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Premio Nobel de la Paz 2018: activismo entre laureles

Publicado el 14 diciembre 2018 por Enprimerafila
En los Premios Nobel de la Paz concedidos en los últimos años se alternan las personalidades reconocidas internacionalmente y el activismo que desde cierto anonimato lleva a cabo una denuncia silenciosa a veces en torno a algunas de las afrentas más crueles a la especie humana. Cierto es que en algunas ocasiones el comité que selecciona al premiado acaba cayendo en la red del populismo, como ocurrió con la polémica concesión a Barack Obama en 2009, pero algunas veces su trascendencia mediática puede servir para denunciar realidades atroces que se cometen en países desolados por la guerra. 

Es el caso de este año, con la concesión del Premio Nobel a la activista iraquí Nadia Murad y al ginecólogo congoleño Denis Mukwege, ambos unidos en la lucha contra la violencia sexual como arma de guerra. La primera, tras vivir veinte meses de esclavitud por los yihadistas y lograr huir de de las violaciones a las que fue sometida, vive ahora en Alemania pero continúa denunciando que la minoría yazidi, considerados herejes por los islamistas radicales, viene sufriendo una persecución atroz, especialmente en el caso de las mujeres, de las que ella misma denuncia que más de 3.000 permanecen desaparecidas. El segundo tuvo que huir de Lemera, en la República Democrática del Congo, tras vivir el asesinato de más de 35 pacientes en el hospital que dirigía, a manos de un grupo armado. Y finalmente se ha convertido en el ginecólogo que, junto a su equipo de médicos, ha atendido a más de 50.000 mujeres víctimas de la violencia sexual, cuyo trabajo fue reflejado el año pasado en el documental Congo, un médécin pour sauver les femmes (Angèle Diabang, 2017). En su discurso en el Ayuntamiento de Oslo, Denis Mukwege hacía referencia a los teléfonos móviles que portaban los asistentes, todos ellos necesitados del cobalto que en buena parte se extrae en las minas del Congo, y que en vez de producir riqueza para el país, ha provocado guerras y luchas por el poder. Noruega es un ejemplo de cómo la extracción de una fuente natural, en este caso, el petróleo, puede generar riqueza. Pero Noruega no es un país africano, donde la opresión provocada en buena parte por los propios países occidentales, genera pobreza en vez de riqueza. O al menos solo genera riqueza para unos pocos. Que el Premio Nobel de la Paz sea el único que se entrega por el Parlamento noruego tiene una explicación difusa. El instaurador de los premios, el científico sueco Alfred Nobel, inventor de la dinamita, decidió esta circunstancia en su testamento, y realmente nunca explicó por qué cinco de los premios se entregaban en Suecia y uno de ellos en Noruega. Ciertamente, en su época Suecia y Noruega estaban unidos, y era el Parlamento noruego el que se encargaba de la política interior, por lo que pudiera pensarse que estaría menos sujeto a influencias externas. En todo caso, desde 1901 el Nobel de la Paz se entrega en Oslo, habiendo tenido varias sedes a lo largo de los años, como la Universidad, pero actualmente tiene como escenario de la ceremonia el Ayuntamiento de la ciudad. Premio Nobel de la Paz 2018: activismo entre laurelesLa celebración de la entrega del Premio Nobel de la Paz se desarrolla durante cuatro días ,entre el 8 y el 11 de diciembre. Y se trata de una cita que de alguna manera quiere hacer partícipe a la ciudad, aunque realmente los actos centrales están exclusivamente abiertos a las autoridades y los medios de comunicación. El día 9 de diciembre, un día antes de la ceremonia de entrega, se celebra a las puertas del Ayuntamiento un concierto de bienvenida a los premiados, que está abierto a la participación de los ciudadanos, rodeado de grandes medidas de seguridad. Es un concierto de perfil local, protagonizado principalmente por destacados artistas noruegos que, como ocurre en muchas de las celebraciones que tienen lugar a lo largo del año, está adornado de cierto aire nacionalista. Es la primera vez que los galardonados con el Premio Nobel de la Paz hacen una aparición pública en la ciudad, y ciertamente a los protagonistas de este año se les veía algo abrumados por las circunstancias. Es en estos casos en los que precisamente el carácter fastuoso de los premios, con cierta tendencia a lo pomposo e institucional, choca directamente con las circunstancias vitales de los premiados. Desde el desierto de Sinjar (Irak) o las colinas que rodean al lago Kivu (Congo) hasta la protocolaria celebración del galardón en Oslo, el camino que han recorrido Nadia Murad y Denis Mukwege ha sido difícil. Premio Nobel de la Paz 2018: activismo entre laureles
Protocolaria es la ceremonia de entrega del Premio Nobel de La Paz en el Ayuntamiento de Oslo, con la presencia de la familia real noruega. El acto, entre discursos y algunos números musicales, que este año incluyeron la actuación de la cantante sueca Ane Brun, que interpretó el tema "Horizons" escrito por el norteamericano Dustin O'Halloran para la banda sonora de la película Puzzle (Marc Turtletaub, 2018), es una especie de encuentro pomposo que tiene como principal interés los discursos que desarrollan los premiados. Y en este caso ambos hicieron hincapié en la necesidad de establecer un protocolo real de denuncia de las atrocidades que se cometen en países como Iraq y Congo, en los que la utilización de las mujeres como objeto sexual es un hecho que difícilmente puede solaparse. Aunque ciertamente los esfuerzos que hace Naciones Unidas son tan inútiles como casi todo lo que proviene de una institución que funciona más sobre el papel que en la práctica. En el acto destacó, desde el punto de vista mediático, la presencia de la abogada y activista Amal Clooney, esposa del actor George Clooney, que ha sido en buena parte el principal apoyo internacional de Nadia Murad para su denuncia en contra del Daesh. Premio Nobel de la Paz 2018: activismo entre laureles

El mismo 10 de diciembre por la tarde se celebra en Estocolmo la entrega del resto de los seis Premios Nobel, que este año fueron concedidos a James P. Allison y Tasuku Honjo (Medicina), Arthur Ashkin, Gérard Mourou y Dona Strickland (Física), Frances Arnold y George P. Smith y Sir Gregory P. Winter (Química) y William D. Nordhaus y Paul Homer (Economía). El Premio Nobel de Literatura de este año ha sido pospuesto debido al escándalo de abusos sexuales protagonizado por el dramaturgo Jean-Claude Arnault, marido de la poetisa sueca Katarina Frostenson, que forma parte de la Academia de Suecia. Condenado a seis meses más de cárcel tras una apelación, el escándalo ha removido de tal manera los cimientos de la institución que finalmente ha provocado la suspensión del premio por este año. No deja de ser curioso que, mientras el Premio Nobel de La Paz pone su mirada sobre la triste realidad de la violencia sexual en países azotados por la guerra, también sea la salvaje violación sexual la que haya puesto en entredicho a una de las instituciones más prestigiosas de Occidente. 

En Oslo, el mismo día que se entrega el Premio Nobel de La Paz, tiene lugar por la tarde una concentración que recorre la calle principal, Karl Johanns Gate, hasta el Grand Hotel, donde se alojan los galardonados. Se denomina el Desfile de Antorchas, porque es un encuentro en el que los ciudadanos realizan este recorrido con antorchas encendidas, como homenaje al premiado o premiados de ese año, y se acaban concentrando a las puertas del Grand Hotel, a cuyo balcón se asoman los galardonados para saludar. Es un acto sencillo, pero especialmente emotivo.

De forma paralela a los actos de entrega del Premio Nobel de La Paz, el Nobel Peace Prize Forum, que organizan la Universidad y el Ayuntamiento de Oslo, celebra una serie de conferencias y paneles de discusión en torno a temas relevantes para la comunidad internacional. Este año, el Forum acogió la visita de uno de los premiados con el Nobel, el ex-vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore, activista contra el cambio climático, que recibió el Premio Nobel en 2007. No deja de ser curioso que se hable sobre las consecuencias del cambio climático en un país como Noruega, que aún vive de las extracciones de petróleo, siendo la quema de combustibles fósiles una de las mayores causantes de la destrucción de la capa de ozono. 

Noruega suele tener estos contrastes: mientras invierten y se vanaglorian de tener una amplia flota de coches eléctricos, siguen amparándose en el fallo positivo de los tribunales noruegos para continuar realizando perforaciones en el Mar de Barents, en pleno Círculo Polar Ártico, para las que el gobierno noruego concedió 10 licencias a compañías petrolíferas, lo que provocó una denuncia ante la justicia por parte de de Greenpeace. Pero a principios de 2018 los tribunales noruegos le dieron la razón al gobierno, así que Noruega puede seguir esquilmando las aguas del tan sensible Ártico para seguir sacando beneficio de una industria que se les está acabando. Ante esta circunstancia, por supuesto, ni Al Gore ni ninguno de los invitados al Nobel Peace Prize Forum, hicieron referencia alguna. Porque, ante todo, hay que ser educados con los anfitriones, aunque eso nos cueste el futuro del planeta. Son las contradicciones de la sociedad occidental. 


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