
Si alguien todavía duda de la maestría de Rick Wakeman, es porque probablemente tiene que escuchar The Stage Collection. Y si lo ha hecho y sigue con dudas, debería considerar una revisión en el otorrino o, peor aún, de la percepción musical. Este álbum en vivo, grabado en Buenos Aires en 1993 y lanzado en 1994, captura a Wakeman en su elemento natural: sobre el escenario, sin red de seguridad y rodeado de un público devoto que entiende perfectamente que está presenciando a un verdadero mago de los teclados. ¿Que por qué siempre toca las mismas piezas? Bueno, quizá porque Journey to the Centre of the Earth y The Myths & Legends of King Arthur son como las sinfonías de Beethoven del rock progresivo: intocables, inmortales y siempre bienvenidas.
La banda que acompaña a Rick no es una simple comparsa, sino un conjunto de músicos de altísimo nivel. Adam Wakeman, su hijo, heredero natural del virtuosismo de su padre, refuerza la sección de teclados, mientras que Alan Thomson (Martin Barre Band, Pentagle) al bajo y Tony Fernandez en la batería sostienen la estructura con precisión milimétrica. A diferencia de otras épocas donde Wakeman estaba rodeado de orquestas y coros épicos, aquí el enfoque es más directo, más crudo, sin florituras innecesarias. Esto hace que piezas como “Journey to the centre of the Earth” suenen renovadas, liberadas del peso sinfónico, mostrando que la esencia de la composición sigue intacta y poderosa. Si alguien pensaba que Wakeman dependía de una orquesta para brillar, este disco lo deja en evidencia.
El setlist no solo incluye sus composiciones más célebres, sino también interpretaciones magistrales de “Eleanor Rigby” y “Paint it black”, demostrando que el músico no solo vive de sus propias glorias, sino que también sabe tomar clásicos ajenos y transformarlos en su propio reino de sintetizadores. ¿Demasiado sintetizador? Claro, es Wakeman, ¿qué esperabas? Las comparaciones con sus contemporáneos como Keith Emerson pueden ser inevitables, pero lo cierto es que Wakeman siempre tuvo un pie más en la grandilocuencia barroca y menos en la exploración sonora. Este álbum es un recordatorio de que el virtuosismo también puede ser emocionante y no solo un despliegue de velocidad técnica.
The Stage Collection es un testimonio perfecto de la vigencia de Wakeman en los años 90, en una época en la que muchos de sus contemporáneos ya estaban reduciendo revoluciones o intentando adaptarse a las nuevas tendencias. Wakeman, en cambio, sigue a lo suyo, tocando con una precisión insultante y demostrando que, aunque las modas cambien, la verdadera genialidad es atemporal. ¿Repetitivo? Tal vez. ¿Excesivo? Sin duda. ¿Absolutamente imprescindible? También. Porque, al final, si alguien sigue poniendo en duda el talento de Wakeman, solo tiene que dejar que la música hable por sí sola.