por Juan María Solare
La expresión milonga de concierto no pertenece al vocabulario tradicional del género. Sin embargo, resulta útil para describir un tipo particular de obra: una milonga concebida principalmente para la escucha atenta en una sala de conciertos, más que para acompañar el baile.
De la danza a la sala de conciertos
La idea no es nueva. La historia de la música está llena de géneros populares o funcionales que, en determinado momento, pasaron también al ámbito del concierto. Existen valses de concierto (Chopin), estudios de concierto (Liszt), rapsodias de concierto (Brahms) e incluso tangos de concierto. En todos esos casos, la música conserva rasgos esenciales de su género de origen, pero adquiere una mayor autonomía artística y deja de estar subordinada a una función práctica inmediata.
Antecedentes argentinos
La idea de una milonga de concierto encuentra antecedentes en la tradición de obras inspiradas en el tango cultivada por diversos compositores argentinos desde comienzos del siglo XX. Piezas pianísticas de Alberto Williams, Julián Aguirre, Carlos López Buchardo o Pedro Sáenz (todos ellos provenientes de la música académica antes que del tango de salón) trasladaron elementos del tango al ámbito de la música de concierto.
Desde una perspectiva diferente, pueden mencionarse también las milongas de Carlos Guastavino. Vinculadas más estrechamente a la tradición criolla que al tango urbano, estas obras muestran cómo un género de raíz popular puede desarrollarse dentro de un lenguaje de concierto sin perder su identidad original.
Más recientemente, esta línea estética ha continuado por caminos muy diversos, a veces cercanos al neoclasicismo, otras veces a la experimentación, en compositores como Horacio López de la Rosa, Julio César García Cánepa, Luis Mihovilcevic, Gabriel Senanes y quien esto escribe, Juan María Solare.
Libertad musical y origen bailable
Podríamos definir una milonga de concierto como una milonga concebida para la escucha profunda, que preserva la identidad rítmica y el espíritu expresivo propios del género, pero en la que ritmo, melodía, textura y forma pueden desarrollarse con una libertad que excede las necesidades de la danza, sin dejar de denotar su origen bailable. Frecuentemente (aunque no necesariamente) sus autores poseen una sólida formación en la tradición de la música académica.
Esto no significa que una milonga de concierto deba ser compleja o virtuosa. Tampoco implica que renuncie a sus raíces populares. Es una milonga que gana autonomía sin romper con su genealogía. La diferencia principal radica en el foco de atención. Mientras que una milonga destinada al baile debe mantener un vínculo constante con el movimiento corporal y con las necesidades de la danza, una milonga de concierto puede apartarse de esa función y desarrollarse prioritariamente según la lógica musical, permitiéndose mayores libertades formales, armónicas, agógicas o expresivas.
Milongas de concierto en mi propia obra
En mi propia producción pianística, varias obras podrían ubicarse dentro de esta categoría. Entradora, Trayectoria y Liberadora, reunidas en el Tríptico milonguero, son tres ejemplos representativos. Las tres conservan elementos característicos de la milonga rioplatense, pero están concebidas como piezas de concierto para piano solo.
Cada una explora una faceta diferente del género. Entradora se caracteriza por su energía afirmativa y directa. Trayectoria desarrolla una idea singular: toda la obra está construida sobre un único acorde básico, desplazando el interés hacia el ritmo, la textura y el discurso melódico. Liberadora, por su parte, busca una expansión expresiva que trasciende cualquier función utilitaria.
Además de estas tres obras, mis Milongas circenses (Ecuyere, Trapecista y Equilibrista) también pertenecen a esta familia de milongas de concierto; todas ellas viven de un impulso ágil y brillante. En conjunto, estas seis piezas representan el sector más extrovertido y dinámico de mi producción milonguera. Complementariamente, otras milongas de mi catálogo se orientan hacia una expresión más lenta y contemplativa, casi rural, como Reencuentro, Milonga Nunca Más y otras.
A lo largo de varias décadas, he compuesto además numerosas milongas de cámara (Sale con fritas, A fondo, Pensierosa), destinadas a formaciones muy diversas, pero eso será tema de otro escrito.
Una familia de posibilidades
La milonga de concierto no es un estilo único, sino una familia de posibilidades. Esta denominación, que en el fondo no quiere ser más que una herramienta de clasificación, no pretende sustituir a la milonga tradicional ni presentarse como una versión «superior» de ella. Más bien constituye una de las múltiples posibilidades de desarrollo que ofrece un género extraordinariamente fértil. Del mismo modo que existen poemas para ser cantados y otros para ser leídos en silencio, existen milongas para bailar y milongas para escuchar.
Y, afortunadamente, nada impide disfrutar de ambas.
[Juan María Solare, Worpswede, 13 de junio de 2026]
