Pocos especialistas de su rama que conociese habían publicado en el New England, pocos habían tenido un inicio de carrera más prometedor, pocos tenían la fama de mujeriego baboso que el tenía. No había sido siempre así. Su educación moral fue rigurosa: familia ultraconservadora, colegio de jesuitas, director espirtual, novenas... Desde niño le costó relacionarse con las chicas, al llegar la adolescencia fue el desastre, que se prolongaría toda su vida adulta. Consiguió mantener tres relaciones largas de noviazjo formal en las que nunca pasó de besar a sus novias en la mejilla. Cuando la tercera se cansó y le dejó algo delicado se rompió en él. Empezó a hostigar a todas las chicas que se ponían a tiro, fundamentalmente enfermeras y residentes. Las camelaba burdamente, las prometía cosas, trababa de robarlas un beso ó tocarles el culo. Tuvo algún éxito exíguo en alguna jornada jalonada de alcohol pero al precio de ver como su reputación se hundía como un gran pecio en las profundidades. Cuando algún conocido preguntaba por él era habitual ver como un velo de zozobra hacía temblar levemetne el rostro de su interlocutor durante el instante que éste requería para decidir si contar o no esta historia. Al final terminaban contándola para aliviar el nudo en la garganta produciendo siempre la misma reacción en el que preguntaba: Vaya, ya lo siento.
Revista Salud y Bienestar
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