Revista Cultura y Ocio

Poética del mar / 3

Por Calvodemora
Hay reinos pequeños de los que somos reyes, refugios absolutos a los que acudir con la indesmayable idea de perdernos. Lo de perderse sigue siendo una pretensión fascinable, una a la que no damos casi nunca asiento, en la que fantaseamos y donde creemos que estaremos bien, pero basta perderse un instante o varios y no sabe uno cómo estabular esos datos. Zambullirse en el mar y alejarse, a nado, ahondando en la distancia, da una visión muy precisa de la vida que discurre en la costa, en el interior. Anda la cosa corrompiéndose, por muy vista, por nuestra, y a veces uno necesita un reino del que ser rey, un lugar en el que dejarse llevar. Nada como el mar para adquirir esa invisibilidad, ese desvanecimiento. Luego está la vuelta, la vuelta feliz a la tierra, que es donde tenemos el placer de lo amado, pero el mar, ah el mar, el mar nos limpia, el mar nos despeja, nos hace mejores incluso. Me ha hecho feliz pensar en todo esto. La lluvia nos conduce al mar. Como una madre a la que vemos amamantar a su hijo y nos conduce a la nuestra. Igual que el fuego anticipa la ceniza y lo oscuro la eclosión de la luz, el mar es un preludio del alma. El mar es el paisaje del alma. Está dejando de llover.

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