Revista Humor

Relato: Dones envenenados

Por Déborah F. Muñoz @DeborahFMu

Un nuevo lanzamiento de dados. Esta vez decidí hacer una especie de cuento moderno.

Relato: Dones envenenados

Érase una vez un hada de los deseos llamada Lavanda que tenía un sueño: ser la más poderosa de entre todas sus hermanas. Para eso, tenía que hacer felices a muchos humanos y decidió ponerse en marcha.

Escogió a su primer protegido al azar y, tras un par de días observándole, Lavanda pensó que era una tarea sencillísima. El chico se pasó todo el fin de semana jugando al tenis con su padre y una de las noches se dedicó a mirar por su telescopio, que apuntaba a la casa de enfrente.


Con eso, decidió que ya tenía toda la información que necesitaba y decidió concederle un don: ganaría todos los torneos, con lo que se convertiría en un famoso tenista profesional y, gracias a eso, la vecina de enfrente se enamorara de él. Hecho eso, se desentendió de él y se dedicó a sus asuntos. Tenía que hacer felices a muchos otros protegidos para ser más poderosa.

Pero los años pasaron y, mientras sus hermanas florecían, Lavanda empezó a perder sus poderes. ¿Cómo era posible, si había otorgado más dones y deseos que nadie? La situación se volvió tan preocupante que se puso a investigar, pero no sacó nada en claro. Su primer protegido era ahora un tenista famoso y estaba casado con su antigua vecina, y todos los que habían ido tras él habían logrado, gracias a lo que ella les había otorgado, fama, riqueza o prestigio.

Lavanda empezó entonces a sospechar de sus hermanas y las denunció a la Reina, convencida de que esas envidiosas habían encontrado la forma de robarle su poder. Pero la Reina solo tuvo que observar con un poco de atención para ver que Lavanda no había hecho bien su trabajo.

-Todos los dones que has otorgado han hecho más infelices a tus protegidos -afirmó.

Lavanda protestó con energía, pero la Reina la llevó frente a su primer protegido. Acababa de ganar un partido y su esposa había hecho una fiesta para celebrarlo.

-¿Ves? -dijo Lavanda-. Lo tiene todo.

-¿Lo tiene? -preguntó la Reina. En ese momento, el tenista suspiró con tristeza y miró con anhelo el cielo nocturno. Siempre había soñado con ser astrónomo, pero su padre había visto en él un filón al verle jugar al tenis y le había machacado desde pequeño para que llegara a ser una estrella. Ahora era famoso y tenía mucho dinero, sí, pero también muy poco tiempo para mirar las estrellas y una vida vacía junto a una mujer que solo le quería por interés (y a la que nunca había espiado con su telescopio; la estrella polar estaba en la misma dirección que su casa).

Ese fue solo el primero de muchos protegidos a los que los dones de Lavanda habían apartado de sus verdaderas vocaciones para conducirles a unas vidas superficiales e infelices. Pero el hada no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer:

-¡Qué sabrán esos ingratos! Merecen pasar el resto de su vida arrastrándose en el fango, por no disfrutar de lo que les he dado.


Con ese estallido, tan impropio de un hada de los deseos, Lavanda perdió el poco poder que le quedaba y se desvaneció. La Reina lloró por la pérdida de su hija; era su responsabilidad no haberla vigilado más de cerca. Pero pronto se recompuso. Había mucho que hacer si quería reparar tantos años de dones envenenados: se encargaría ella misma de ese asunto. Empezaría por ese tenista tan infeliz; era hora de que una lesión truncara su carrera y acabara con su matrimonio interesado, lo que le permitiría replantear qué haría el resto de su vida.

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