Ayer lo encontré, o me encontró, o salió de su escondite, más bien. No estoy segura ni juraría haberlo buscado. Quizá fue por eso, que recobró su confianza, y decidió aparecer debajo de mi cama, tímidamente. La alegría fue inmensa y así se lo hice saber, guardándolo con cuidado -no fuera que se volviera a marchar- junto a su gemelo.
No soy especialmente presumida, pero esta mañana decidí ponérmelo: un par de pendientes con una perla pequeña -indudablemente falsa, pero me gusta igual.
