Revista En Femenino

Reflexiones sobre obediencia, órdenes y cómo hablamos a nuestros hijos

Por Amormaternal
Reflexiones sobre obediencia, órdenes y cómo hablamos a nuestros hijos
Ya hemos comentado en anteriores ocasiones que enojarse no vale la pena, sin embargo sé que hay ocasiones en que igualmente lo hacemos. Tal vez nos venza el cansancio, el estrés o cualquier causa externa y caemos en momentos puntuales. Seguramente a medida que vamos reflexionando acerca de ello, esas ocasiones irán disminuyendo e iremos reaccionando cada vez de manera más Zen y amable ante las adversidades que se presenten a lo largo de la crianza o ante las travesuras, errores o "desobediencias" de nuestros hijos. En esos momentos en los que perdemos los estribos, muchas veces escapan de nuestros labios - esos que usamos para besar tiernamente a nuestros hijos - palabras nada tiernas.
Como muy bien lo dice Violeta en su blog Criar en Contravía - tomado de su artículo Criar para la Desobediencia:
"Soy de la llamadas madre blandas, ¡de esas que estamos criando un pequeño monstruo sin límites, egoísta, malcriado y anárquico! Uno que además se siente amado y contenido... pero esa es otra historia... ¡en definitiva lo que yo estoy criando es una bomba atómica! ¿Todo por qué? Porque de corazón creo (aunque no siempre logro practicarlo) que límites no es igual a órdenes (y por cierto para límites ya tiene bastantes con los naturales), que expresar las emociones es sano y la hipocresía enferma y sobre todo que: Estate quieta, no toques, responde cuando se te habla, calla cuando yo lo digo, no te ensucies, pórtate bien y la consabida ¡Por qué yo lo digo! son normas diseñadas para que yo como adulta no pierda mi zona de confort y ella como niña esté bajo control. Parece que dictar normas es el premio, el privilegio que hemos ganado por haber sobrevivido al autoritarismo de nuestra infancia."

Cabe detenernos en esos momentos - en que escapan de nuestras bocas palabras como las que comenta Violeta - a cuestionarnos varios puntos: ¿Necesitamos darles a nuestros hijos órdenes? ¿Es justo hablarles así? ¿Realmente vale la pena enojarse, hablar en ese tono? ¿Tiene arreglo esta situación? ¿Al enojarme dificulto o facilito la solución del problema? ¿Qué logramos al reaccionar de manera "fea" ante una adversidad? ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos? ¿Queremos criar hijos obedientes? ¿Para qué? ¿Podemos ser flexibles en esta situación y permitirles experimentar hasta que se formen un criterio, hasta que aprendan las consecuencias naturales de esta situación?
¿Cuántas veces hemos observado cual espectadores cómo salían de nuestras bocas palabras algo odiosas, algo irrespetuosas que ni en sueños pronunciaríamos frente a o dirigidas hacia un adulto?
¿Les ha pasado alguna vez pensar "pero qué niño más insolente" (sea acerca de un hijo propio o de un niño ajeno)? Si hacemos introspección y retrospección podremos darnos cuenta de que la mayoría de las veces los niños están repitiendo palabras que les fueron dirigidas. Muchas veces somos nosotros mismos quienes hemos hablado así a nuestros hijos y ellos como buenas esponjas han aprendido a hablar de la manera en que han sido tratados. ¿Suena alarmante?
Nuestros hijos son nuestros mejores espejos, si les respetamos, aprenderán a respetar a los demás. Por contrapartida, reflejan también nuestro estrés y aprenden a imitar nuestras formas de interactuar con el mundo y de reaccionar ante las adversidades.
Hagamos un ejercicio, pensemos por un instante antes de que se nos escape una palabra poco amable que quien nos habla así es nuestro hijo. ¿Sería doloroso, verdad? Pensemos que quien tenemos enfrente es nuestro hijo hecho adulto, por ejemplo con 45 años de edad, ¿seríamos capaces de usar el mismo tono de voz? ¿Las mismas palabras? ¿Lo consideraríamos apropiado?
Sé que es un tema duro habiendo sido criados muchos de nosotros bajo parámetros autoritarios, siendo la generación de la transición que procura desaprender estas maneras y tomando siempre alternativas de crianza respetuosa, pero preguntémosnos siempre ¿lo diría así a mi jefe? ¿a mi pareja le hablaría de esta manera? ¿me dirigiría con estas palabras al señor del banco cuando se equivoque entregándome un documento?
Pues eso: visualicemos siempre que esa es la misma boca con la que besamos tiernamente a nuestros hijos, cuando los tomamos en brazos, cuando los miramos dormir - cuando nos los pusieron por primera vez en el pecho tras parirlos. Cambia la perspectiva, ¿cierto?
Los labios son tiernos, las palabras que salgan de ellos también deberían serlo.
¿Les ha pasado a ustedes? ¿Se han pillado a ustedes mismos cambiando su forma de hablar con sus hijos después que dejaron de ser considerados bebés? (por ejemplo en torno a los 2 o 3 años, cuando en teoría "ya entienden")
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