Revista Educación

Pronto es demasiado tarde

Por Siempreenmedio @Siempreblog
Pronto es demasiado tarde

Algunos años atrás, cuando José María Aznar aún preconizaba que el cambio climático era un rollo de los izquierdistas más radicales y que la razón de tan grande alboroto no era otra sino llevar la contraria a las políticas de desarrollo mundial, empezó a preocuparse por algunas manifestaciones ambientales. Parecía una cosa de locos, aunque el fenómeno, desde bien entrados los años 2000 ya estaba en boca de todos. Pero sólo en eso, en la boca. La opinión pública ya hablaba de cambios -no teóricos, sino reales- en las actitudes de los animales e incluso de algunas plantas: cosechas que se adelantaban o atrasaban, aves que no llegaban nunca en sus migraciones porque ya se encontraban cómodas en un norte más cálido, incluso florecimientos fuera de fecha, mareas rojas, manchas de algas apestosas... Los pájaros, sobre todo, iban y venían sin rumbo ni calendario. La gente decía qué cosa más rara, pero, curiosamente, y pese a escuchar por activa y por pasiva en los noticiarios que esto cada vez iba a peor, no terminaban por hacer suyas las medidas correctoras.

Seguíamos (nosotros, la gente) generando residuos a diestro y siniestro, tirando cosas de plástico al mar, usando el vehículo y su tubo contaminante de manera indiscriminada y abusiva, dejando la luz encendida, colillas por la ventanilla del coche, toallitas por el vater, compra vasos de tirar para la chuletada, etcétera etcétera. Porque, según él mismo había visto y comprobado, la opinión pública no terminaba de hacer suyo el problema del calentamiento global, sino que lo achacaba, como siempre y como en otros órdenes de la vida, a entidades superiores en maniobra: es decir, a las empresas, a los gobiernos, incluso a dios.

Y resulta que en esta preocupación vivíamos en este primer mundo de mierda, de basura, de gases tóxicos y de vertidos, con el enfado puesto en el alcalde, en el presidente del cabildo, de la comunidad o del gobierno. Arrugándonos cuando veíamos las noticias en la tele y maldiciendo porque había llegado ya la mitad de noviembre y no caía ni una gota, o porque los vencejos habían abandonado la ciudad.

Pero la culpa, como no, no era nunca nuestra. La culpa de todo esto era de Trump, de Rajoy y su primo biólogo, o de Maduro, o del presidente de Corea, o de quien fuera. Pero nuestra por supuesto que no, pensábamos mientras llenábamos la cesta de la compra de latas no reutilizables, de plásticos de un solo uso, o de productos llenos de aceite de palma. Al final, pensábamos, "es lo que me obligan a comprar, yo no soy responsable, no puedo hacer otra cosa".

Y nos íbamos a casa, tranquilos, porque, pese a que este Planeta se va al carajo, eso no será hoy, igual mañana. Pero la cosa es que alguien ya lo dijo con mayor claridad que todos los que nos hemos parado a pensar en este asunto: Pronto es demasiado tarde.


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