Revista Salud y Bienestar
El famoso cirujano salía de la Academia con una sonrisa. El discurso fue un éxito, que a la mañana siguiente recogería toda la prensa médica, además lo pagaban muy bien. Tenía un día complicado, clase a los alumnos de cuarto de medicina, reunión con el comité ético del hospital para desbloquear el último ensayo clínico con el nuevo robot quirúrgico que había costado una millonada y no había forma de amortizar, luego otras dos reuniones y al final bajar al ambulatorio a pasar dos horas de consulta para cubrir a un compañero que le pidió el favor para ir a un campeonato de golf.
Lo único que le daba pereza era ir al ambulatorio, le recordaba tiempos pretéritos cuando empezaba su carrera, aquello duró poco gracias a su meteórico ascenso. Atender a ese montón de pacientes en tan poco tiempo era tarea de los residentes o en su caso de los médicos de cabecera, esos sí estaban acostumbrados a atender a las turbas. De echo lo que más le incomodaba del ambulatorio era encontrarse con Sanchís, compañero de promoción, uno de los más brillantes. Médico de familia por vocación, nunca supo averiguar por qué optó por ese camino, mal pagado, peor considerado y sobre todo sobrecargado.
La consulta se le dio bien, dos pacientes nuevos para cirugía laparoscópica de vesícula y cuatro revisiones sin complicaciones, pan comido. Al salir para comer con Diana, la representante de la farmacéutica que le estaba apoyando con su proyecto de innovación, se encontró con Sanchís en el mostrador de información. Cambiaron varias frases de cortesía y se fijó en sus ojos como siempre. ¿Cómo sería posible que transmitieran tanta vitalidad? Sanchís se alegró de verle y le apretó el hombro con afecto.
- Veo que seguís con 50 pacientes diarios, ¿cómo podéis aguantar así, haciendo recetas todo el día?
- Es fácil, el secreto es mirar a la cara del paciente, no hay que hacer mucho más para saber lo que le pasa. Aquí seguimos siendo médicos.
Y con una palmada en la espalda y una sonrisa se despidió para ir a tres avisos a domicilio, casi fuera de hora.
El breve encuentro dejó turbado al cirujano. La frase "aquí seguimos siendo médicos" le dolió sobremanera. Él también lo era, así lo sentía. Pero era verdad que cada vez veía menos pacientes, cada vez operaba menos... Esas nubes negras se disiparon al instante de ver a Diana, ante mujeres tan bellas no era posible sentirse infeliz.
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