Revista Creaciones

Relatos de COSOqueTEcoso (XIX)

Por Cqtc
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Entre puntada y puntadaXIXY el caso es que el día no empezó mal. Reme, después de exponer sus dudas sobre Venancio a Gertru antes de ir a dormir, salió muy temprano de casa y se encaminó al mercado de Olavide, sin pensar en otra cosa. Como su madre, ella no podía dejarse nada dentro. Sí, Venancio le gustaba, le hacía tilín como decía Gertru. Pero había algo que no le cuadraba. Con ello en la cabeza, que le pesaba más en el corazón, había estado toda la noche dándole vueltas en la cama. Llegó a la plaza justo cuando los hermanos acababan de bajar del carro los pertrechos para montar el puesto. Venancio la vio venir y la recibió de lejos y con los brazos en jarras.

—Cómo ha madrugado hoy el sol.—Ya veo que tas levantao galán.—¿Levantao? Ya ni me acuerdo cuándo. ¿No vendrás a comprar a estas horas?—No, pa na.

A Venancio, a pesar de que le alegraba verla, le escamó que lo hiciera tan temprano. Algo no andaba bien. Vio la preocupación de Reme cuando ésta llegó a su altura. No tenía la cara tan fresca y la mirada tan limpia que solía tener.

—Algo te pasa, ¿no? Espero que no sea malo.—No lo sé.—¿Cuálo? —¡Venancio! —interrumpió Joselillo—. Yo sólo no puedo montar el puesto. Déjate de amorios.—Tu calla y espera un momento, chaval. No ves questoy ocupao —respondió Venancio a las instancias de su hermano. Luego se volvió frente a Reme—. ¿Qué quiés decir, que te pasa algo o que no sabes si es malo?—Lo segundo… O lo primero. No lo sé.—Si no me dices…—Pos que no me lo creo, Venancio.—¿El qué?—Que te hayas fijao en mí.—Como pa no fijarse, mira ésta.—En eso estamos de recuerdo los dos —soltó con sarcasmo Reme.—Pero yo no me fijao en ti por lo que tu crees. ¿O es que no te fías del Venancio?—No lo sé.—¿Y por qué? ¿Acaso no he sío sincero contigo?—Sí.—¿Y no testoy respetando?—Pos por eso mismo.—No tentiendo, Reme.—Mira, Venancio, no sé cómo un mozo como tú, sano, fuerte y no mal parecío, sa fijao en una coja que sólo ha visto un día. Con todos las gachises, como decís vosotros, que hay por el mercao, como mi amiga por el ejemplo… Por eso tengo mis dudas, ¿sabes?—Yo tampoco lo entiendo, Reme. Y bien es verdá que tu amiga es mu guapa y no tié tara, pero a mí la que me gusta eres tú. Y conste que te visto muchos días en el mercao antes de decidirme a decirte algo. Y si no te lo crees, peor pa ti, mujer. Además, yo deste tema no quiero volver a hablar más. Si tiés dudas lo dejamos y yastá, hasta que taclares o no. Pero, por eso no voy a dejar destar colao por tus huesos. Y que sepas que no sólo me gustan tus andares, también cómo respiras, cómo te peinas, cómo me miras y cómo hablas, que si el menda es un isidro, tu paeces una isidra o peor.—Pero eso lo vas a echar a faltar. Estoy comprendiendo las letras y hago hasta carigrafía.—No tandes de rama en rama y contéstame. ¿Quiés dejarlo o no?—Pero bueno. ¿No habías dicho que no querías volver a hablar más del tema?—¿Entonces?—¿Entonces qué? —esta vez fue la Reme la que se puso en jarras.—Quel menda no va a dejar de mirar a otras gachís questén de buen ver, eh.—Ni te se ocurra. Como te vea yo tarranco los ojos. Habrase visto el descamao este.—Oye, guapa, que aquí este gachó no es una merluza.—Pero sí un merluzo —. Sonrió la Reme ya sin dudas. Cosa que Venancio también notó y aprovechó.—¿Me das un beso?—Sí, aquí. ¡Venga, hombre!—No, aquí no. Aquí —. Venancio se toco los labios con el índice.—Que te lo has creído.—Venga, pues aquí —. Esta vez el frutero se señaló el moflete.—Que no, pesao.—Anda, que talegrao la mañana.—Vale, pero pequeño. Y cuando no mire naide.—Pues como no nos metamos debajo el suelo… Ya me contarás.—Ven, vamos detrás del carro. Todavía no han venío clientas.—¿Y tú qué eres?—¿Yo? Una tonta.Y se besaron, pero ese beso que iba a ser en la mejilla, gracias al giro de cuello que en el último momento hizo Venancio, fue en los labios. A los dos les supo a gloria, aunque la Reme huyera con su trotar tan curioso. Ninguno de los dos estaba como para notar que alguien les espiaba.

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Relatos de COSOqueTEcoso (XIX)

S. José de la Montaña. De
artedemadrid.wordpress

Quiso el azar que el teniente Benavides hubiera de salir a la misma hora que su mujer esa misma mañana. Esta vez no iba vestido con su traje de gala, sino de calle. Ella repetía color, el negro para variar. Él a un asunto de renovación de credenciales. Ella a la misa diaria que oía en San José de la Montaña, iglesia de reciente construcción, en la misma calle Españoleto esquina a la de Fernández de la Hoz. Y quiso el azar que a esa misma hora saliera a comprar el pan Gertru para el desayuno que precedía a la jornada de trabajo de las tres porteras del inmueble.Al oír pasos más rápidos que los suyos, el teniente Benavides miró hacia atrás y vio a la joven, y, a mitad del largo descansillo, la dejó pasar con una inclinación de cabeza, a la que ella respondió con un tenue “buenos días”. Saludo que él no oyó, pero su mujer sí. Doña Elvira se volvió a su vez y todo el odio que acumulaba le inundó la sangre y las entendederas, y se le vino a la boca.

—Buenos días, señora.—Pero… ¿Pero cómo te atreves siquiera a saludar, engendro maligno? —contestó airada doña Elvira.—¿En qué maligno?—Bien me entiendes, víbora.—Señora… protestó Gertru sorprendida por los insultos.—Ni señora. Ni gaitas. ¿No tenías bastante con engañar a tu novio con el pobre señorito Luis?—Señora, yo no he engañado a naide —respondió la Gertru, pero la dama ya no escuchaba.—No, no tenías bastante, ¿verdad? Has tenido que manchar el honor de un hombre honesto y temeroso de Dios. Pero no te saldrás con la tuya. El Arcángel San Gabriel vendrá con su espada y matará el mal que anida en ti, mujer del demonio.—Señora, yo no le he hecho nada a usté—dijo medio llorando la pobre Gertru.Y quiso el azar que doña Elvira pusiera su dedo índice entre la clavícula y el pecho de la joven y gritara:—¿Qué no me has hecho nada, que no me has hecho nada? Has hecho añicos…Y quiso el azar que la Gertru diera un paso hacia atrás sin que se percatara de que estaba al final del descansillo. Perdió pie y rodó escaleras abajo. Doña Elvira ni se inmutó. Miró a su marido y como si no hubiera pasado nada, comenzó a bajar por donde la embarazada rodara. Cuando llegó al siguiente rellano, salvó el cuerpo tendido y siguió su camino. Para ella ir a misa era sagrado y no podía llegar tarde, y menos por una mujer perdida. El teniente no creía lo que veía, después de estar en el frente y vivir lo que había vivido no daba crédito a lo que había visto su único ojo. Trató de gritar pero no pudo. Trató de correr pero no pudo. Trató de llorar pero no pudo. Perdió el bastón y se arrastró con mucho esfuerzo hasta la puerta vecina, donde, tendido todo lo largo que era, golpeó una y otra vez  hasta que ésta se abrió. Servanda tardó unos instantes en ver quién había llamado. Y con un “dios mío” suspirado continuó con un grito:

—¡Don Mauro, acuda”.

El llamado apareció rápido en el recibidor, en mangas de camisa sin gemelos y con el cuello desabrochado.

—¿Qué pasa, Servanda?—El vecino. Mire.

Entre los dos consiguieron levantar al caído y Servanda le alcanzó el bastón que yacía en el suelo. Pero el teniente hacía toda la fuerza posible por no entrar en la casa. Agarrado al pomo de la puerta, extendía el bastón hacía la escalera y soltaba unos sonidos por la boca como si se estuviera ahogando, mientras negaba insistentemente con la cabeza.

—Pero, hombre de Dios, pase, pase, que tenemos que ver si está usté lastimao. 

Era imposible mover aquella mole que se negaba a avanzar. Es más, don Jacinto consiguió retroceder y volvió a perder el equilibrio. Apunto estuvieron los tres de rodar también por las escaleras. Pero Servanda y su señor consiguieron rehacerse y erguir al mutilado antes de que cayera de nuevo.

—Espera, Servanda. Yo creo que este hombre nos quiere decir algo.

Las negativas de cabeza se trocaron en afirmaciones y los gemidos guturales también.

—Trae algo para escribir, Servanda. Corre.

Relatos de COSOqueTEcoso (XIX)

Escribvanía de plata.
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Entonces sí entró el teniente en casa del vecino, quien le guió hasta el comedor y le sentó frente a la mesa. Al momento el ama apareció con una escribanía y unas hojas de papel.

—Escriba, escriba, don Jacinto animó don Mauro.

Con mano temblorosa el teniente comenzó a escribir. Don Mauro, situado detrás del escribiente, leía según aparecían las palabras sobre el papel. En un momento determinado dejó de mirar el papel, dio un brinco y salió corriendo hacia la escalera. Servanda le siguió con la mirada, se acercó y miró por encima del hombro del vecino, como si pudiera leer, pero lo que vio fue cómo éste dejaba la pluma, reposaba la cara entre las manos y comenzaba a sollozar.

—Dios mío. ¿Pero qué ha pasao? —. Servanda, de pie, abrazó la cabeza sollozante y trató de consolar, de alguna manera, a aquel hombretón que no dejaba de convulsionarse por los sollozos. 

La escena era digna de que José Pinazo Martínez(1)la inmortalizara. ———— o O o ————

—¿No has oído un ruido en la escalera, Cirilo?
—No.
—Pues a mí me lo ha parecido. En fin... De todas formas, como te decía, todo tiene que ser cuando a ti te viene bien. Eres cuadriculado.
—¿En qué quedamos, Carmina, soy cuadriculado o anárquico?
—Déjame, que no tengo tiempo para pensar ahora. Y no se te olvide que me tienes que arreglar el bastidor pequeño. Y ya deberías haber salido a comprar, yo no puedo hacer todo sola.
—Ya voy mujer, se me acababa de ocurrir una idea para el vestido de la marquesa.
—O sea, que es más importante tu cuadro, que es en lo único que piensas , que la comida. Y luego querrás comer a la hora de costumbre, también impuesta por ti. Bueno, voy a ponerme a bordar con el bastidor grande, quiero acabar cuanto antes la flor que tengo empezada. Ven, a ver si te gusta, anda. Después de alabar la flor bordada de su mujer, que en realidad era una obra de arte porque doña Carmina tenía unas manos de ángel para el bordado, don Cirilo dejó a un lado el realce del brocado en su pintura y se centró en el arreglo del bastidor. Si hubiera optado por la compra hubiera sido, acaso, testigo del incidente que se producía en las escaleras del inmueble. Pero no fue el caso, ya que esa mañana se libraría de la compra, pero no de la reparación del dichoso bastidor. 
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El teniente Benavides se calmó, miró agradecido a su compañía y salió  con dificultad pero decidido hacia su casa. A Servanda le impresionó la lividez del rostro deformado de aquel hombre que parecía más que abatido. Antes de girar la llave, don Jacinto se volvió lentamente y levantó una mano en señal de adiós definitivo al ama que, con gesto compungido, aguardaba en el umbral de su puerta, agarrada al marco. Terminó por entrar y cerrar muy suavemente. Servanda dejó la puerta abierta, pero antes de ocuparse de lo que la preocupaba, se asomó para ver lo que había pasado. Luego se apresuró para asegurarse de que Juanín seguía dormido. Había pasado mala noche y no había querido levantarle a la hora de costumbre.
—Angelitos —musitó y dejó entornada la puerta del dormitorio.
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—¿Está…? ¿Está…? —balbuceó la Reme sin acabar de hacer la pregunta que no le salía. Don Mauro giró la cabeza y con lágrimas en los ojos negó con la cabeza—. ¡Ay, dios mío! —suspiró al acercarse a su amiga. ¿Voy a casa del doctor Ullastres? —el mudo terminó por afirmar con otro gesto negativo.
—No, espera. Le llamaré por teléfono, se lo acaban de instalar. Será más rápido —rompió su silencio don Mauro.

Intercambiaron el sitio y el hombre subió velozmente las escaleras, por lo que no pudo ver el charco de sangre que se iba formando bajo el cuerpo inerte.

—No te vayas Gertru, no te vayas. ¿Con quién voy yo a volcar el talego(2), chiquilla? Nos hemos jurao que nunca nos separaríamos. No magas esto —. Reme al igual que hiciera don Mauro, acariciaba con cariño y mano temblorosa la cara de Gertru—. No me dejes. El Venancio me quiere de verdá, Gertru. Lo he visto en sus ojos al besarme… Porque ma besaó… Y en los labios, el muy sinvergonzante. Ma hecho trampa… Pero no ma importao… Detrás del carro… —farfullaba nerviosa la Reme—. Venía tan contenta para contártelo. Así se las encontró don Mauro al volver a bajar.

—Ya vienen.
—¿Pero qué ha pasao, don Mauro?
—No lo sé, Reme —. Y don Mauro le relató el incidente con el vecino—. Es todo lo que sé. ¿Respira, verdad?

La Reme acercó su mejilla a la boca de su amiga y esperó. Sin retirarse contestó que sí.

—Sí, yo creo que sí. Pero el doctor…

—No, él viene, pero me ha dicho que antes llamaba al hospital o a la casa de socorro. No le he entendido porque he colgado el teléfono sin esperar a oír su respuesta completa. 
—¿Ha visto usté la sangre?
—Sí, Reme, cuando he vuelto. Tranquila, solo nos queda esperar, nosotros no podemos hacer nada, tan solo acompañarnos.
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Al rato y jadeante, llegó don Luis con su maletín de primeros auxilios. Y llamó desde el portal.

—¡Mauro!—Aquí don Luis, aquí.

El médico subió las escaleras.

—No, no te quites, sujétala tal y como la tienes cogida, chiquilla. Si puedes, desabróchale la blusa, por favor —ordenó el doctor mientras asía de la muñeca a Gertru. Miró su reloj y tras unos instantes confirmó que el pulso era un poco bajo. Después auscultó a la accidentada—. Ahora, déjala cuidadosamente sobre el suelo—. Con dificultad, pues el descansillo no era muy grande, el doctor Ullastres comprobó la movilidad del cuello—. A ver, ahora levántale la falda, Reme —. La cara que apareció tras la falda, después de que el médico se asomara a donde ningún otro hombre se había asomado, ni siquiera el señorito Luis, no presagiaba nada bueno—. Mucho me temo que… Pero esperemos, ya tienen que estar al llegar.—¿Quién? —preguntó inquieta la Reme.—He pedido una ambulancia. Ya en el hospital se hará una evaluación más detallada de los daños, que los ha habido, de eso estoy seguro. No puedo deciros más, salvo lo que ya sabéis, que está viva. 

En esos momentos oyeron que alguien subía. Era doña Elvira que volvía de misa.

—Buenos, días, caballeros —saludo que excluía a las damas—. ¿Todavía sigue aquí ésta? —preguntó despectivamente, ante la sorpresa de todos, que no respondieron—. Bien, ¿me dejan ustedes pasar? Gracias. A ver si no me mancho el vestido… Don Mauro ofreció una mano que doña Elvira miró pero no usó. Entonces, los dos caballeros que permanecían de pie se hicieron a un lado y se miraron ante la actitud de la mujer. El sonido de la puerta al cerrarse les sacó de su aturdimiento.

—Esta mujer… —fue el comentario incompleto de don Mauro.

———— o O o —————¿No me digas que no has ido, Jacinto? —su marido negó con la cabeza y con la mirada perdida—. Y seguro que ha sido por esa cualquiera —. Doña Elvira oyó ruidos en la calle y se asomó al balcón sin abrir las puertas.— Una ambulancia, como si lo mereciera. No sé donde vamos a llegar. Nuestro Manolito no tuvo tanta suerte. Tuviste que llevarle tú en brazos… Y mírate ahora, no vales para nada. Mejor hubiera sido que te hubieras muerto tú en vez de nuestro pequeño… ¿Qué, no dices nada…? ¿Pero qué vas a decir? Si no puedes. Llevo sumida en tu silencio yo no sé el tiempo, inmersa en una vida que amarga más que los pobres. El único consuelo que encuentro es Dios. Ése que se olvidó precisamente de nuestro hijo, por más que se lo pedí. Yo también tengo delito. El dolor que me embarga no sirve a nadie, ni para nada. Todo mi ser estaba preparado para ser madre y esposa abnegada. Y ni lo uno, ni lo otro. No sé qué pecado he cometido para merecer esta penitencia disfrazada de pena infernal. Mírate, no sirves siquiera de consuelo. Dios no me habla, tú no me hablas y don Valentín sólo repite en el confesionario una letanía que ya me suena huera: Resignación, doña Elvira, resignación. Resignación, ¿para qué…? ¿para sufrir en silencio… y sola? ¿Para rezar por las noches asida al relicario que contiene lo único que me queda de mi pequeño? ¿Por qué sigues tú aquí? Inútil para todo y para todos… ¿Y por qué se lo tuvo que llevar a él? Maldita gripe, y maldita guerra. Malditos todos y maldito quien me robó a mi hijo y a mi marido. Maldita la vida y maldita la muerte. Maldita esta casa y malditos estos muebles. Maldito el presente y el futuro. Y maldito el vientre de cualquier madre… Esta sociedad nuestra sólo genera alimañas que nos llegan de la mala vida, delincuentes que corroen nuestra moral y con los que habría que acabar como ratas inmundas a golpes de bayoneta como tú hacías con esos mulatos cubanos(3)Cuando empezaron las maldiciones de su mujer, el teniente Benavides ya sabía que su esposa no hablaba con él. Salió lentamente del comedor, donde aquélla seguía con sus maldiciones y lloros. Al poco volvió, al cinto su pistola reglamentaria y su sable, y tocado con su gorra de teniente. Doña Elvira continuaba con su monólogo, vertía por su boca todo el odio y la amargura acumulada en años. Seguía con la vista perdida y húmeda apoyada la frente contra el cristal de la puerta del balcón. Don Jacinto desenvainó el sable y, antes de empuñarlo, se santiguó.

—¿Y ahora qué ruidos haces? —preguntó al volverse la mujer. Y su marido, apoyado en la mesa le asestó un sablazo que atravesó de parte a parte aquel cuerpo menudo que cayó de costado ya sin vida. Con gran esfuerzo arrancó de un tirón el relicario que nunca más colgaría del cuello la madre de su hijo, se apoyó contra la mesa, y con la joya asida en la mano izquierda, usó la derecha para descerrajarse un tiro en la boca. Su cuerpo también llegó al suelo sin vida.———— o O o —————No, voy yo. Usté no está ni vestío. Yo no la dejo, don Mauro. Haga usté lo que quiera, pero yo voy con ella —se cerró en banda Reme.—Sea.—Dígaselo a mi madre, por favor.—No te preocupes. Yo iré ahora mismo, en cuanto termine de vestirme.

Según subía la escalera, don Mauro escuchó una detonación. No supo de dónde venía, pero entró en casa a la carrera sin cerrar siquiera la puerta. 

—¿Está usted bien, Servanda?—Pero no lo ve, señor.—¿Y Juanín?—Todavía duerme. Ha pasado una…

Don Mauro dejó con la palabra en la boca al ama y se precipitó hacia la alcoba de su hijo. A través de la rendija de la puerta, vio al pequeño que se movía y oyó que llamaba. Entró, descorrió un poco las cortinas y le cogió. Después se sentó en la cama y se abrazó a él, y comenzó una letanía con el nombre de su hijo. Aquella palabra repetida encerraba un amor del que don Mauro fue consciente en ese momento y por primera vez, y que llegó al pequeño con toda la fuerza del cariño.

—Juanín, Juanín —meció al mimoso que se apretaba contra él—. Juanín, Juanín.—Papi.El disparo también lo oyó Hipólito, un joven periodista que con cámara al hombro, se dirigía al palacete de los Marqueses de Terol, en la calle Zurbano, a realizar un reportaje gráfico para el Heraldo de Madrid, ya que esta familia daba esa noche una fiesta de presentación en sociedad de su hija mayor. El joven, descolgada la cámara y curioso, atisbó por el hueco de la escalera y vio luz en el rellano del primero. Con cierto sigilo subió las escaleras. En ese momento, casi todo el vecindario se echó a la escalera, por eso el periodista pasó desapercibido.

—¿Han oído ustedes?—Sí, yo creo que ha sido un disparo.

Nadie sabía nada, pero todos opinaban. Al final, por descarte, porque eran los únicos que no habían salido a la escalera, decidieron llamar en el primero izquierda, sugerencia hecha por don Cirilo que parecía el más sosegado. No contestó nadie. Y don Mauro informó de que tenía que estar doña Elvira porque la había visto subir y entrar en su casa. Y Servanda aportó el dato de que al marido le había visto entrar ella pocos minutos antes, y doña Carmina contó que le había parecido oír esa mañana un golpetazo en la escalera. A partir de ese momento todo se precipitó y la noticia corrió como la pólvora. Esos acontecimientos serían bautizados por los periódicos como el Crimen de la calle Españoleto.

Relatos de COSOqueTEcoso (XIX)

 De taringa.net

—¡Heraldo de Madrid, el horrible Crimen de la calle Españoleto! ¿Señor, periódico? —gritaron por la tarde los vendedores callejeros de prensa vespertina. De la verdad objetiva, que no existe, a los hechos volcados en negro sobre blanco, existió la misma diferencia que entre Gertru y doña Elvira. Sólo coincidieron en la verdad más absoluta que conoce el ser humano, en este caso, la muerte de don Jacinto Benavente Melquiades, teniente mutilado de los coraceros del Rey y su esposa, doña Elvira Campos de Zúniga. Del accidente sufrido por una modistilla ni una línea, la Gertru sólo importaba a quien la quería. Para qué más.[Continuará](1)José Pinazo Martínez (Roma, 1879 - Madrid, 1933) fue un pintor precoz español nacido accidentalmente en Italia, hijo a su vez de pintor, y que obtuvo la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1915 por su cuadro Floreal. Fuente museodelprado.es.(2)Volcar el talego: “loc. verb. coloq. Desahogarse contando algo”. DRAE, locución incluida en 1989.(3)Aquí, doña Elvira refleja el sentir de las elites respecto a las clases bajas, el lumpen, resumido en el concepto de “mala vita” importado de Italia y que tanta literatura generó en aquella época. En el estudio que se cita podemos leer: “el discurso moralizador fue reforzado por la irrupción del degeneracionismo, que en sus diferentes interpretaciones, contribuyó a biologizar los problemas sociales, naturalizando su origen, alejando las explicaciones socioeconómicas y criminalizando los comportamientos desviados. Surgirá así una copiosa literatura escrita desde la psiquiatría, la criminología y el higienismo que coincidirá en estigmatizar a las clases populares construyendo un imaginario sociocultural de éstas como peligrosas”. Fuente: POBRES, ANORMALES Y PELIGROSOS EN ESPAÑA (1900-1970): DE LA “MALA VIDA” A LA LEY DE PELIGROSIDAD Y REHABILITACIÓN SOCIAL, Ricardo Campos, Instituto de Historia, CCHS, CSIC, mayo, 2014. 

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