Revista Cultura y Ocio

Rockstar de barrio – @Imposibleolvido

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Contó tres veces hasta el último céntimo que encerraba el raído monedero y sólo le quedaban siete euros. “Habrá que apretarse un poco más el cinturón, Manuela —decía para sí misma—. Que es viernes y la pensión no llega hasta el lunes por mucho que la estires… ¡Puta vida y condenada miseria!”. A esas alturas, tampoco se asustaba ya por eso. No era la primera vez, ni sería la última, que tenía que hacer malabarismos con el dinero.
La vida de Manuela había sido de todo menos fácil. Fue una pionera, una adelantada a su tiempo, a su complicado tiempo. A finales de los 70, cogió a su hija recién nacida y abandonó al alcohólico padre de ésta. Se juró que no iba a tolerar ni un golpe más y así fue. Tuvo que aguantar miradas y reproches de una sociedad mojigata e hipócrita, una sociedad que la juzgó sin saber todas las vejaciones que había soportado y, encima, la trató como a una apestada. Empezó a trabajar (trabajar por un salario, porque trabajar lo llevaba haciendo desde niña), cosa que no había hecho hasta entonces porque ni su padre antes ni después su marido le dejaron que hiciera. Tenía que aguantar que le dijeran: “Eso es de rameras. Una mujer decente se queda en su casa criando a sus hijos y cuidando del marido”, y aunque se la llevaran los demonios cada vez que lo escuchaba, ¿qué podía hacer ella? No pudo estudiar y las trabas que la sociedad le puso, tras el paso del divorcio, le dejó como única opción limpiar váteres y escaleras. Porque, no nos engañemos, nadie decente quería meter en su casa a una mujer como ella… Limpiadora sí, pero limpiadora de lo que a nadie le gustaba limpiar. Aun así, mantuvo su dignidad íntegra y nunca faltó a la responsabilidad de mantener a su hija.
La crió sola, quitándose horas y ratos de estar con ella para ganar humilde y decentemente el escaso salario que necesitaba para la subsistencia de ambas. La niña creció entre las casas de las vecinas, que se ocupaban de ella mientras su madre afrontaba las infernales jornadas limpiando escaleras.

Fue una chica guapa y alegre que creció en los conflictivos años 80. Pronto aprendió que la belleza podía pagar los caprichos a los que la falta de dinero no alcanzaba, aprendió también que los vicios eran caros y que para conseguirlos, estaba sola. Demasiada desinformación en años donde se experimentaba con todo.

Manuela recordaba con amargura y tristeza aquella llamada del Samur del 13 de abril de 1989. Su hija, que llevaba tres días fuera de casa, fue hallada muerta por sobredosis de heroína. El chulo de playa con el que compartía habitación, resultó ser un niño de papá que supo escurrir el bulto. Manuela nunca se perdonó no haber pasado más tiempo con ella y, en cierta forma, siempre se culpó de su muerte. Al morir, dejó una nieta a Manuela, a la que también crío.
Se prometió a sí misma que no cometería los mismos errores nunca más y se las ingenió para que el banco, que la tenía en nómina como limpiadora, le diera la baja definitiva y el estado le pasara una asquerosa y escasa pensión. No era mucho, pero era más que la miseria que cobraba del banco cuando estaba contratada. A partir de entonces, recibía ese dinero aparte de trabajar en negro limpiando un par de restaurantes y bares de copas. Pagaban bien y le permitía trabajar por las mañanas mientras la nieta estaba en el colegio. Por las tardes se dedicaba en cuerpo y alma a la niña,  le regalaba todo el tiempo que no pudo dedicarle a su hija en vida. Hasta estudiaba para poder ayudarla con los deberes. Realizaba todos los sacrificios económicos que fueran necesarios para que no le faltase una clase de música, de idiomas, ropa o un caramelo de vez en cuando…
Manuela siempre fue una mujer dura, curtida en mil batallas anónimas con más derrotas que victorias, con más lágrimas que sonrisas y con más decepciones que satisfacciones, pero iba por la vida con la cabeza bien alta y miraba a los ojos de cualquiera con el que se cruzara, sin vergüenza, con dignidad. Rebelde con causa, como una autentica canción de Rock, vivió la vida que le tocó vivir escondida de luces y focos, manchada con rumores infundados y siendo observada como un bulto sospechoso, soportando prejuicios ajenos sin el glamour de las grandes estrellas de la canción… Porque, en esencia, Manuela siempre fue puro Rock&Roll.

¿A cuántos “Rockstar’s de barrio” conoces tú?

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