Revista Espiritualidad

¿sabiduría en la universidad?

Por Maribelium @maribelium
¿SABIDURÍA EN LA UNIVERSIDAD?
Últimamente, en conversaciones con diversas personas, ha salido a colación la cuestión de qué se aprende en la universidad y si lo que se aprende ahí, ayuda a tener más sabiduría. Compleja cuestión…
He podido observar, por propia experiencia, que no siempre se transmite sabiduría en las aulas universitarias. Durante la carrera de Medicina, me sentía ávida de conocimientos, sobre la realidad del ser humano, sobre la ciencia, sobre la posibilidad de descubrir nuevas visiones del mundo, etc. Pero cuanto más parecían enseñarme, más empachada de datos me sentía y a la vez, con la mente un tanto embarullada, abrumada por tanta información. Mi cerebro acumulaba datos y datos, cuyo objetivo parecía ser, acabar vertidos en un examen. Y yo dudaba de mi propia inteligencia, pues el lío mental que me generaba tal empacho, hacía que mi mente se hiciera temporalmente más obtusa. Parecía, que la calificación, obtenida en un examen, había de ser una fuente importante de satisfacción; algo que mi obstuso cerebro no acababa de captar... Y eso que mis notas no eran malas, pero sentía que faltaba algo...
No encontraba, en general, en la universidad lo que realmente buscaba, lo que suponía que era la sabiduría, que podía consistir (desde mi modo de ver) en tener una comprensión mayor de la existencia humana, saber cuál era el sentido de la vida, ser capaz de ser realmente feliz y de ayudar a los demás en lo que realmente les importa, entre otras muchas cosas. Ese tipo de conocimientos, no eran transmitidos casi nunca o quizás yo no me enteré sumergida, entre tanto dato apabullante. Parecía que simplemente éramos computadores que teníamos que aprender a retener, elaborar y utilizar adecuadamente montañas de información.
A veces me surgían dudas, de si había escogido el camino adecuado, porque las cosas no me parecían tan interesantes, ni tan profundas como me hubiera gustado. Esperé a llegar al hospital, con la ilusión de ver la praxis médica real, humana, cercana a los seres humanos que sufrían. Y muchos casos, me encontré actitudes rutinarias, agobios, actitudes distantes y defensivas hacia los pacientes. Alguna vez, sorprendentemente, sí encontré a seres humanos tratando a otros seres humanos. Encontré a algún médico apasionado con su trabajo, pero eran los menos… Por suerte, estos médicos, miraban a los enfermos a la cara, les llamaban por su nombre, les importaba lo que les pasaba… Esos son los que decidí tomar como ejemplo e intentar aprender algo de ellos. No habían perdido su humanidad detrás de una montaña de datos y traslucían sabiduría. Pero eran “raros”.
Qué extraña sensación esa de ver caerse un mito, el mito de la ciencia… Pero bueno, seguí adelante, empeñándome (esta vez mi terquedad fue mi aliada), en buscar una Medicina más humana, empeñándome en aprender esas cosas que hacen la vida mejor, para todos, y que no se aprenden en los libros.
Después de este tipo de experiencias, y de otras muchas, me quedó la sensación de que la universidad estaba como carcomida por un vacío de lo esencial, como si estuviera depresiva, enferma. Como si hubiera perdido su rumbo y su sentido original. Parecía estar más al servicio de la vanidad de los profesores y alumnos, que a su desarrollo humano.
Años después, viendo las cosas desde otras perspectivas, me he ido dando cuenta de que muchas veces, lo que mueve la motivación de quienes forman parte del sistema universitario, es en gran medida la vanidad. Una vanidad que alimenta el ego de unos cuantos, que se creen ser quienes dominan la vanguardia del pensamiento, cuando con frecuencia, ni siquiera se acercan a la retaguardia. He presenciado luchas de poder, por colgarse medallas diversas. ¿Es eso sabiduría? También he presenciado, humillaciones e insultos a alumnos, por no saber determinados datos, o simplemente por hacer preguntas que cuestionaban el supuesto saber del profesor. Otro ejemplo, ha sido estar presente en el proceso de selección de un becario y escuchar, que no se escoge al mejor, pues es “demasiado inteligente” y podría cuestionar lo que se está haciendo. Ante esto, mi pregunta ha sido ¿pero no es eso lo que queremos? La respuesta, entonces, fueron caras de perplejidad.
Por otra parte, me he encontrado a personas sabias, fuera de los campus universitarios. Personas, muchas veces sin carreras, que tenían mucho más que decir, de la vida y de la sabiduría, que muchos catedráticos. Paradojas de la existencia. En nuestros tiempos, son diversos ejemplos los que hallamos, de personas autodidactas, que han llegado muy lejos, en su camino personal y sapiencial. Véase el caso de Ken Wilber, Nisargadatta o personalidades ejemplares de la historia como Buda o Jesucristo, o santos y sabios de la historia, de la humanidad. Ninguno de ellos ha tenido una titulación universitaria, y no por ello han desmerecido, en absoluto, sus enseñanzas.
En fin, habría mucho más que decir.
Me atrevo a concluir que la sabiduría se muestra huidiza en las mentes de muchos de nuestros contemporáneos. Y lo peor, es que quienes se supone que la detentan, cada vez dan más señales de sufrir del mismo tipo de males, de ignorancia, vacío, sinsentido, aburrimiento, etc.

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