Revista Cine

Prince of the City - 1981

Publicado el 12 mayo 2014 por Jimmy Fdz
Prince of the City - 1981
Director: Sidney Lumet
  Cuando tienes 160 minutos para ver una película de un director de la talla de Sidney Lumet, entonces tienes que verla, aprovechar esos minutos a todas luces valiosos. Digo, no siempre se tienen casi tres horas para ver una película, menos durante la semana, y menos durante estas fechas del año. Así que así es la cosa, pospongo sin chistar en lo más mínimo el visionado de Gomorra, y me voy directo a ver este crudo drama policial de principios de los ochenta que durante su metraje entero nos ofrece un poderoso y sobrecogedor retrato de la pesadilla que un detective de policía tiene que enfrentar al intentar hacer lo correcto.  Vamos con esta -otra- joya de Lumet.
  Daniel Ciello es un detective de policía que pertenece a una unidad especial de narcóticos. Si bien él y sus compañeros son buenos policías, es también cierto que tienen algo de corruptos, haciendo artimañas para ganar unos cuantos dólares más para tener una mejor calidad de vida. Luego de un pequeño incidente familiar, Ciello comienza a cuestionarse las prácticas en las que ha incurrido, y si puede redimirse, en cierta forma, de sus faltas. Estas reflexiones son el comienzo de una nueva etapa en la cual Ciello inicia una especie de cruzada contra la corrupción. Una cruzada nada fácil y que encontrará peligrosos detractores en cada lado de la ley.
Prince of the City - 1981Prince of the City - 1981
  "Oh, sí conozco la ley... pero la ley no conoce la calle"
Prince of the City - 1981Prince of the City - 1981
 Al igual que como casi todos los policiales estadounidenses que salieron en los setenta y buena parte de los ochenta -su primera mitad, para ser un poco más exactos-, Prince of the city está basado en hechos reales. Y no es de extrañar que toda la historia efectivamente haya sucedido, puesto que Estados Unidos es, sino la mayor, de las mayores fuentes de escándalos de corrupción, políticos y policiales. Es pan de cada día, como si fuera necesaria su sola existencia para que todo funcione. De todas formas, hay casos reales y casos reales: están los que son más heroicos -como The French Connection-, y los infames y vergonzosos como este, que halla, sin embargo, heroísmo y su buena redención en el comportamiento del protagonista. En cualquier caso, no deja de haber una cierta mirada reprobatoria al sistema y la ciudad, retratada con frecuencia como un lugar oscuro, peligroso y repugnante. Ya sea una lamentable historia de corrupción, o una más alegre de capturas de traficantes, la ciudad y el sistema lucen como un conjunto, una entidad decadente y francamente injusta. No es la tierra de las oportunidades, sino más bien el lugar donde se materializan las decepciones, a base de todo lo contrario de aquello que se supone debe hacer la vida en USA un paraíso terrenal. En resumidas cuentas, la vida -al menos en la ciudad de New York- no es el famoso sueño americano, es su antítesis.  Y aunque en primera instancia Prince of the City parezca ser una crítica o denuncia del fracaso del sueño americano -cosa que sí es, en menor medida que el tema principal-, para Lumet el tema de la historia no se centra en la decepción que las instituciones provocan en la gente, o la crisis de los valores eminentemente estadounidenses; para Lumet, la historia se centra en su protagonista, el detective Ciello, aquel que quiere reivindicarse de todas las faltas que le carcomen por dentro. Claro, hay decepción del sueño, hay crisis de los valores y principios, pero el tema de Lumet no es el sistema, no es el sueño roto, es tan sólo la vida de un individuo que se las tiene que arreglar como puede. Es supervivencia.  Estamos ante un relato mucho más complejo que determinar si el sistema funciona o no. Lumet se sumerge en terrenos más profundos de la sociedad, y más aún, del individuo.  Para dejarlo más claro, más que una guerra entre el bien -la ley- y el mal -la corrupción y el crimen-, vemos la guerra interna  de un sujeto: una guerra entre lo correcto e incorrecto -conceptos ambivalentes, subjetivos, y por lo mismo, siempre incapaces de determinar con certeza-.
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  Prince of the City se erige entonces como un crudo retrato de la guerra interna de un detective de policía corrupto pero arrepentido de sus actos, y que debido a ello inicia una guerra más formal en contra de la corrupción dentro de la policía y el sistema de justicia. Lo primero subyace a lo segundo, pero lo genial es que ambos focos son igualmente apasionantes y están siempre en perfecta sintonía. No obstante, hay también un tercer eje que se ubica justo en medio de ambas guerras: las lealtades, otro tipo de valores morales; en la mayoría de los casos, más fuertes y arraigados que la moral propia o social ¿Cuál protejo más? ¿Mi moral, la del sistema, o la que surgió entre yo y mis compañeros? Difícil decisión; y para peor, todas ellas, en definitiva, se llevan a cabo en la mente del protagonista, el sufrido detective Ciello. Nadie en todo el filme sufre como él lo hace. De verdad es la historia de una víctima.  Y de hecho lo es, porque de verdad no es un mal tipo. Puede que como policía haya cometido actos dudosos y reprobables, pero en el fondo no lo hace de codicia, sino para sobrevivir él y su familia. Aunque la ley diga lo contrario, sus actos y decisiones revelan que es una buena persona. Es de aquellos que salen a las calles a mantener el crimen a un nivel lo menos dañino posible, pero que para eso tiene que jugar según las reglas del juego -reglas en constante cambio-. Por ejemplo, y relacionado a la cita en rosado que puse más arriba, Ciello suele regalar un poco de droga a los adictos que él tiene como informantes, porque de otra manera no recibiría información alguna; además, esa droga les ayuda a sobrellevar un poco mejor la vida, según Ciello, lo que en cierta forma es otra forma de ayudar. Como sea, regalar droga -en cantidades de consumo sólo personal, y no para tráfico- se hace necesario para poder hacer arrestos importantes. Pero para la ley, que Ciello regale aunque sea un gramo de heroína significa ser traficante. Incurre en un delito. Entonces, ¿cómo se debe hacer lo correcto, lo que la ley se supone protege, si es que las únicas formas efectivas son penadas por esa misma ley? Por eso Ciello dice que la ley no conoce la calle, porque para hacerla valer -a grandes rasgos, no en sus puntos más específicos y discutibles-, hay que romperla. Así es el juego.  Claro que todavía sigo en la superficie donde el "bien" se enfrenta al "mal" de manera un poco más "simple". La guerra interior que libra Ciello es difícil de describir, sin duda alguna. Y la forma en que se retrata dicha lucha es fantástica. Lumet como director es un genio. Logra introducir hábilmente -con la habilidad de un director que domina su arte como él- cada punto de vista, lo bueno y lo malo de cada actividad, de cada posición, de cada idea. El panorama se arma de a poco, siempre desde la posición de Ciello, pero con multitud de miradas; no se puede decir que este filme sea parcial y llevado a sus ideas. No obstante, sutilmente, Ciello es la estrella, la víctima, quien tiene el discurso y la mentalidad más aceptable y empática.
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  Y es que, sin duda, lo mejor de la película es el personaje de Ciello. Genialmente actuado por Treat Williams. Sus conflictos internos y externos son fuentes de tremendo sufrimiento, en un tortuoso camino donde el dolor, la violencia y la injusticia son lamentablemente comunes. Si no fuera por este personaje exquisitamente construido y desarrollado, el filme habría perdido su pilar central, eje fundamental del gran conflicto que trasciende incluso los límites de la película.  Por desgracia para Ciello, la encrucijada en la que él mismo se mete es mucho más compleja de lo que pensaba, generando una dicotomía entre lo personal y lo abstracto, entre las personas que son sus amigos -con defectos y todo- y el sistema aparentemente perfecto -igualmente con defectos- que tiene que proteger.  Y no me puedo quedar sólo con Ciello, porque todos los demás personajes, que no son pocos, presentan una construcción elaborada y profunda. Nada de clichés y lugares comunes. Acá tenemos seres humanos, señoras y señores.  Pero quiero terminar este párrafo con Ciello, porque es el epítome de la persona arrepentida y atormentada por culpas que busca la redención. Treat Williams realiza una labor titánica interpretando a Ciello, y su buen hacer hace que esta película valga al menos diez veces más.
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  Desde luego, Prince of the City está escrita y dirigida de manera sensacional. El pulso narrativo que tiene Lumet es admirable y magistral; todo un maestro a la hora de hacer películas. Se nota de inmediato que el tipo sabe hacer películas, que nació para eso. A pesar de lo extenso del metraje, el filme se pasa volando, y en ningún momento el visionado se hace pesado ni aletargado. Desde que comenzamos hasta que terminamos estamos pendientes y expectantes de las vicisitudes del detective protagonista. Súmese a ello momentos que hacen que se te pongan los pelos de punta, que no esconden el hecho de que el escenario es una jungla donde todo lo malo que puede pasar, pasa. En todo momento hay algo en juego que nos mantiene en suspenso -no ese suspenso de terror, sino unos más fuerte que es aquel que amenaza con quitarte todo- ante lo que pueda suceder posteriormente. Además, como conjunto es perfecto, ya que dentro de todo encontramos secuencias de acción pura, brillantes discusiones y monólogos sobre variedad de temas -relacionados con la ley, con la vida-, momentos de misterio genuinamente infartantes, escenas de potente drama, momentos hilarantes, instantes de quietud, etc. El filme en cuestión es completo y sólido, a mis ojos sin fisura alguna.
  Vale la pena destacar la íntima banda sonora, que se deja escuchar en no muchas ocasiones; para ser exactos -y si mal no recuerdo-, esa tranquilizadora pieza de jazz se escucha en los momentos más personales de Ciello, cuando las cosas parecen ir de mal en peor. El fondo musical es ideal. Genera una cercanía apropiada con el protagonista, como si a través de esas melodías sintiésemos exactamente aquello que Ciello siente. Repito, ideal.  Además, me gustaría mencionar los suaves, finos y casi imperceptibles movimientos de cámara que Lumet utiliza; veremos continuamente planos generales que, en un parpadeo, se vuelven primeros planos. Uno sabe que la cámara se va acercando, pero el movimiento es tan suave que uno no lo nota, y en cambio se preocupa más de lo que se dice; lo interesante es que dicho acercamiento de cámara tiene que ver con lo que se dice, haciendo que mientras más cerca, más crucial e importante es el valor del diálogo en cuestión. Nótese también los primeros planos de Ciello, o las composiciones de los abogados. Hay interesantes juegos visuales que se potencian a través del montaje. Pero mejor no me extiendo en esto, no es necesario describir todos los mecanismos cinematográficos desplegados.  En fin, detalles que demuestran el gran oficio de Lumet para dirigir.
  Lo que hace que Prince of the City sea una película memorable, es su descripción y retrato de los corruptos, que, al menos los de mayor importancia en la película, son buenos tipos, hablando a grandes rasgos. No todo se reduce a taxativas etiquetas de "bien" o "mal".  Una inefable sensación me producía ver aquellas escenas en las que Ciello pasaba tiempo con sus compañeros corruptos; por una parte, Ciello ya estaba dispuesto a llevar a cabo su cruzada -sin la intención de hacer caer a sus amigos-, pero el hecho de ser querido por estos "tipos malos" le generan una contradicción indescriptible. "¿Soy mejor que ellos por querer dejar de ser corrupto? ¿Son malos tipos por quitarle un poco de dinero a criminales, para usarlos en sus familias?" Para peor, la atmósfera del momento es cruel, porque hay un ambiente de amistad que llega a doler, sabiendo que Ciello está decidido a acabar con la corrupción. Hay un instante en el que Ciello dice "xxxx se preocupa por mi más que ustedes (los agentes que ayudan a Ciello), y yo lo voy a entregar". Las cosas no son tan simples ni fáciles de juzgar, los implicados son humanos, y decidir entre el calor de la amistad de compañeros corruptos, o la fría indiferencia de un sistema traidor e impersonal probablemente sea una de las batallas más grandes que las personas tienen que librar. Y como dice la sabiduría popular, en las batallas -o guerras- nunca hay ganadores... decisiones como esta no tienen soluciones correctas o incorrectas. Pero de alguna forma hay que hacer las cosas, sí o sí.  El mundo, la ciudad, son lugares duros y crueles. Y Lumet lo lleva a la pantalla a la perfección. Recomendable totalmente.
Grande Lumet.
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