Tiene unas manos habilidosas con la coca, lo reconozco. Nunca nadie me había preparado las rayas con tanta facilidad, con esa rapidez, hasta elegante, diría yo. No sé cuántas me he metido ya, pero en otro momento de mi vida hubiera dicho que demasiadas, hoy digo que todavía no las suficientes. Se llama Nikolay, es ruso y nos acabamos de conocer, aunque gracias a la droga parece que nos conocemos de toda la vida.
Al salir del baño me miro al espejo, tengo ojeras, el pelo revuelto, la ropa sudada, y me pregunto cómo he llegado aquí. Y otra vez vuelvo al punto de partida. A hace escasas tres semanas, cuando un simple reconocimiento médico hizo que mi mundo se derrumbase a mis pies. Yo, una fotógrafa de éxito en Barcelona, con mi piso en Gracia, mi novio pintor, mi grupo de amigos bohemios y guapísimos y riquísimos todos… tenía VIH. ¿Cómo había podido pasar? Me hacía esa pregunta en mi cabeza como si no tuviera la respuesta, pero la tenía, aunque era demasiado duro responderla.
“Toma”. Nikolay extiende su mano y me ofrece un CD con cuatro rayas perfectamente alineadas y, antes de que se dé cuenta, se lo devuelvo con la mitad de ellas. Es guapo, muy alto, tatuado y con los ojos muy oscuros, o eso creo, quizá a estas alturas sus ojos sean ya sólo pupilas. Salimos del baño riéndonos, no sé de qué, y vamos directos a la barra a por otra copa, donde me besa efusivamente mientras esperamos y me dice “Me gustan tus labios, campanilla”.
Recuerdo la primera vez que Ramón me llamó campanilla. Fue una noche de fiesta, en un bar, borrachos como cubas. Yo me coloqué unas pajitas en la cabeza como si fuesen antenas y me pasé toda la noche bailando, revoloteando a su alrededor, evitando que me atrapara. El se reía, me encantaba verle reír. Y cuando por fin consiguió hacerme su presa me susurró al oído “Ven conmigo al baño, campanilla, que no aguanto las ganas de follarte”. Por eso hoy le he pedido a este desconocido que me llame campanilla, para que cuando me lo diga recuerde a Ramón y así pueda sentirme un poco más cerca de él.
Los amigos de Nikolay están en la pista de baile dándolo todo, la mayoría de ellos sin camiseta, la mayoría de ellos drogados, la mayoría de ellos gays. Me introduzco en el medio de su círculo dando saltos y restriego mi cuerpo contra los suyos. Se besan, me besan, les beso, nos metemos mano… No sé si la gente nos mira, pero para mí ahora mismo no existe nada más que la lujuria, la coca y el whisky. En ese momento Nikolay se acerca a mí y me dice que si me apetece que acabemos la fiesta en casa con sus amigos. Y de repente, en un instante de lucidez, mi mundo se para.
“Ramón, tengo VIH”. No hay manera de adornar esas palabras cuando se las vas a decir a la persona que quieres. No hay manera de minimizar el impacto, de suavizar el golpe, de evitar el dolor. Así que lo suelto así, sin rodeos, sin anestesia. El shock inicial dio paso al enfado. Al “¿Cómo has podido hacerme esto?”. A la preocupación. Al “Confié en ti y me has traicionado”. A mis “Tienes razón”. A las preguntas. Al “Has jugado con tu vida sin tener en cuenta la mía”. A mi perdón ahogado en lágrimas. Al “Eres una irresponsable. Una egoísta”. A la vergüenza… Y al adiós. Ramón nunca me prohibió nada, me dejaba ser libre, porque sabía que siendo libre sería suya. Pero para ser libre hay que ser responsable, y campanilla no lo era. Cometí muchas imprudencias, bajo los efectos de las drogas y el alcohol, o por culpa del calentón de rigor, pero ninguna de ellas son excusas para haberle jodido la vida a mi compañero, a mi amigo, a mi amor. Entiendo su odio. Entiendo su rencor. Entiendo su impotencia. Entiendo que me aparte. Así que me aparto.
Le vuelvo a pedir a Nikolay que vayamos al baño y me lleva de la mano mientras me mira con una sonrisa en la que se lee “Menuda viciosa”. Pero una vez que llegamos allí le paro cuando va a sacar la bolsita blanca. “Necesito contarte una cosa”. Es tan incómodo tener esta conversación, todavía no sé cómo afrontar mi problema, así que prefiero hacerlo sin pensarlo. Le cuento lo de mi contagio. Que en el estado en el que voy y yéndome a su casa, corremos el riesgo de no tomar todas las medidas necesarias y que no quiero joderles también a ellos… En un momento dado él me corta, me coloca en dedo en los labios y me dice “Shhhh, no hace falta que sigas hablando, campanilla”, y me saca del baño como entramos, de la mano y con una sonrisa en la cara.
El día que fui a recoger mis cosas a casa de Ramón él no estaba. Habíamos acordado hacerlo así porque todavía estaba demasiado enfadado para verme. Siete cajas en el recibidor, así se resumen diez años de relación, ahí caben todos los recuerdos, así se desaloja el amor. Lloro mientras me doy un último paseo por ese piso que ha sido mi guarida. Donde he reído hasta llorar, llorado hasta reír, follado hasta caer exhausta. Donde he sido feliz. Abro el armario de Ramón y abrazo su ropa y la huelo. Y lloro. Y le pido perdón como si, cuando él vuelva a ponérsela, ella me fuera a hacer el favor de abrazarle en mi nombre. De decirle que le quiero, y que no se merece todo esto. Cierro la puerta y meto la llave en el buzón. El taxi me lleva hasta mi nuevo apartamento de alquiler y, mientras subo las cajas, la noche cae sobre la ciudad. Igual que la tristeza cae sobre mí.
Volvemos con nuestro grupo de amigos descamisados, que ahora están todos en la barra. Nikolay se acerca a uno de ellos, uno de pelo largo con un dragón tatuado en el pecho, le comenta algo al oído y, acto seguido, ambos me miran. “¿Le estará contando lo que le acabo de decir en el baño?”. No me lo puedo creer. Ahora mismo me gustaría que la tierra me tragase. Quiero coger el bolso y correr, pero estoy demasiado drogada. En ese momento el melenas del dragón me agarra del brazo y me saca a bailar, mientras los demás nos siguen y Nikolay me coloca otro whisky en la mano. Seguimos la fiesta como antes aunque ahora me da la impresión de que todos se susurran cosas, me miran y sonríen. Quizá sean paranoias mías. No me gustan las miradas.
No sé cuántos días pasé mirando las cajas, sin abrirlas, asumiendo que eran el reflejo de mis errores, las pruebas de mi fracaso. Hasta esta noche, que he decidido salir a tomar una cerveza. Y a la cerveza le ha seguido otra. Y otra. Y un chupito de tequila. Y un desconocido con acento extranjero que me ha invitado a un whisky. Que me ha sacado a bailar. Que me ha besado. Que me ha hecho sentir que todo va a ir bien. Que se ha rascado el bolsillo y ha esparcido la magia necesaria para hacerme olvidar. Por un momento. Aunque sólo sea por un momento.
“Vámonos, campanilla”, me dice entre besos. “Vente con nosotros, serás nuestra invitada especial”. No sé si no ha entendido nada de lo que le he dicho, pero ahora la que no entiende nada soy yo. Me separo de él. “Te he dicho que no, que estoy enferma, que os puedo contagiar”. Se ríe. Noto como todos sus amigos nos miran y también sonríen. “No te preocupes campanilla, lo que tú tienes no nos da miedo, es más, para nosotros es como un regalo”. No doy crédito. “¿Como un regalo? ¿Tú estás loco?”. La discusión continúa bajo la mirada atenta de sus amigos. Me habla del bugchasing, o “caza del bicho“, del sexo natural, de que no les importa contagiarse, de que es el precio que tienen que pagar para poder mantener relaciones sexuales sin preservativo el resto de su vida… Yo le escucho anonadada y, de la mejor manera que puedo, insisto en que no voy a acompañarles y salgo del bar completamente aturdida. En estado de shock.
No entiendo cómo puede haber personas que quieran contagiarse voluntariamente. No entiendo que busquen de forma consciente ese tipo de situaciones. ¿Será como un subidón de adrenalina? ¿Acaso se sienten tan muertos en vida que necesitan jugársela para sentirse vivos? Y entonces caigo en la cuenta… ¿Quién soy yo para juzgarles? ¿Cuántas veces he mantenido relaciones sexuales de riesgo? ¿Cuántas veces he tenido tanta prisa por follar que lo he hecho a pelo? ¿Cuántas veces se la he chupado sin condón a un tío que acababa de conocer sólo por el placer de hacerlo, sin pararme a pensar en las consecuencias? ¿Cuántas veces he sido una incauta y después de una noche loca no me he hecho unos análisis porque confiaba en personas de las que no sabía ni sus apellidos? Y todo ello teniendo en mi mano la información necesaria, habiendo sido advertida de los peligros, de las estadísticas, teniendo a mi alcance los medios para prevenirlo… No sé exactamente cuándo me contagié, ni si habré podido contagiar a alguien, ni si Ramón sufrirá el mismo infierno que yo por mi culpa… Pero lo que sí sé es que ser una imprudente me pone a la misma altura que Nikolay y sus amigos. Quizá ellos jueguen a esos juegos a sabiendas de los riesgos que corren y asumiendo las consecuencias, pero no son peores que yo, que jugué de manera irresponsable, que me puse en riesgo con gente que, al igual que yo, sabían las normas del juego, que sabían lo que se estaban jugando, y aun así decidieron apostarlo todo.
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