Revista Cultura y Ocio

RESEÑA: Peach

Publicado el 18 junio 2019 por Jimenada
PEACHRESEÑA: Peach
Título: Peach.
Autora: Emma Glass (Swansea 1987) estudió Literatura Inglesa y Escritura Creativa en la Universidad de Kent, y posteriormente, Enfermería Pediátrica en la Universidad de Swansea. Vive en Londes, donde trabaja como enfermera. Peach es su primera novela.
RESEÑA: Peach
Editorial: Sexto Piso.
Iidioma: Inglés.
Traductor: Mariano Peyrou
Sinopsis: Algo terrible le ha ocurrido a Peach. Le duele caminar y sólo tambaleándose es capaz de llegar a casa, donde la pesadilla continúa: sus padres no parecen darse cuenta de nada. Peach deberá recomponerse sola, juntar los pedazos que quedan de sí misma, antes de retomar la rutina de su vida diaria: su novio Green, sus amigos, las clases. Pero no es fácil concentrarse cuando le asalta el recuerdo de una enorme boca abierta, cuesta comer cuando siente el estómago hinchado como un tambor y es imposible dormir cuando el olor a grasa achicharrada llena sus fosas nasales. A pesar de que intenta cerrar los ojos ante lo que ha sucedido, Peach comienza al fin a entender qué debe hacer para superarlo y a reunir el valor necesario para llevarlo a cabo. (Fuente: Editorial).
Su lectura me ha parecido:
   Onírica, de una originalidad abrumadora, sinestésica, dolorosa, poética, terrorífica, visual, redentora, metafórica, perfecta en cuanto a su extensión... Acertar a la primera es el sueño de cualquier escritora o escritor, y más actualmente, donde la inmediatez ha contribuido a que el éxito - en cualquier disciplina o ámbito profesional - sea cada vez más efímero. ¿Ejemplos? Unos cuantos. Fuera de nuestras fronteras Emily Brontë con Cumbres borrascosas, su primera y única novela - sí, lo habéis leído bien - consiguió la fama universal. Lástima que su prematuro fallecimiento nos privase de más historias, así como de su desarrollo y madurez como escritora. Aún así, con ella se asentaron las bases del melodrama y de la novela romántica por excelencia. Lo mismo le sucedió a Harper Lee quien, que en el año 1962 publicó uno de los mayores pelotazos editoriales de la historia de las letras norteamericanas: Matar a un ruiseñor. Con esta novela no sólo ayudó a redefinir la dirección que estaba tomando el mundo de las letras en su país, sino que además lo hizo con rotundidad, con un impecable estilo y con una trama que hurgaba precisamente en la llaga, en los problemas que seguían enquistados en la sociedad estadounidense. Fue tan clamorosa su crítica hacia el racismo y ese hincapié en la pérdida de la inocencia que Hollywood no tardó en adaptarla en una de esas cintas que perduran en la memoria de quienes ven en el cine algo más allá de lo puramente estético. Regresando a nuestro país, no podemos pasar por alto que en el año 1945 - en plena postguerra - una joven catalana llamada Carmen Laforet se alzaba con el primer Premio Nadal de la historia, y lo hizo con 23 primaveras y por otro clásico de las letras españolas: Nada. Sin duda, una hazaña teniendo en cuenta no solo el contenido de la obra, también por el hecho de que por fin fuese una mujer la que -  un país en donde la dictadura las había recluido en el hogar al cuidado de los hijos - rompiese ese techo de cristal. La obra que hoy tengo el inmenso placer de reseñar también es la primera de su autora, un debut tan sorprendente que aún se me eriza la piel solo de pensarlo. Una novela que, aunque probablemente no esté a la altura de las obras citadas, destaca por su autenticidad, una personalidad que va más allá de toda convención literaria y que destaca entre los miles de libros que se pueden publicar en un año en este país y en todo el mundo. Peach: la palabra mordisqueada y sinestesia extrema.
   Fue una decisión casi sin meditar. De hecho, ya había echado el ojo a otro libro de la misma editorial cuya trama apuntaba maneras. Sin embargo, fue una breve reseña en redes sociales la que me hizo de la noche a la mañana cambiar de opinión. Las cosas suceden así, de repente, por sorpresa, sin planificación alguna. Da vértigo, de hecho, en cuanto tuve la novela de Emma Glass entre mis manos por primera vez, una nube de oscuro escepticismo cubrió mi cabeza. Siempre sucede, sobre todo con lo nuevo, lo inexplorado, lo que consigue que salgamos de nuestra área de confort. No obstante, una mariposa empezó a revolotear en mi estómago, ascendiendo rápidamente hasta mis mejillas, las cuales se tornaron de un rojo fresa. Estaba excitada, ansiosa, expectante. No tenia ni idea de lo que Emma Glass iba a significar como autora para mi, como tampoco desconocía que, semanas más tarde, su primer hijo - porque para las y los escritores enfrascarse en la escritura de un libro es como un embarazo, con su gestación y su correspondiente parto incluidos - acabaría alojándose en mi memoria. Un recuerdo arropado, tapado hasta la nariz, resguardado, temeroso de ser aplastado o directamente olvidado en un simple descuido. Sé que suena un tanto pretencioso y que estas palabras pueden haber rozado la cursilería - ¿y qué más da? - pero pocos son los elogios y las reseñas que el cuento o novela breve (según como se mire) de Emma Glass está recibiendo en prensa y por estos mundos de internet cuando todas y todos deberíamos pegar inmediatamente nuestra nariz sobre sus páginas y respirar el aroma de la arena, de la hierba mojada, de la salchicha, de los intestinos a la brasa y por supuesto del melocotón.
   Cuando el lector se adentra en Peach se espera cualquier cosa menos lo que está a punto de leer. Es más, la sinopsis es la que es - de hecho parece muy típica a priori - pero la sorpresa que alberga su interior a una servidora (y ya es decir) le dejó sin palabras. Hay libros que el lector recuerda con posterioridad por su trama, otros por sus giros inesperados, otros por su exquisita ambientación y otros por la impecable construcción de personajes. Peach no entraría en ninguna de esas cuatro categorías, más bien podríamos definirlo con un clásico: "no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta". Ese grupo de libros cuya personalidad consigue abrumar, hasta el punto de que no nos interesemos ni por el tiempo histórico, ni por la complejidad de la trama, si hasta logra que esos personajes secundarios queden difuminados a medida que vamos dejando atrás las páginas. Lo importante, lo que nos emociona, lo que hace que lloremos o estallemos de risa es lo estético, el estilo empleado, en definitiva, la forma con la que la autora ha decidido contarnos la historia. En este punto es importante señalar la impresionante capacidad sinestesia de la presente novela, llegando incluso a traspasar los límites de lo puramente literario para adentrarnos en un territorio más físico que imaginado. El universo de Glass tiene un componente fantástico y onírico al mismo tiempo, una especie de realismo mágico adaptado a los nuevos tiempos y con la particularidad de que se puede manosear, chupar y olisquear. En Peach, las palabras huelen y se degustan. ¡Hacía tanto tiempo que no encontraba una lectura en la que pudiese distinguir el sabor del miedo, de la ira, de la culpa o de la incertidumbre! Plagada de metáforas - empezando por los nombres de los personajes, asociados siempre a objetos comestibles o a lugares altamente relajantes - la novela de Glass es, además, la historia de una pesadilla, y de las más terroríficas. ¡Dios! ¡Es tan visual ¡Tan texturizado que hasta podía adaptarse, si llegase el momento, en dibujos animados! Un viaje al corazón del dolor, a la sangre que lo bombea, a las vísceras, a los vómitos, a la saliva, a la grasa hecha carne, al chasquido en el cerebro, a ese momento en el que todo se vuelve oscuro, o en el caso de Peach - inolvidable protagonista del libro - una bola en el estómago. Lleno de matices, Glass construye uno de los debuts más interesantes de los últimos años al que, por supuesto, no voy a reprochar por brevísima extensión (a penas 115 páginas), pues así, sin alardes ni pretensiones, es perfecta.
   Al principio de la novela, Peach sufre la violencia más brutal por parte del patriarcado, algo que pretende esconder a sus seres más queridos - incluidos padres, novio y mejor amiga - y toma la decisión de recomponerse y superarlo física y mentalmente ella sola, sin ayuda de nadie, sin pensar que tal vez, la mejor solución es apoyarse en los que sabes que no te harán daño. El problema viene cuando ese problema, por no contarlo, se hace cada vez más y más grande, hasta el punto de que ni siquiera la propia Peach es capaz de sostenerlo, ni siquiera con sus propias manos. La barriga se hincha más, y más, y más. Pero Peach calla, sufre en silencio lo que le ha sucedido, trata de seguir con su vida, pero la pelota es cada vez más grande y su piel está a punto de rasgarse por el peso de la terrible experiencia que ha decidido mantener en secreto. Así de metafórico resulta la historia de Peach, que no deja de ser la historia de tantas y tantas mujeres a lo largo y ancho del planeta tierra que prefieren callar antes que contarlo. Esta tan normalizada la cultura de la violación, los micro machismos y la violencia sistemática sobre las mujeres que muchas sienten miedo. Callar antes que hablar. Agujas clavadas en las entrañas antes que la liberación. Culpa antes que justicia. Con su novela, Emma Glass nos sumerge en un microcosmos cotidiano con elementos fantásticos, pero también nos invita a reflexionar sobre lo mucho que todavía queda por hacer para desterrar la desigualdad, la violencia de género y el machismo más rancio de nuestra sociedad. Su relato duele, duele mucho, pero es un dolor necesario, pues nos compete a todas y a todos revertir la situación. Despertar del eterno sueño y reaccionar.  Peach: una historia de miedo, silencio, agresión, desconfianza, inseguridad, presión, autoengaño, incomprensión... Más allá de un extraordinario debut literario.
Frases o párrafos favritos:
"Tengo miedo. Me froto los ojos. Lo veo. Se tambalea, se balacea bajo la farola. Me hace un gesto con su brazo salchicha. Agita sus dedos como salchichas. Piel grasienta y reluciente bajo la luz naranja. Pernas largas que parecen salchichas deslizándose sobre la acera. Grueso. Gordo. Se tambalea. Sigue tambaleándose. Se tambalea."
¡Un saludo y a seguir leyendo!
Cortesía de Sexto Piso

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