A juzgar por los numerosos comentarios en las redes sociales, mi reflexión televisiva sorprendió a muchos. Simplemente hablé de lo obvio: que los populismos no constituyen un contenido programático o político concreto; que hay populismos de todo color y pelaje, unos más defendibles y otros menos desde la perspectiva de los derechos humanos; que el populismo supone sobre todo un momento de malestar, de desafección y de manifestación de descontento de grandes capas de la población frente al "status quo", frente al "stablishment" y frente a unas instituciones que se supone que están para velar por nuestras intereses, y que sin embargo nos dan la espalda. Es lo que ha sucedido en Reino Unido con el Brexit, en Colombia con el "No" a los Acuerdos de Paz, en EEUU con Trump, y en decenas de otros lugares. Hay un descontento generalizado. Y en aguas revueltas, puede suceder de todo. Y está sucediendo de todo. Y no todo bueno, sin duda. Porque parece que tenemos que estrellarnos estrepitosamente para empezar de cero con mejor pie. En cada sitio, ese descontento se tiñe de formas políticas o programáticas distintas: xenofobia, radicalismo, ruptura, igualitarismo,... Y es ahí donde la ciudadanía tiene mucho que decir para que vaya en una u otra dirección. Pero sin duda, esos movimientos, sean del tipo que sean, generan desconcierto en los gobiernos, en las instituciones, en las élites, en los medios de comunicación y en las corporaciones que los sustentan, que ven tambalearse sus poltronas. Y es entonces cuando se descalifica esos brotes de descontento, y se les mete a todos en el mismo saco con calificativos como "demagógicos", "totalitarios" y "excluyentes", como un gran amigo me los describía hace unos días. Y es ahí cuando parece que ya no resulta tan bueno votar y que decidan las mayorías. O es ahí cuando parece que los pueblos se han vuelto locos y no se les puede poner una papeleta en las manos. Cuando todo sería tan sencillo como analizar los motivos de fondo de ese descontento y canalizarlo hacia políticas más inclusivas. Pero eso no "mola" tanto a los de arriba.En mi pequeñísima parcela, he vivido en los 3 últimos años mi pequeña experiencia populista. No creo que se pueda poner en el curriculum, pero he aprendido de ella mucho más que algunos cursos y asignaturas universitarias. Me tocó gestionar un momento de gran descontento en mi comarca ante el ninguneo institucional y político a unas demandas justas, necesarias y sin coste en materia educativa. Por supuesto, también me tildaron de demagogo, de absolutista y de excluyente. También de "sociata", "pepero", "comunista" y "podemita". Sí, todo a la vez. Bastaba con que unos u otros pensaran que mi mensaje iba contra sus siglas. Daba igual que nos guiaran nada más que principios y no ideologías, colores, siglas o logos. Hoy casi nos llaman "héroes" algunos que nos cerraron la puerta en las narices hace muy poco. "Etiqueta y vencerás". Pero en este caso, no vencieron ellos. Vencimos nosotros, aunque las máximas autoridades vinieron a colgarse la medalla de rigor, y tuvimos que ocultar nuestra vergüenza ajena. Y vencimos con pancartas, pero también con armas institucionales: una proposición no de ley que redactamos, y que fue aprobada por unanimidad por todos los partidos políticos en un debate inédito en el Parlamento. Mi amigo me dice que eso no es pupulista, sino "sociedad civil movilizada". Y que eso sí es bueno. Me da igual que a eso se le llame populista o mediopensionista. Era nuestro momento y lo aprovechamos. Y quizás a niveles más amplios pueda suceder algo parecido. Quien quiera perder el tiempo con etiquetas, que lo haga. Nosotros "a otra cosa, mariposa".
Revista En Femenino
Desde que estamos en el "mundo de la farándula" a raíz de nuestro libro, nos llaman de vez en cuando para comentar la actualidad como tertulianos. Si no hay agobios, lo hacemos con gusto y con un punto de diversión. Hace unos días tocaba hablar de la victoria de Trump en las elecciones de EEUU, y abordé un tema peliagudo: el populismo. Pero no creo que sea tan compleja la cuestión. Realmente creo que todo es mucho más sencillo de lo que se pretende: "etiqueta y vencerás". ¿Que resulta que Trump te da miedo y Podemos te da miedo? Ponle la misma etiqueta de "populismo", y así los metes en el mismo saco: asunto resuelto. Con cuernos y rabo. Da igual que se parezcan "como un huevo a una castaña". Lo importante es que son malos, malísimos, y que hay que evitarlos como sea.
A juzgar por los numerosos comentarios en las redes sociales, mi reflexión televisiva sorprendió a muchos. Simplemente hablé de lo obvio: que los populismos no constituyen un contenido programático o político concreto; que hay populismos de todo color y pelaje, unos más defendibles y otros menos desde la perspectiva de los derechos humanos; que el populismo supone sobre todo un momento de malestar, de desafección y de manifestación de descontento de grandes capas de la población frente al "status quo", frente al "stablishment" y frente a unas instituciones que se supone que están para velar por nuestras intereses, y que sin embargo nos dan la espalda. Es lo que ha sucedido en Reino Unido con el Brexit, en Colombia con el "No" a los Acuerdos de Paz, en EEUU con Trump, y en decenas de otros lugares. Hay un descontento generalizado. Y en aguas revueltas, puede suceder de todo. Y está sucediendo de todo. Y no todo bueno, sin duda. Porque parece que tenemos que estrellarnos estrepitosamente para empezar de cero con mejor pie. En cada sitio, ese descontento se tiñe de formas políticas o programáticas distintas: xenofobia, radicalismo, ruptura, igualitarismo,... Y es ahí donde la ciudadanía tiene mucho que decir para que vaya en una u otra dirección. Pero sin duda, esos movimientos, sean del tipo que sean, generan desconcierto en los gobiernos, en las instituciones, en las élites, en los medios de comunicación y en las corporaciones que los sustentan, que ven tambalearse sus poltronas. Y es entonces cuando se descalifica esos brotes de descontento, y se les mete a todos en el mismo saco con calificativos como "demagógicos", "totalitarios" y "excluyentes", como un gran amigo me los describía hace unos días. Y es ahí cuando parece que ya no resulta tan bueno votar y que decidan las mayorías. O es ahí cuando parece que los pueblos se han vuelto locos y no se les puede poner una papeleta en las manos. Cuando todo sería tan sencillo como analizar los motivos de fondo de ese descontento y canalizarlo hacia políticas más inclusivas. Pero eso no "mola" tanto a los de arriba.En mi pequeñísima parcela, he vivido en los 3 últimos años mi pequeña experiencia populista. No creo que se pueda poner en el curriculum, pero he aprendido de ella mucho más que algunos cursos y asignaturas universitarias. Me tocó gestionar un momento de gran descontento en mi comarca ante el ninguneo institucional y político a unas demandas justas, necesarias y sin coste en materia educativa. Por supuesto, también me tildaron de demagogo, de absolutista y de excluyente. También de "sociata", "pepero", "comunista" y "podemita". Sí, todo a la vez. Bastaba con que unos u otros pensaran que mi mensaje iba contra sus siglas. Daba igual que nos guiaran nada más que principios y no ideologías, colores, siglas o logos. Hoy casi nos llaman "héroes" algunos que nos cerraron la puerta en las narices hace muy poco. "Etiqueta y vencerás". Pero en este caso, no vencieron ellos. Vencimos nosotros, aunque las máximas autoridades vinieron a colgarse la medalla de rigor, y tuvimos que ocultar nuestra vergüenza ajena. Y vencimos con pancartas, pero también con armas institucionales: una proposición no de ley que redactamos, y que fue aprobada por unanimidad por todos los partidos políticos en un debate inédito en el Parlamento. Mi amigo me dice que eso no es pupulista, sino "sociedad civil movilizada". Y que eso sí es bueno. Me da igual que a eso se le llame populista o mediopensionista. Era nuestro momento y lo aprovechamos. Y quizás a niveles más amplios pueda suceder algo parecido. Quien quiera perder el tiempo con etiquetas, que lo haga. Nosotros "a otra cosa, mariposa".
A juzgar por los numerosos comentarios en las redes sociales, mi reflexión televisiva sorprendió a muchos. Simplemente hablé de lo obvio: que los populismos no constituyen un contenido programático o político concreto; que hay populismos de todo color y pelaje, unos más defendibles y otros menos desde la perspectiva de los derechos humanos; que el populismo supone sobre todo un momento de malestar, de desafección y de manifestación de descontento de grandes capas de la población frente al "status quo", frente al "stablishment" y frente a unas instituciones que se supone que están para velar por nuestras intereses, y que sin embargo nos dan la espalda. Es lo que ha sucedido en Reino Unido con el Brexit, en Colombia con el "No" a los Acuerdos de Paz, en EEUU con Trump, y en decenas de otros lugares. Hay un descontento generalizado. Y en aguas revueltas, puede suceder de todo. Y está sucediendo de todo. Y no todo bueno, sin duda. Porque parece que tenemos que estrellarnos estrepitosamente para empezar de cero con mejor pie. En cada sitio, ese descontento se tiñe de formas políticas o programáticas distintas: xenofobia, radicalismo, ruptura, igualitarismo,... Y es ahí donde la ciudadanía tiene mucho que decir para que vaya en una u otra dirección. Pero sin duda, esos movimientos, sean del tipo que sean, generan desconcierto en los gobiernos, en las instituciones, en las élites, en los medios de comunicación y en las corporaciones que los sustentan, que ven tambalearse sus poltronas. Y es entonces cuando se descalifica esos brotes de descontento, y se les mete a todos en el mismo saco con calificativos como "demagógicos", "totalitarios" y "excluyentes", como un gran amigo me los describía hace unos días. Y es ahí cuando parece que ya no resulta tan bueno votar y que decidan las mayorías. O es ahí cuando parece que los pueblos se han vuelto locos y no se les puede poner una papeleta en las manos. Cuando todo sería tan sencillo como analizar los motivos de fondo de ese descontento y canalizarlo hacia políticas más inclusivas. Pero eso no "mola" tanto a los de arriba.En mi pequeñísima parcela, he vivido en los 3 últimos años mi pequeña experiencia populista. No creo que se pueda poner en el curriculum, pero he aprendido de ella mucho más que algunos cursos y asignaturas universitarias. Me tocó gestionar un momento de gran descontento en mi comarca ante el ninguneo institucional y político a unas demandas justas, necesarias y sin coste en materia educativa. Por supuesto, también me tildaron de demagogo, de absolutista y de excluyente. También de "sociata", "pepero", "comunista" y "podemita". Sí, todo a la vez. Bastaba con que unos u otros pensaran que mi mensaje iba contra sus siglas. Daba igual que nos guiaran nada más que principios y no ideologías, colores, siglas o logos. Hoy casi nos llaman "héroes" algunos que nos cerraron la puerta en las narices hace muy poco. "Etiqueta y vencerás". Pero en este caso, no vencieron ellos. Vencimos nosotros, aunque las máximas autoridades vinieron a colgarse la medalla de rigor, y tuvimos que ocultar nuestra vergüenza ajena. Y vencimos con pancartas, pero también con armas institucionales: una proposición no de ley que redactamos, y que fue aprobada por unanimidad por todos los partidos políticos en un debate inédito en el Parlamento. Mi amigo me dice que eso no es pupulista, sino "sociedad civil movilizada". Y que eso sí es bueno. Me da igual que a eso se le llame populista o mediopensionista. Era nuestro momento y lo aprovechamos. Y quizás a niveles más amplios pueda suceder algo parecido. Quien quiera perder el tiempo con etiquetas, que lo haga. Nosotros "a otra cosa, mariposa".
