, de día y de noche, va indicando el paso definitivo de las horas hasta un último sonido que arranca de su garganta y que no se puede narrar. La ave reina en el bosque sagrado como fiel sacerdotisa a los arcanos de la luz que en un momento rasga la noche.

Transcurridos quinientos años, el Fénix siente el peso de su larga vida y sabe que el tiempo de su espacio se ha cerrado.

Deja entonces su reino habitual del bosque junto al eco de su último canto secreto; deja sus sagrados lugares llevada por sí misma y viene a nuestro mundo, donde reina la muerte. Con su vejez dirige su raudo vuelo a Siria, a la que se da el nombre de Fenicia, donde en sus inaccesibles bosques marcados de parajes solitarios, ocultándose en algún lugar de esa selva lejana, escoge la palmera cuya copa se hunde en el aire, la palmera phoenix, llamada así en su nombre, y cuya altura no pueden violar animales dañinos ni las aves de rapiña ni la lúbrica serpiente.

Entonces, Eolo guarda a los vientos en sus colgantes dominios para que no exciten con sus soplos al purpúreo aire o acarreen densa nube condensada por el norte en los espacios vacíos del cielo que pueda interponerse entre los rayos solares y el Fénix; quien construye su nido que es además su sepulcro.

Para ello sube de la opulenta selva extractos y plantas aromáticas, que ha sembrado el asirio y el rico árabe y cultivado las tribus pigmeas o las gentes de India y de la tierra de Saba.

Junto al cinamomo y el perfume del amomo que despide a lo lejos su fragancia, y el bálsamo con hojas, todo va mezclando. No faltan ni la suave casia o el oloroso acanto ni las lágrimas del incienso que deja caer en grandes gotas. Añade tiernas espigas de flor de nardo y la recia mirra.

Construido el lecho con estas especies, acomoda su cuerpo y da descanso a sus ya cansados miembros, que rocía con su pico bañándose en los ricos jugos que extrae de la mezcla natural, se baña entera en los extractos a manera de quien cubre con un velo su cuerpo: así se dispone a morir en sí misma; entonces es cuando entrega su vida entre perfumes no teniendo más necesidad de cosa fastuosa.

Se dice que de su cuerpo yerto emana calor que viene de la muerte misma: este calor unido a los rayos rojos del sol prenden en llamas que se exaltan por la luz del éter que quema todo convirtiéndolo en cenizas, las que se unen al líquido que descansa en el fondo mismo del nido formando una masa que es como el semen, del que surge otro ser vivo, sin huesos, similar al gusano que la tradición da color blanco, justamente, como la leche.

Este gusano crece y al cabo de un cierto tiempo detiene su movimiento expansivo para replegarse como un huevo circular, similar a la manera como vemos en el campo a las orugas pegarse a las piedras con un cordón que mudará en mariposa.

Así, el Ave Fénix toma la misma figura que tuvo, renaciendo de sus quebrados despojos.

Su alimento no es de este mundo y el don de su crecimiento en verdad no se conoce. Mientras salen sus plumas toma las escarchas del néctar celeste que deja el cielo estrellado cayendo como ambrosía, al instante quieta y transparente, que el Fénix toma hasta alcanzar porte maduro.

En cuanto alcanza éste, al instante inicia el vuelo de retorno a la morada primera: aún antes toma los restos de su cuerpo muerto, cenizas con despojo que va uniendo con bálsamo de pino, mirra e incienso mezclados; de ello hace un lío picándolo en ancestral rito. Entonces es cuando se remonta a la ciudad del sol llevando los restos entre sus garras: ya en el templo sagrado deposita lo que fue en el altar mayor.

Quienes le vieron, porque algunos la han visto, dicen que la presencia del Fénix es maravillosa, y su aspecto insta a la veneración: así es de inmensa su hermosura, así de iluminada su dignidad. Se dice que a unos su aspecto también produjo pavor.

A primera vista su color es como el color que reposa bajo el astro del Cancerbero, que es como el azafrán de las cálidas granadas, como el color de las hojas que luce la adormidera silvestre o la flora toda cuando despliega su atavío dorado.

Sus espaldas y el bello pecho también brillan, haciendo relucir su cabeza, la cerviz y los hombros. Su cola se alarga escapando entre amarillos metálicos que se van mezclando a manchas hasta enrojecer al púrpura. Por encima, Iris pinta las plumas de sus alas como se suele ver el color de las nubes imaginado desde el cielo; en la cabeza el pico blanco resulta como el verde esmeralda y en su punta brilla como yema el color marfil. Sus ojos son enormes, se diría dos jacintos de cuyo corazón parece arrancar viva la luz del fuego. Ciñe su refulgente cabeza una corona ardiendo en ardientes destellos que enmarcan la eternidad del rostro de Febo.

Escamas cubren sus patas como puntas de metal que acaban en garras del color del acero, sin embargo, más duras. Quienes se han atrevido a verla cara a cara dicen que su rostro es semejante a la figura del pavo real con un tono exuberante como el del ave de Fasis. Tanto si fuera una fiera como una ave, a la que nace en tierras de Arabia nadie la iguala en grandiosidad. No se mueve con lentitud como otras aves de cuerpo voluminoso, que andan con pereza por su gran peso; el Fénix es ligera y veloz, de real dignidad. Así se presenta ante los hombres.

A lo milagroso de tal aparición acude el mismo Egipto y la multitud honra con ovaciones su llegada.

La figura de tan rara ave es inmediatamente esculpida en el sagrado mármol y tal acontecimiento y la fecha son consignados de nuevo en los archivos del templo. Todo el linaje de las aves ha acudido también, ninguna teme, ninguna recuerda la rapiña. Solo el Fénix se remonta a las regiones allá en el cielo cortejada por todas las aves, comitiva que la acompaña dichosa por tal ventura. Aunque, apenas llegan a las alturas del puro éter, ella sigue sola para ocultarse y permanecer en su morada, sin compañía. Su fin único que le concede la suerte de nacer otra vez de sí misma la hace feliz recurrir al pacto de Venus: la muerte es su Venus.

Es en sí misma el ser y su descendencia, su propio padre y quien le hereda. Es su nodriza y su discípula.

En verdad es el Fénix, es Él, pero no el mismo que fue. Es el que ha alcanzado la vida eterna por la muerte eterna ..."


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