Dice la leyenda que los Corintios, vendían sus famosos racimos secos a los venecianos, mezclados con higos secos de menor precio, de ahí la expresión “mi figue, mi raisin”, que subraya esta ambigüedad.
En Roma, alimentaban a los patos y gansos con higos como método de engorde y lograr el foie gras.
La higuera, original de Oriente, pobló la cuenca mediterránea de la mano de los fenicios, que en sus viajes marítimos se nutrían de este fruto desecado, tradición que ha llegado hasta nuestros postres navideños y en los de la Provenza francesa (treize desserts du Noël provençal).
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