La primera vez que fui a la lavandería del hospital era apenas un residente primerizo. Seguí las indicaciones y acabe encontrando la puerta en el sótano del edificio de la que emanaba un tenaz y agradable aroma a ropa recién planchada. La luz entraba por unos tragaluces en la parte superior de las paredes llenando la estancia con una suavidad que agradecían los ojos en un espacio lleno de ropa blanca y verde hospital colgada con infinito orden y pulcritud en incontables percheros metalicos que las operarias desplazaban a placer sobre sus pequeñas ruedas. Me recibió la gobernanta y en seguida dio instrucciones para que me facilitaran las tres batas y pijamas reglamentarios así como un par de zuecos de mi talla, sus asistentes completaron el pedido con diligencia mientras admiraba el modo militar en que se desplazaban eficazmente por aquel laberinto de ropa límpia. Descubrí en ese mismo instante que me encontraba en un lugar especial, mitad cuartel, mitad fábrica, en el que estaba predestinado a convertirme en médico, fuera eso lo que significase. De momento ya tenía el hábito, ahora sólo hacía falta encontrar al monje.
Revista Salud y Bienestar
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