Revista Opinión

Proceso catalán: Tras el 20-D, miedo a las urnas

Publicado el 15 enero 2016 por Polikracia @polikracia

La rocambolesca política catalana ha hecho su último acto de aparición (hasta la fecha), esta vez el telón de fondo ha sido el proceso de negociaciones para el acuerdo de investidura del nuevo presidente de la Generalitat (el plazo finalizaba el domingo 10 de enero por la noche). Finalmente ya tenemos, in extremis, nuevo presidente para liderar el ejecutivo catalán. Líder que deberá comandar esta huida hacia delante, en la que se ha convertido el proceso secesionista después de los resultados del 27-S. Artur Mas, tras 3 meses y medio negando la mayor, ha dado un paso al lado, para catapultar a la presidencia al alcalde de Girona y presidente de la AMI, Carles Puigdemont (CDC). Este ha sido el mal menor al que ha debido hacer frente el hasta ahora “president”.

Muchos férreos independentistas, han tildado esta actuación como una señal ineludible del inmenso amor (y desinteresado) hacia Cataluña del “president”, y uno de los mayores ejemplos de responsabilidad política vistos hasta la fecha. Artur Mas ha pasado de ser el líder del pueblo, al mártir catalán. Realmente la ecuación planteada durante la última semana de negociación, después de las reiteradas negativas de la CUP a investirlo, dejaban muy pocas opciones para los intereses de CDC. Unas nuevas elecciones hubiesen supuesto un auténtico varapalo para los convergentes (independientemente de las siglas utilizadas). Así que Artur Mas se encontraba ante la disyuntiva de escoger entre una salida con todos los honores y con tintes históricos, elevándose a mártir del pueblo, o ser el líder de la tercera o cuarta fuerza de Cataluña en tan solo unos meses. Apartarse es doloroso, pero la expectativa de una derrota electoral, aún más.

El temor a afrontar unos nuevos comicios ha sido el leitmotiv durante los últimos días antes del vencimiento del plazo. Presión que ha impulsado a las fuerzas soberanistas a pactar bajo unos términos que no esperaban en un principio. La posible convocatoria ha sido vista como un obstáculo demasiado grande para el proceso. Por lo tanto, era necesario aceptar y realizar concesiones. Resulta paradójico que los autodenominados embajadores de la democracia (abanderados del “volem votar”), se hayan asustado tanto ante la posibilidad de volver a emprender un proceso electivo para escuchar, de nuevo, la voluntad popular. Aceptando desprenderse de su alumno más mediático, Artur Mas, para evitarlo.

Los resultados del 20-D en Cataluña, han sido el desencadenante, la última señal que ha evidenciado la pérdida de “músculo” del proceso. Se intuye que la sociedad catalana empieza a mostrar un cierto grado de desafección y hastío hacía el eterno debate nacional/identitário, llegando a priorizar y a anteponer el eje social. Ha sido en estas elecciones generales, donde la formación “satélite” de Podemos, En Comú Podem, ha obtenido la victoria en escaños y en votos. Hecho que ha significado que por primera vez desde 2009 (elecciones europeas), una fuerza no independentista se ha alzado con la victoria en Cataluña. Cabe incidir en la pronunciada holgura de los resultados cosechados por la formación de Ada Colau, liderada por Xavier Domènech en las generales, logrando casi un millón de votos (927.940), más de 320.000 papeletas de diferencia con ERC (599.289). Y CDC por su parte, siguió con su vía crucis personal, perdiendo la mitad de los escaños (8) y quedándose en poco más de medio millón de votos.

Es por todo esto, que se pude constatar que estos resultados han sido un claro aviso para los propulsores de la hoja de ruta hacia la independencia, alertándolos, una vez más, de que sus postulados cada vez tienen menos adeptos (el 60% de los catalanes rechaza el texto de “desconexión” que se aprobó en la cámara el 9-N del 2015, según una encuesta de La Vanguardia). Abrazar la vía unilateral como método para conseguir la independencia, resulta poco coherente y muy precipitado. Y más basándose en la errónea justificación, a partir de la interpretación tergiversada de los resultados del 27-S, de haber ganado el hipotético “plebiscito” con un 48% de los votos a favor y un 52% en contra. Escudándose en la repartición desproporcional de los escaños, dejando entrever, realmente, el escaso valor que le quieren dar al resultado de las urnas.

El desgaste del proceso es evidente y ya no solo en la base social que lo respalda. Las más que notables diferencias ideológicas latentes entre todos los actores que lo conforman, que habían sido tapadas hasta la fecha en pos del bien mayor, han aparecido y el fuego amigo ya ha empezado a acontecer. Como resultado de estos enfrentamientos internos, la CUP ha sido obligada “autoflagelarse”. Su predisposición a mantenerse firme en sus ideales, defendidos durante la campaña electoral, de no investir a Mas ni a CDC (máximos representantes, a su parecer, del capitalismo, los recortes y la austeridad), ha originado que toda la fuerza mediática, política y social pro independentista se concentrase en acosar a esta formación, llegando a tildarlos de traidores e insolidarios a la causa común.

Finalmente la CUP se deshinchó, hincó la rodilla y aceptó que no podía seguir defendiendo su postura. El miedo a desaparecer y a ser relegados a la marginalidad, ya no solo política, sino que también social, les hizo ceder en sus pretensiones. CDC se transformó en un solo hombre y su cesión fue suficiente para aceptar que este partido siguiese perpetuándose en el poder de Cataluña, algo realmente poco revolucionario y antisistema. Pero no solo ocurrió eso, a cambio de la marcha del “president”, la formación radical debía hacer algún sacrificio más (“una cabeza israelí vale por diez palestinas”, frase que se utilizó durante las negociaciones) y así fue. La estabilidad parlamentaria ha sido la escusa perfecta para llevar a cabo el escarnio público de la CUP y asegurarse que se “corregía el mandato de las urnas”, haciendo que el grupo radical se volviese más dócil, evitando que se interpusiese otra vez en los deseos de la corriente única de defensa de la independencia.

Como resultado de todo esto, el Parlamento de Cataluña sigue bloqueado por las aspiraciones independentistas del tripartito regente. Pero este tripartito solo representa al 48% de los catalanes, el otro 52% queda fuera de la arena política, queda fuera de las preocupaciones del “Govern”, por lo tanto, a ojos del ejecutivo no son catalanes de primera, no merecen ser escuchados. La voluntad del pueblo que tanto han defendido solo era un espejismo, un concepto vació para escudarse en valores claramente sobrepasados en aras del fin único. Ahora han perdido esa posición hegemónica en pos de Podemos, su radicalización (adoptando la DUI encubierta) ha provocado que la formación morada les haya cogido el relevo y abandera ahora el derecho a decidir, un derecho tan profundo como superfluo. Como consecuencia de este cambio de tornas, el proceso secesionista esta perdiendo fuelle y adeptos.

Su última carta es dejarlo todo en manos del tiempo. Seguir con el plan propuesto y esperar los 18 meses establecidos como límite para declarar la independencia y conformar el nuevo parlamento de la República de Cataluña a partir de unas elecciones constituyentes y la aprobación de la Constitución catalana. Con el objetivo de ganar tiempo y que durante ese periodo, el Gobierno de España siga actuando tan torpemente como hasta ahora y responda a las provocaciones que van a ir sucediéndose desde la Plaça Sant Jaume y el “Parlament”. Siguiendo con esta estrategia de provocación sistemática, con el único fin de poner el cebo al ejecutivo central y que sus respuestas a tales actos aviven la llama del proceso.

Por lo pronto los ciudadanos de Cataluña seguiremos observando atónitos la sucesión de actos históricos y discursos épicos, ejemplos de la comunicación grandilocuente y meramente simbólica en la que parece instalada la política catalana. Queda patente pues, que los adalides del pueblo, seguirán dejando de lado a la mayor parte del mismo.


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