No nos es posible imaginar la cantidad de tiempo que lleva el ser humano poblando estas praderas. Durante su mayor parte consiguió zafarse de su profunda sombra con música y con baile. El cerebro humano se fue complejizando y lo mismo pasó con todo lo demás. El manejo sencillo que hacen otras especies con sus sentimientos también sufrió un cambio radical por la posibilidad de la mente de rebobinar y producir bucles. De estos últimos surgieron los dioses y demonios que los humanos empezaron a sentir dentro de sí mismos y en consecuencia en todo lo que les rodeaba. Fueron necesarias infinitas horas de tambor, de cantos recurrentes, de danzas circulares para aliviar esta pesada carga. Lo que nos ha costado siempre más a todos los humanos es poner cierto orden en nuestro Olimpo personal, en ese mundo onírico y emocional que algunos llaman psique. Hoy la música ha pasado a utilizarse como ruído de fondo y el baile como expansión aeróbica y festiva. Recurrimos a fármacos potentes y a psicoterapéutas para atajar las veleidades de la psicología. Algo me dice que como sociedad no nos es suficiente a tenor de los derroteros que vamos eligiendo. Todos los paradigmas tienen sus partes ciegas y la ciencia también. Por eso me gusta tanto recordar a Diógenes en estos tiempos de soberbia. Para saber lo que vale la caricia del sol en ocasiones hay que cambiar la perspectiva.
Revista Salud y Bienestar
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