«Ven acá, mentecata e ignorante (dice Sancho a su mujer); si yo dijera que mi hija se arrojara de una torre abajo, o que se fuera por esos mundos como se quiso ir la infanta doña Urraca, tenéis razón de no venir en mi gusto; pero si en dos paletas y en menos de un abrir y cerrar de ojos te la chanto un Don y una Señoría a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en peana y en un estrado de más almohadas de velludo, que tuvieron moros en su linaje los Almohadas de Marruecos, ¿por qué no has de consentir y querer lo que yo quiero. ¿Sabéis porqué, marido? respondió Teresa, por el refrán que dice:
—Quien te cubre te descubre.
Por el pobre todos pasan los ojos como de corrida, y en el rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el murmurar y el maldecir, y el peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de abejas.» En efecto, los atavíos, las riquezas , los honores y dignidades en quien no los merece son causa de que fijen todos la vista en la indignidad de la persona. Y como con los honores ni bienes de fortuna no es fácil ocultar los principios bajos, la mala educación o los malos sentimientos; de aquí aquel otro adagio:
—Aunque la mona se vista, de seda, mona se queda.
Que la república arrancase de los pechos revolucionarios las cruces, bandas y cintas, signos de desigualdad revolucionaria, estuvo muy en su lugar; mas que ni siquiera perdonase las cruces de las iglesias y cementerios, signos de la igualdad más absoluta , y que por otra parte en nada se oponen a la libertad de conciencia ni a la libertad de cultos, áteme usted esos cabos.
IMAGEN: EL COMERCIO
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