Revista Opinión

Protocolo anticontaminación

Publicado el 09 noviembre 2016 por Javier Jiménez @JavierJimenz

humo

Desde que Manuela Carmena y su equipo de expertos medioambientales han decidido que nos podemos quitar la mascarilla estamos todos mucho más tranquilos. Y no es porque andemos preocupados por la calidad del aire que respiramos, ni mucho menos. Lo que nos acongoja es que las medidas de prevención que baraja el consistorio capitalino podrían dejar a la mitad del parque móvil en casa, día sí día no, según sus matrículas sean pares o impares. Eso además sin explicar si esto se decide por el último dígito de la placa, o si es el resultante de la suma de los cuatro dígitos lo que indica que día dejas el ‘buga’ en el garaje… algo que puede acabar con las esperanzas de esos que se están frotando las manos porque tiene dos coches: uno par y otro impar.

Si les digo la verdad, con el uso que le doy yo a mi automóvil eso es algo que me resulta absolutamente indiferente. Es más, hasta le puedo encontrar beneficios a la medida. De lo que no estoy tan seguro es de los daños colaterales que pueda causar. ¿Se ha parado a pensar el Ayuntamiento si el transporte público está preparado para semejante contingencia? Si todas esas personas que desahogan el metro y el autobús a fuerza de viajar en sus utilitarios de repente se suman a las ya pobladas marquesinas, ¿estaría la flota municipal preparada para ello? Además, habría que valorar el impacto económico en las empresas producido por todos esos que llegarán tarde a trabajar; o cuántos escolares se quedarán esos días sin clase.  Si hay padres que conducen a sus hijos a la huelga por el mero hecho de que les ponen deberes, porque no iban a disculpar su asistencia a clase el día en que no disponen de transporte propio para acercarles a la escuela.

Por cierto que vaya papeleta que se le presenta al renovado ministro del ramo. Ahora que Miguel Cardenal ha decidido rebajarle las preocupaciones dejando vacante su cargo al frente del Consejo Superior de Deportes, se encuentra con que tiene a los padres cabreados por las tareas y a los alumnos porque tener que demostrar que el tiempo que han pasado en el colegio ha servido para algo más que echar la mañana. Porque encima es eso, a los 12 años a los muchachos se libera de las clases vespertinas en el Instituto y se les deja a su libre albedrío mientras que a sus progenitores se les pone entre la espada y la pared por culpa de una agenda escolar que deja a sus chavales desocupados. Que digo yo que esto tendrá algún criterio. Es más, estoy seguro de ello pero, hasta la fecha, el éxito académico no se ha incrementado y lo único que tenemos son adolescentes solos durante demasiadas horas y en riesgo de incrementar las estadísticas de niños que beben.  Y que beben mucho. Y que se mueren…

Dicho esto, no crean que quiero criminalizar a las criaturas por tener doce año como seguro que me reprochará Pablo Echenique que todo lo disculpa por ser joven. Ni mucho menos. Pero tengo la sensación de que la falta de valores, familiares y educativos nos está llevando al todo vale, y lo vemos cada día. En forma de ‘tuit’ o de pelotazo inmobiliario, lo hijos de la permisibilidad se nos están yendo de las manos. Siempre hay a quien echarle la culpa y a lo mejor hasta los seguidores del partido Demócrata encuentran en Miquel Iceta al culpable de la derrota de Hillary Clinton en las urnas. Ojalá, pensará la todavía secretaria de Estado, que al bailongo líder de los socialistas catalanes hubiera adornado la prudencia que mostró José Blanco, que prefirió no dar su apoyo a Obama para no interferir en el resultado de las elecciones de 2005, pero como eso ya no tiene remedio, Clinton anda desaparecida tras un batacazo electoral que ha conducido a las bolsas a entrar en shock, aunque sea por unas horas.

Mientras, me voy aplicando mi propio protocolo anticontaminación y me tapo la nariz. Con Putin a un lado del mundo y Trump al otro, por aquí en medio empieza a oler bastante mal.


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