Revista Educación

Rebeliones pequeñas en tierras de caciques

Por Siempreenmedio @Siempreblog
Rebeliones pequeñas en tierras de caciques

Una medianera que casi vive en tres siglos me contó un día cómo se las gastaban en el mundo de su infancia, en que la mayoría analfabeta se limitaba a mascullar alguna p rotesta antigua en la llanura amarillenta y que, pese a ello, rememoraba con alegría en la voz. Hablamos, como he leído hace poco, del extrarradio del extrarradio: Lanzarote hace un siglo, más o menos.

Resulta que cuando los muchachos se despejaban en la cantina al caer la tarde tras una jornada de arduo trabajo en el campo, si llegaban los señoritos a caballo -porque ese día decidiesen mezclarse con aquellos que labraban las tierras de sus ricos padres-, aquellos habían de levantarse y cederles los pocos bancos del local. Mas un día, uno de los peones, hijo de una familia humilde que laboraba en los alrededores, rebelándose ante aquel proceder injusto, entonó una coplilla al aire: 'Ay Pepito Betancort, / que ya vienes con tu potra, / como es de sangre azul / te parece que no hay otra'.

El placer de la revancha del oprimido fue fugaz, porque al día siguiente el cantor y su familia hubieron de recoger sus pocos haberes y exiliarse a otros lugares en busca de sustento; pero era tan grande el radio de acción de los enojados (o tan pequeño el escenario caciquil de nuestra historia), que ningún otro terrateniente les dio cobijo y no les quedó otra que acabar emigrando a la isla hermana de Fuerteventura, pues el rumor de aquellos versos ocurrentes y punzantes no había cruzado aún el estrecho de la Bocaina.

Entre tanto, y no lejos de allí, un pastor de cabras que luego fue salinero escribía una de las obras de poesía popular más valientes que el que esto escribe haya leído jamás: Víctor Fernández Gopar, nacido en Las Breñas a finales del XIX y que nunca se creyó poeta, erigió una voz afilada y humilde contra la mayúscula desigualdad imperante en aquel medio de injusticia, en que los niños crecían c onvenientemente para nada más que servir y envejecer (en palabras de Agustín de la Hoz), fin para el cual él mismo nació predestinado.

Pero encontró, qué cosas, refugio en sus coplillas, que escribía en cualquier parte y que hoy conocemos porque algunos de su entorno habían transcrito convenientemente, pese a que el original (nunca hallado) el propio Fernández se lo había confiado a un amigo poco antes de su muerte (casi al modo de Kafka y Max Brod, aunque no consta que nuestro poeta insular diese orden de quemar sus escritos).

Para muestra, un par de botones en forma de seguidillas:

  • 'Algunos que parecen / santos divinos / con trabajo de otros / compran tocino'
  • 'Si yo tengo de Alcalde / a mi medianero / resulta en la Alcaldía / lo que yo quiero // Si el Secretario he sido / yo quien lo ha puesto, / se escribe lo que sea / por mí dispuesto // Porque si no se cumplen / bien mis deseos / saldrán a poco tiempo / de sus empleos'
  • 'Hemos de morir todos / cuando Dios mande, / y al rico le acompañan / con la Cruz grande. // Y cuando muere un pobre / no sé qué indica / que no sale la grande / sino la chica. // Y si es muy pobrecito / nadie extrañe / no haber una crucita / que le acompañe'.

Qué pérdida hubiese sido para nosotros, paisanos del siglo XXI, desconocer las coplas del Salinero, si bien ya se cantaban muchas por ventorrillos y bailes o se recitaban en la intimidad del hogar aun en su propia vida (¿habrá mayor satisfacción para un creador?). Más de medio siglo después de su muerte, para mayor fortuna, fueron recopiladas en un libro, y hasta las musicaran Los Sabandeños.

En lo que me toca, lamentó ahora no haber atendido más y mejor a aquella medianera que casi vive en tres siglos y a la que costaba poco rememorar -sin resignación y con alegría en la voz- cómo se las gastaban en el mundo de su infancia.


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