Fuera se escuchaba el sollozo de las gotas de agua que caían, tímidas, sobre las áridas tierras del desierto, suspendidas en la inquietante melancolía del ayer pausado, ajeno al estruendoso cabalgar profano de la artillería. Ese llover incesante y mudo despertó a Lailuma. Antes, en una vida infantil y de sueño, jugaba a las matrioskas con sus amigas, recuerdo de un pasado soviético que su padre, Habib, añoraba y profería con anhelo. En las llanuras de Qal' eh-ye Now la vida era sencilla, tranquila y austera, sin los grandes lujos y ostentaciones que el miliciano servil prometía en un futuro que nunca llegaba. Lailuma, que mañana cumpliría los seis años, regresó al continuo presente, al sufrir diario.
La luz de la habitación tan solo desvelaba la presencia de unos harapos viejos pero inmunes al estéril polvo del desierto, unos cuantos libros de geografía y un aparato de armazón cuadrado e inverosímil frontal de cristal que su madre había obtenido, atendiendo a los chillidos que vociferaba la pasada noche, con el más estoico de los sufrimientos. Lailuma, tras haber superado la conmoción contraste entre sus sueños y realidad rutinaria, marchó junto a su madre, que cocinaba rudimentariamente el desayuno. Una ínfima porción de pan y el preparado alimenticio que el extraño vecino blanco les proporcionaban serían el único sustento que la muchacha tendría para pasar el día. Mañana, al menos, podrían disfrutar de una gallina que su padre había traído de las montañas.
A las diez u once de la mañana, lo lluvioso del día impedía averiguarlo, Lailuma salió junto a su madre a recolectar el trigo que crecía al sur, en el valle de Herat. Tras pasar el control del miliciano servil, y haber recorrido unos 60 km en una de las muchas camionetas que los soviéticos se dejaron allí y que ahora pertenecía a su padre, unos hombres de aspecto autóctono obligaron a Habib a parar el maltrecho vehículo. El discurso, que no lograban entender a causa de lo rápido de su sucesión, aumentaba de tono a cada minuto que pasaba, por lo que la preocupación de madre e hija fue en aumento. En ello, un hombre portador de temibles pertrechos sacó lo que parecía ser un arma, que, negra e imponente, liberó un estrepitoso y desgarrador chillido. Su padre cayó inmediatamente, y un valle de un rojizo y viscoso líquido comenzó a caer por su curtida tez.
Hamasa, su madre, se abalanzó sobre su hija, nadie sabe si por instinto de protección o por pura consolación sentimental. Lailuma, que no comprendía aquella situación, agarró como nunca antes a su madre, quien aparentaba estar totalmente ida, aturdida, petrificada.
"Un hombre portador de temibles pertrechos sacó lo que parecía ser un arma, que, negra e imponente, liberó un estrepitoso y desgarrador chillido."
Un hombre con la cara destapada abrió súbitamente la puerta trasera, y sacó a madre e hija al exterior del profanado vehículo. Con movimientos bruscos e incluso dañinos, las amordazaron e introdujeron en otra camioneta en cuyo frontal se podía leer unos símbolos extraños: "Chevrolet". La tecnología que ostentaba el moderno vehículo solo podría proceder de una pura y avanzada civilización, ajena a todo aquella situación de odio y pobreza.
A deducir por la necesidad de orinar, debían de haber transcurrido unas cuatro horas de viaje. El habitáculo en el que viajaban Lailuma y Hamasa era estrecho, oscuro, inapropiado, sin duda, para dos seres humanos. El vehículo se detuvo repentinamente. El mismo hombre que había apuntado con aquel extraño dispositivo a su padre, abrió lo que parecía ser una puerta trasera a la camioneta. Mediante signos, invitó, cordialmente, a salir a ambas. Salieron. Una vez liberadas, cuando fueron a girarse para intentar descifrar la identidad de los asaltantes, la camioneta despedía una horrenda polvareda en su camino hacia el incierto horizonte.
El día de su cumpleaños, Lailuma no regresó a casa. Su madre fue secuestrada en su travesía de regreso al hogar por unos inquietantes hombres armados con la promesa de que dejaran marchar a su hija. Violada, maltratada y arrebatada de cualquier dignidad, Hamasa murió días después fruto de las heridas de la brutal agresión. Lailuma quedó refugiada junto a un hospitalario anciano. Aquella noche, unos hombres vestidos de militares, al parecer occidentales, irrumpieron brutalmente en la modesta vivienda. Fue entonces, en aquella humilde noche, a la luz de la impasible Luna.
"Un día más en Afganistán", por @adriantsn
Domingo, 23 de febrero de 2014
Puede que el lector se pregunte del por qué de los nombres. Por ello, le invito a investigar su significado. Tras haber hecho esto, lea de nuevo el presente relato.
