Revista Opinión

¿Por qué hubo pacto?¿Por qué no fue predicho? Elementos para dos respuestas

Publicado el 11 enero 2016 por Polikracia @polikracia

Un texto que trata de recopilar y organizar los hechos que ayer condujeron a la investidura de Carles Puigdemont como nuevo President de la Generalitat, ha de reparar en que prácticamente todos lo que hablaron tras analizar la situación fallaron en sus pronósticos, que daban por seguros. Si estos errores en la predicción –que se suman a las quejas de muchos por la disparidad y los (discutibles) errores de predicción de algunos sondeos en las citas electorales más recientes-, no son explicados por métodos propios de la ciencia política, la disciplina quedará desprestigiada. Por eso, es necesario revisar las predicciones para justificarlas y comprenderlas, haciendo un ejercicio retroactivo de revisión del trabajo previo con el privilegio de que ahora sólo se puede “prever el pasado”. Esto es necesario para distinguir la ciencia política, pese a las limitaciones materiales de sus proyectos de investigación de la charlatanería menos metodológica. Una ciencia política que, por cierto, enseña a sus estudiantes en cualquier curso de Actores Políticos I que los avances en el estudio de las coaliciones poselectorales son limitados y existen múltiples y contradictorios modelos de predicción. Y, por otro lado, el tiempo en el mundo “posmoderno” se acelera hasta el punto de que algunos trabajos llevados a cabo de la manera más acertada, pueden fracasar al explicar la realidad política por limitaciones temporales y materiales. Ni tan sólo el mejor de los científicos es omnipotente.

Pasando ya a analizar los hechos, ayer fue investido President de la Generalitat Carles Puigdemont, con un programa de gobierno que se fija como objetivo prácticamente único crear una serie de instituciones para posibilitar la independencia de Cataluña en 18 meses. Tanto los decisores en la CUP como en JxS han llegado a un acuerdo que supone un escenario inaudito desde una perspectiva comparada, e impensable para muchos de los participantes en la política catalana hasta hace bien poco. Las declaraciones que se realizaron en el cruce de acusaciones de gran voltaje que ha tenido lugar en los últimos días entre los partidarios y algunas voces autorizadas de la CUP y de JxS lo prueban. Sin embargo, ha habido pacto. ¿Por qué?

En primer lugar, la CUP no es un actor típico ni equiparable a otros en política, y en su naturaleza puede radicar parte de la explicación. La CUP es un movimiento que bebe del espíritu de la construcción de contrapoder en la calle, que pasó a los Ayuntamientos y de ahí ha dado el salto al Parlament, si bien no ha terminado de abrazar con sus prácticas la lógica de la negociación parlamentaria –por lo que, como hemos comprobado, no prioriza, por ejemplo, la integridad de su grupo parlamentario. Aunque parezca endiablada, creo que es posible realizar una comparación entre la CUP y el SPD de las primeras décadas del Partido Socialdemócrata Alemán. Y, ese SPD, a todo politólogo y a toda politóloga le trae a la cabeza la Ley de Hierro de la Oligarquía. Robert Michels, 1876-1936, discípulo de Max Weber, explicó tomando el SPD como caso de estudio, que “tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría”. Michels nos explicaba que, pese a los intentos de democratización en un partido político, el poder no se distribuirá de manera alícuota entre sus militantes. La burocratización, el dilema entre representatividad y eficiencia y los liderazgos carismáticos actúan limitando el carácter democrático de los procesos de toma de decisión. La CUP ha optado decididamente por su asamblerialismo, evitando en la medida de lo posible la burocratización, y ha optado por la representatividad frente a la eficiencia, pero toda organización desarrolla alguna burocracia y alguna jerarquía, con lo que el papel de los liderazgos es clave. Algunos líderes, presentes o pretéritos, no han dudado en emplear su influencia por otros medios que la toma de la palabra en la asamblea. La jugada más sonada ha sido la “dimisión en falso” de Baños, pero no ha sido el único movimiento relevante. La manera de ejercer el poder de diversos líderes ha sido la amenaza, explícita o velada, de dimitir y poner en riesgo la unidad de la CUP si la decisión era una u otra. Me atrevo incluso a sugerir que la apuesta desmedida de la CUP por el asamblearismo frente a la eficiencia, está detrás de que la voluntad de que la opinión de la militancia recogida por la Asamblea no haya encontrado caminos institucionalizados o “burocratizados” más o menos ajenos a la injerencia de la cúpula. Como lección, la Ley de Hierro describe bien la realidad, y, en algunos contextos, actuar como si no existiese no favorece la democracia interna, sino que, paradójicamente, la reduce.

En segundo lugar, y pensando a partir de la dicotomía militancia/cúpula, cabe señalar otra característica de la CUP, que es la de no disponer de una élite con conocimiento del funcionamiento de la política parlamentaria. Si esto es complicado en una organización tan joven, su política de limitación de mandatos en un momento de legislaturas breves no hace sino terminar de garantizar que el grueso de los negociadores de la CUP- para los que algún convergente ha tenido agrias palabras dado sus extravagantes prácticas- no ha hecho gala del know-how necesario para lograr conducir exitosamente la negociación. Su obcecada insistencia iconoclasta dirigida contra la figura de Artur Más en vez de contra sus políticas sociales y económicas, así como su actitud frente a la corrupción; sumada a no haber tomado claramente la iniciativa por otro candidato de consenso; ha posibilitado la elección de otro convergente tan a la derecha como Mas, elegido personalmente por el ya “expresident” y, por si esto fuera poco, Puigdemont no tendrá otro punto en su agenda de gobierno que encaminar Cataluña hacia la independencia. Esto equivale a mantener los recortes de CIU que durante buena parte de la negociación Mas aceptó revertir parcialmente. Mención aparte merece la asunción de culpas y permitir a Mas anunciar el acuerdo en solitario, oportunidad que un político experimento no desaprovecho para mejorar los términos del mismo, construyendo una narrativa, según la cual, el pacto se hizo posible en el momento en que la CUP vio la luz y reconoció sus errores, cediendo casi a modo de reparaciones de guerra versallescas dos diputados (Alsacia y Lorena) a JxS y comprometiéndose a no hacer oposición en el único asunto en el que este gobierno pretende hacer política (con lo que desmilitarizaban Renania).

En segundo lugar, el análisis de CDC también explica por qué este pacto ha sido finalmente posible. Varios hechos explican el comportamiento de los convergentes. En primer lugar, CDC es el menos convencidamente independentista de los tres partidos que integran el bloque separatista. Es el que más tarde y con mayores reservas se sumó a la causa, el que tenía el electorado menos separatista de los tres y el que tenía apoyos –muchos de los cuales ha perdido- nada interesados en aventuras políticas que podían sumir a Cataluña en la incertidumbre y la inestabilidad. Esto se plasma en que una parte del partido no está interesado en sumarse incondicionalmente a la aventura independentista, sobre todo, si eso supone arriesgar el poder institucional que la formación atesora tradicionalmente (y que empujó al partido reposicionarse como independentista a medida que la opinión pública cambiaba) y no ceder en exceso ante las demandas izquierdistas de la CUP. En el momento en que la CUP se ha venido abajo como el ejército alemán en 1918, incapaz de mantener las líneas en el frente, lo que en una negociación como esta equivale a sostener las demandas en políticas y reparto de responsabilidades, la tensión en el seno de CDC se ha aliviado. En segundo lugar, el experimento natural de las Elecciones al Parlamento Europeo (2014) y las Elecciones Generales (2015) generaba suficientes incentivos a CDC para lograr un pacto que evitase unas elecciones en marzo en las que ERC (descartada la posibilidad de reeditar JxS) podría muy posiblemente no sólo superar a CDC, sino sumirla en una crisis que posibilitase una hegemonía republicana en el catalanismo durante años. En tercer lugar, el extraño proceso de negociación, si bien inicialmente demonizó a Mas entre algunos, ha terminado, al prolongarse de manera estéril por un tiempo, por hacer de él un mártir para otros. Un mártir que tenía a JxS a bloque tras él, un mártir que había “puesto las urnas” pero al que la CUP no quería. Mas también ha conseguido lo que se proponía en una situación (la negociación entre unos políticos experimentados y otros noveles e imprudentes): mantener poder con un dedazo, ganar tiempo para poder refundar su partido y recuperar prestigio para su figura, que todo un equipo de voceros se ocupara de presentar como “l’home que va saber fer un pas al costat al servei de Catalunya” frente a la arrogante CUP y, no como la CUP pretendía, como el heredero político del Pujol y el pujolismo, campeón de los recortes sociales en el Mediterráneo.

El último actor del pacto es ERC, y su actuación se explica de manera paralela por la trayectoria del partido y por su racionalidad “estática”. En primer lugar, si ERC no está tan preocupada por el poder institucional como CDC –su supervivencia y raison d’être no están en riesgo fuera del ecosistema de los despachos del Palau de la Generalitat-, no es porque sean más bonachones, ya que sí que está, como todo actor instrumentalmente racional, interesado en ocupar puestos de responsabilidad que le permita ejecutar políticas de acuerdo a sus criterios e intereses. Sin embargo, efectivamente, Esquerra no tiene esta prioridad, y si renunciar a mayores cuotas de poder institucional a corto plazo respetando el acuerdo de JxS le sirve para lograr otros objetivos, como mantener en el poder así y por tanto en el independentismo a CDC, tiene sentido que ERC actúe como ha actuado. En otras palabras, ERC mantiene viva la independencia unilateral (que es su objetivo en la cesta de policies) con Convergència al frente si así las posibilidades de éxito de una hoja de ruta que ERC secunda son sustancialmente mayores. Entre lograr ganancias relativas en la disputa por los flujos de votantes intra-bloque nacionalista, ERC ha preferido, con En Comú Podem en el retrovisor, congelar el resultado del 27-S para que el bloque independentista, que parece que ya llegó antes del 27-S al pico de apoyos que podía obtener a corto plazo, mantenga la cifra de un 48% de apoyo a sus candidaturas (que no necesariamente de apoyo a la independencia ni al proyecto concreto tal y como formulado) y 72 de los 135 escaños.

Presentando el análisis, se hace evidente que una serie de anomalías dificultaban y mucho tan sólo considerar el escenario en que hoy nos encontramos. La CUP se desmoronó rápidamente (por causas poco frecuentes pero que no escapan a una explicación politológica, de análisis de partidos concretamente). Esto llevó a CDC a poder lograr un acuerdo muy satisfactorio para el partido y su líder y ERC se enfrentaba a un dilema atípico entre sillones y políticas (policies) en un momento en que el apoyo del electorado es altamente volátil y los actores racionales muestran aversión al riesgo. El rápido desenvolvimiento de las acciones impidió al espectador más avispado y metódico contar con las observaciones necesarias, al mismo que unas observaciones “frescas” que permitían descartar este outcome se tornaron caducas en un lapso mínimo de tiempo.

¿Qué le espera a Cataluña? Como hemos comprobado, esta situación repleta de anomalías que dificulta la comparación con otros casos, la limitada información relevante disponible y el carácter efímero de las observaciones en una realidad cambiante e inestable, no nos permiten saberlo con seguridad. Sin embargo, sabemos que no todas las predicciones son iguales, y que aquellas que se avienen a sostenerse en explicaciones científicas y racionales son cualitativamente mejores, mal que no sean garantía jurada de prácticamente nada.


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