
Tengo la suerte de tener cerca mío muchas amigas embarazadas. La verdad, me emociona mucho verlas así, disfrutar de su situación, emocionarse al ver crecer sus barrigas, llorar de emoción con sus ecografías. Me encanta la maternidad, la propia y la ajena.
Algunas de estas mujeres son madres primerizas y otras están esperando su segundo o incluso tercer hijo. En todo los casos se vive un emoción sin igual, pero veo grandes diferencias en los sentimientos de unas y otras.
La ilusión de ver el positivo en el test por primera vez, de tocarse el vientre y "creerse" que hay vida en tu interior, la sorpresa y descubrir el miedo, ese miedo que ya no se va nunca, el miedo de la madre que quiere proteger a su cría por encima de todo. La primera vez que una se queda embarazada, que se siente madre, es especial, es una experiencia inigualable, es un auténtico despertar. Te sientes diferente, sabes que algo ha cambiado, te sientes distinta, más segura de ti misma, más guapa, una sonrisa asoma siempre en tu boca e incluso te dan ganas de gritar a los cuatro vientos tu felicidad, tu dicha, tu embarazo.
Muchas mujeres sienten que no saben qué deben hacer, se sienten incluso desvalidas o temerosas. Comienzan las dudas "¿sabré ser una buena madre?", "¿qué haré con mi trabajo?", "¿cómo nos organizaremos cuando nazca?", "¿le daré el pecho?".... todo son incertidumbres. Hasta las mujeres que más se han preparado (si es que eso puede hacerse) para la maternidad tienen miles de dudas y miedos cuando se han quedado embarazadas.
Una buena amiga, me ha dado la gran noticia de su embarazo. Una noticia que me ha hecho muy feliz, ya que es un embarazo fruto de un amor maravilloso. Me confesaba sus temores, y no la he dicho lo que debe o no debe hacer, mi "no-consejo" ha sido que permita a su lado primitivo salir, que sienta y siga sus instintos, que se aleje de consejos, de lo que se supone "debe" hacer y se deje guiar por esa mujer interior que hasta ahora estaba adormecida, es hora de que ELLA despierte y la enseñe. Sinceramente pienso que si todas nosotras nos sentáramos a escuchar nuestra parte más animal e instintiva viviríamos nuestro inicio de la maternidad de una manera más plena, más viva, más feliz.
Después tengo a esas amigas y mujeres conocidas que están experimentando de nuevo la dicha de la gestación. Mujeres que ya saben lo que deben esperar, que ya conocen su cuerpo, que ya han parido. Las hay muy seguras, muy valientes, sabiendo lo que den hacer, lo que pueden esperar. Y las hay con más miedo incluso que en el primer embarazo fruto de una mala experiencia. Pero en todas ellas veo una sabiduría diferente. Solo hace falta seguir escuchando a la mujer primitiva. Honestamente creo que en demasiadas ocasiones la hacemos callar, la escondemos y no la tenemos en cuenta. Ella es sabia, lleva con nosotras miles de generaciones, su poder es el conocimiento, el saber de millones de mujeres que parieron y fueron madres antes que nosotras. Es el saber colectivo, el poder de nuestro género. ¿No creéis que lo desaprovechamos?. Nos hemos vuelto tan sociales, tan predecibles, que nos olvidamos que en el fondo somos animales mamíferos y nos reproducimos como tales. Por mucho que rodeemos la maternidad de asepsia, de hospitales, de control, ser madre es una acto de amor, es un acto salvaje y hermoso que merece la pena ser vivido por todas nosotras.
Y en estas madres secundíparas veo dudas similares también. Una de las que más se repiten es "¿querré a este hijo como al primero?". Cuando una es madre por primera vez, cuando despierta a la maternidad, el amor que se siente por ese hijo es inigualable, y realmente pensamos que debe ser imposible querer a otro ser tanto como a ese primer hijo. Yo no tengo experiencia en esto, pero por mi observación, creo que no hay nada que temer. Con el primer hijo tienes tanto tiempo para contemplar tu barriga, sentarte y sentirle moverse, se crea un hermoso vínculo desde muy temprano pues tienes tiempo para hablar con él, escucharle, observar cómo se mueve, como reacciona a ciertos estímulos. Nos imaginamos cómo será, a quién se parecerá, cómo será cuando le tengamos en brazos....
Con el segundo no tienes tiempo para nada. Aparte de todo lo que antes tenías, trabajo fuera y dentro de casa, ocupaciones varias,...., tienes un pequeño que reclama toda tu atención y casi todo tu tiempo. No tienes casi ni un minuto para prestar atención a ese ser que crece dentro de ti. Al final del día te tumbas, agotada y le dedicas un rato, pero siempre mucho menos que al primero. El vínculo se crea más tarde o muchas veces no es tan intenso. El tiempo es un tesoro. Ahora ya no imaginas a quién se parecerá, o como será, pues ya tienes un referente, el primer hijo.
Pero a pesar de todo, cuando pares a tu bebé, la explosión, la magia vuelve a producirse, la oxitocina te invade y en consecuencia el amor también.
Convertirse en madre es una experiencia maravillosa, disfrutadla.
