Revista Creaciones

Sabores heredados. Swapetines 2017 (II)

Por Ripu77
Sabores heredados. Swapetines 2017 (II)
No solo heredamos relojes de pared o tierras en el Pirineo. También quehaceres, maneras, olores, gestos y palabras. Muchos de ellos nos llegan ya en vida para poder darnos cuenta de que vienen impregnados de pasado. Lo bueno, lo curioso del caso, sería saber si no eres la primera generación en recibir ese legado. Si ha sido transmitido ya con anterioridad, si tal vez la abuela de tu tatarabuela ya recibió esa característica familiar. Mágico sería poder hacer un árbol genealógico de herencias en vida, pero no materiales ni ante notario, no.
Últimamente he leído poesía de mujeres que hablan justamente de eso. Coincidencia o no, en todas ellas he encontrado referencias a las herencias, la memoria, los recuerdos familiares que aparecen de sopetón como si nos despertaran del letargo del presente. Ángeles Mora, Sara Herrera Peralta, Mascha Kaléko o Natalia Litvinova son un buen ejemplo de esas lecturas. El reciente poemario de esta última es en esencia la caja de recuerdos que abre en Argentina llegada de su Bielorussia natal. Cada página impacta con un flash-back de su niñez. Un hecho reconstruido a ciegas, sin levantar la mirada. Porque no hace falta abrir los ojos para ver ese pasado, porque esos momentos llegan a ti como las imágenes salpicadas en un cuadro de Pollock. ¿Hay mejor manera de decirlo? No, Natalia, no la hay. Porque todo eso que evocamos con la edad nos llega por salpicaduras, retazos de memoria que aparecen por un gesto, una mirada, una risa, un artículo en la prensa, una frase en un libro de texto, un comentario en la cola del súper… Cualquier mínimo detalle hace resurgir ese río enterrado. Como dice Litvinova, las aguas turbulentas del recuerdo no descansan. Y nos damos cuenta, con el paso de los años, de cuántos detalles fluyen por esas corrientes cargadas de nostalgia.
Sabores heredados. Swapetines 2017 (II)
Yo he heredado el sabor de la tortilla de patata de mi padre. Riendo estaréis. Pero también se heredan los sabores, yo lo sé. Pelo y corto las patatas como él. Sin forma alguna, contradiciendo a mi jerárquica cabeza. Finas, muy finas, para que se doren. No dejo de darles vueltas a fuego lento. Cuchara de madera que va y que viene y las destroza. Con cariño las mezcla haciendo que poco a poco se deshagan. Color oro reciben la cebolla. Sin cebolla no es tortilla, diría él, porque le da la ligereza y el aire para respirar. Y ese olor ya es el suyo. Ya me lleva tan lejos en el recuerdo que hasta parece que no sea yo. Y ese aroma me devuelve a cuando él aún cocinaba, cómo nos gustaba su tortilla. Regresa aquel olor y lo más sorprendente, también el sabor que paladeo de nuevo. Recuerdo la primera vez que la cociné. Me embargó la emoción porque el primer bocado ya contaba mi niñez. Ese día supe que esa sería la mejor herencia, junto al reloj de mi abuelo. Ahora cada vez que me pongo a cocinarla sé que seré capaz, sin querer y sin poder evitarlo, de recrear un sabor que viene de antaño. Puede que ya fuera el de la tortilla de alguno de mis antepasados. Yo quiero creer que sí. Pero… ¿eso cómo se sabe?
Y cocinando, lo poquito que me ven a mí los fogones, siguen avanzando los swapetines. A fuego lento pero sin parar de darle a la cuchara. Bien mezcladito, un color y otro. Como la patata y la cebolla. Mi primera labor de dos cabos distintos, hasta ahora labores solo de patata sin aire. Así que en esta edición me estreno como swapetina trabajando con dos madejas a la vez, a ver si soy capaz. De momento no se quema y huele bien. Un pie terminado, a por el segundo, y disfrutando de la edición. Una edición que como veis he tomado en el horno y la cocina, entre meriendas y tortillas. Será, tal vez, porque el destino de mis calcetines tiene las manos en la masa… 

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