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Recesión emocional

Publicado el 24 enero 2014 por Jesus Andría González @creaactividad
Anteayer, mientras el comisario europeo Lazslo Andor exponía en rueda de prensa el último informe sobre el empleo y la situación social de la UE, corroboré, muy a mi pesar, que estamos viviendo en una época de involución moral y de deshumanización alarmante. Haciendo un uso escrupuloso y aséptico de una objetividad impropia de alguien cuyo trabajo debería centrarse en establecer mecanismos y estrategias para asegurar el bienestar y la prosperidad de las personas, Andor negó la responsabilidad de la troika (CE, FMI y BCE) en el aumento del desempleo y de la pobreza en los países rescatados del sur de Europa como consecuencia de los brutales ajustes económicos a los que éstos están siendo sometidos. De su discurso sólo alcancé a extraer datos y cifras macroeconómicas, que combinados con el decorado que tenía de fondo un adusto gráfico estadístico y el rictus frío y calculador de Andor, configuraban una estampa espeluznante. Ni una sóla palabra de las millones de personas que han quedado, y siguen quedando, en la cuneta, desamparados, sin ilusiones y con un futuro más que desalentador pues no tienen solución de continuidad. La montaña de datos y la palabrería eran suficientes para dejar bien sepultadas a todas esas personas, muchas de las cuales comen a diario gracias a la beneficiencia o escudriñando en los bidones de basura, y que a buen seguro "estropean" la estadística a todo color del flamante informe de Andor.
Debo admitir que todo ello me hizo pensar en los trabajos de un neurocientífico olvidado e incluso denostado, el médico norteamericano Paul MacLean, quien hace más de 40 años definió la teoría evolutiva del cerebro, conocida como teoría del cerebro triuno, con la que venía a decir que el cerebro de los mamíferos superiores (entre ellos el de los humanos), había experimentado tres grandes etapas en su evolución que daba como resultado una jerarquía de tres cerebros en uno: (i) el cerebro reptiliano, llamado así porque lo compartimos con los reptiles, que se encarga de regular los sentidos (la percepción) y los elementos básicos de supervivencia, (ii) el sistema límbico o cerebro emocional, que añade la experiencia actual y reciente a los instintos básicos, permitiendo que los procesos de supervivencia interactúen con elementos del mundo externo, lo que resulta en la expresión de las emociones; y finalmente (iii)  la neocorteza, que regula y controla las emociones  basadas en las percepciones e interpretaciones del mundo inmediato, componiendo así el cerebro racional. Según MacLean, como estos cerebros se han ido "superponiendo" evolutivamente unos sobre otros, el más moderno sobre el más antiguo, la secuencia con la que el cerebro triuno funciona respeta esa jerarquía de tiempos. Así, los mamíferos superiores primero percibimos la realidad a través de los sentidos (reptílico), a esta información externa le asociamos unos sentimientos y emociones vinculados a experiencias vividas (límbico) y finalmente pensamos y actuamos en consecuencia (neocorteza). Por lo tanto, primero percibimos, luego sentimos y finalmente pensamos y actuamos, y lo hacemos tanto si estamos en la ducha, en el trabajo, dando un paseo o haciendo la compra. Precisamente, eso lo saben muy bien los especialistas en neuromarketing, que dedican sus esfuerzos a diseñar productos y servicios que despierten emociones positivas en nuestros cerebros y que éstas condicionen las decisiones del cerebro racional y compremos incluso compulsivamente, sin pensarlo ni meditarlo demasiado.  
Relacionada con esta teoría está tamnién la conocida frase "es mejor no actuar en caliente", que lleva implícita la necesidad que tenemos de esperar a que se "enfríen" nuestras emociones para que éstas no condicionen nuestros pensamientos y nuestras actuaciones, y nos jueguen supuestas malas pasadas. Así, si queremos ser objetivos precisamos hacer una especie de "bypass emocional", saltarnos o atenuar nuestras emociones y sentimientos, para evitar que éstas nos hagan ser subjetivos en la valoración de la información que nos llega del exterior.
Si nos paramos a pensar, este control e incluso la supresión de las emociones lleva impregnando los cimientos de nuestra realidad social desde tiempos pretéritos. Desde pequeños nos enseñan a esconder nuestras emociones en público, a tratar de pensar con la cabeza lo más fría posible evitando así ser impulsivos y expresar aquello que sentimos (que comunmente se traduce en "actuar sin pensarlo dos veces"). Una cruzada permanente de la objetividad contra la subjetividad. El sistema educativo desde hace algunos lustros promueve el desarrollo de competencias básicas, ninguna de ellas competencias emocionales que son más importantes para el éxito profesional que los conocimientos y las aptitudes intelectuales. Y con estos antecedentes, yo me pregunto qué parte de la culpa tiene la educación que hemos recibido (dentro del trinomio sociedad, familia y escuela) en la construcción de una sociedad como la actual indulgente, insolidaria, que es capaz de permanecer impasiva ante tanta injusticia y tanta dolor ajeno. ¿Acaso la supremacía de lo objetivo sobre lo subjetivo no ha transformado de seres emocionales a seres meramente racionales?, ¿es posible que nos encontremos con una recesión emocional en la que la economía se ha centrado en informes de beneficios empresariales y no en el bien común?, ¿ha olvidado el Sr. Andor que el llamado estado del bienestar fue una estrategia político-social que se puso en marcha después de la Segunda Guerra Mundial para evitar que se volvieran a producir en Europa las grandes desigualdades sociales que desencadenaron el desastre?.
Atajemos desde ya esta recesión emocional, porque puede que, aunque no lo parezca, sea la causa principal de tanta deshumanización.

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